viernes, 6 de enero de 2012

La derecha acomplejada y la izquierda en su ámbito natural


Ayer 5 de enero, en rueda de prensa tras el consejo de ministros, la portavoz del gobierno, Soraya Saez de Santamaría, se explayó detallando las medidas fiscales aprobadas por el ejecutivo con carácter de urgencia y, según nos aseguran, transitoriamente. Ante los medios, la portavoz del gobierno de Mariano Rajoy se refirió siete u ocho veces a España, llamándola “estepaís” esas mismas siete u ocho veces. Parece que a Soraya, como a mucha gente de estepaís, le cuesta trabajo pronunciar la palabra España. Lo cual no tendría mayor importancia, porque cada cual nombra al mundo y cuantas cosas hay en el mundo (España y estepaís incluidos), como le da gana; no la tendría, digo y no lo digo por decir, si no fuese porque el síndrome de estepaís evidencia el acomplejamiento y labilidad sistémica de una derecha que en realidad nunca ha tenido un proyecto global de sociedad, ni siquiera de estado, y siempre se ha encontrado (como al día de hoy), desarmada ideológicamente ante la izquierda. El discurso teórico de la derecha española, desde hace cuarenta años, siempre ha sido el mismo: concordia civil y no herir susceptibilidades. El fenómeno merece la pena ser comentado, y a ello me pongo en cuanto acabe de poner este punto y aparte.

No herir susceptibilidades, sensibilidades y epidermis delicadas está bien. Otra cosa es andar de puntillas, midiendo las palabras, retorciendo el lenguaje y agachando la mirada para no molestar a los sectarios que trazan los límites de su tolerancia según sus propios instrumentos de medición, conforme a lo que puede asumir su pertinaz intolerancia. Es el discurso victimista (calado ya hasta la caña de los huesos en nuestra panda sociedad), de los fanáticos, intransigentes y caraduras (que de todo hay en esa viña). “Como yo aborrezco el nombre de España, usted tiene obligación de decir estepaís porque en caso contrario me ofende”. De tal forma, los métodos estructurales de la convivencia democrática se establecen no en base a un razonable ordenamiento jurídico, como sería de desear, sino al albur caprichoso de “sensibilidades” cada vez más exigentes. La puerilidad se instala en el discurso oficial, como respuesta a la no menos pueril rabieta permanente de quienes conocen el truco: cuanto más se quejen y más amenacen con disturbar, más beneficio obtendrán. No vivimos exactamente en un estado de derecho sino de hecho; y los hechos... jodidos andan. Desde que José María Aznar se cubriera de gloria cambiando los nombres oficiales de Lérida, Gerona, La Coruña y algún otro enclave de estepais, la derecha no ha dejado de confirmar la evidencia: no tienen ideología.

Entendámonos. Hay personas (físicas y jurídicas, individuales o colectivas), que se manejan en la vida con una determinada filosofía. A otras les basta con conceptos claros. Y otras necesitan un manual de instrucciones. Esa es la ideología de la derecha política española: un prontuario de recetas para remediar los males que, históricamente y según su santo criterio, han causado tremendos problemas a España. (Escribo “España” porque me sale de donde yo te diga y porque, de momento, es la nación donde vivimos todos). Era el mismo discurso del general Franco: “No se metan ustedes en política”. ¿Ideología? Teniendo de su parte a la iglesia católica, incansable suministradora de contenidos éticos, animosa generadora de la weltanschauung hispana, para qué van a ponerse a pensar en asuntos vagarosos, ajenos a la prima de riesgo, el Ibex 35 y los porcentajes del euríbor?
Ya tenemos, en consecuencia, trazado el mapa idóneo: la derecha en el poder, acomplejada, sin cuerpo teórico que la sustente y ocupándose de la economía, que es lo suyo; y la izquierda en la oposición, armada hasta los dientes con filosofías y conceptos que tarde o temprano incendiarán el bosque seco.


Cuando hay anorexia económica, tal cual en estos tiempos, esa es la situación más ventajosa para la propia izquierda, por mucho que ahora lamenten haber perdido importantísimas parcelas de poder tras las dos últimas convocatorias electorales. Tiempo tendrán de alegrarse y comprender que en política hay tiempo de siembra y tiempo de cosecha. Ahora, les toca echar simiente, protestar de vez en cuando y cuidar que la lumbre no se apague. Estoy convencido de que esa misma izquierda (al menos sus cabezas más lúcidas), sabe perfectamente que esta monumental crisis económica, sólo comparable a la que se resolvió en el siglo pasado por medio de dos guerras mundiales, no puede ser gestionada, desde el poder, por unos partidos e ideologías que están genéticamente incapacitados para ello, históricamente desautorizados y, por vía de la experiencia (en España bien reciente), olímpicamente desbordados por la crudelísima realidad. La izquierda, una vez confirmada su renuncia a cambiar el mundo (doy por sentado que cambiar el mundo significa sustituir el modo de producción capitalista por otro alternativo y radicalmente distinto), sólo tiene una opción real de poder: aguardar tiempos de bonanza y postularse como gobernantes con mayor criterio y solidez de principios en cuanto concierne a repartir la riqueza. Pero si no hay riqueza que compartir... mal lo llevan. Aunque llegarán sus nuevos buenos tiempos, seguro. Mientras el tinglado funcione tal como está organizado, llegarán.

Por otra parte, quien piense que el triunfo del Partido Popular en las pasadas elecciones de noviembre fue un éxito doctrinal, como que los españoles hubiesen comprendido al fin las excelencias programáticas de la derecha liberal, así como la nulidad teórica de la izquierda, se equivoca tres rotondas. A pesar del jesuítico y muy sabio consejo de “en tiempos de crisis no hacer mudanza”, el electorado a hecho un viaje natural: cada uno a su redil y pocos votos prestados. El PP, que obtuvo unos resultados muy similares a los de 2008, es curiosamente, y muy probablemente, quien más votos prestados tiene. Seamos objetivos: para votar al PSOE había que estar muy convencidos o tener mucho temor a perder demasiado. Para votar al PP, bastaba un razonamiento: “Peor no lo pueden hacer; a ver si al menos salen más formales”.


Los demás votos, que son muchos, en su casa; desde los vergonzantes, más bien ilegales diputados de esa coalición amiga de ETA, a IU y los nacionalistas catalanes. Hubo incluso dos millones de electores que se quedaron en casa a conciencia, votando desde el sofá y con toda su intención al único partido en el que confían: el de Rita la cantaora. Lo insólito de aquellos resultados electorales fue que el partido que más aumentó en votantes, UPyD, saliese implacablemente dañado por una ley electoral injusta, con tintes caciquiles tirando a feudales. En su tiempo se pactó dicha ley con los nacionalistas, o sea que tampoco hablamos de ninguna anormalidad en esta democracia de territorios y no de ciudadanos.

Mientras todo esto sucede, la derecha de estepaís, fiel a su exclusivo papel histórico como remediadora de desaguisados, continuará instalada en la burbuja sin mácula donde habita, incontaminada por ninguna ideología porque de eso no tienen, obsesionada con no herir susceptibilidades y ser, dentro de un orden, más progre que los progres. Tan tolerante con los intolerantes como aquel concejal de Bailén (Jaén), que estaba dispuesto a cambiar el nombre de un instituto, el “19 de julio”, aniversario de la famosa batalla, porque era fecha demasiado próxima al 18 del mismo mes. Y eso, claro, podía herir algunas sensibilidades... Sobre todo si se pertenece al gremio de los imbéciles.

Pues ahí están y así van a seguir un tiempo, bajo el aguacero y aplicando a estepaís su gran cuerpo teórico: el manual de instrucciones. Puede que, con suerte, consigan medio sacarnos de la crisis. Por lo demás, claro lo llevan.

jueves, 5 de enero de 2012

Enganchado al móvil


La otra noche soñé que había perdido el celular. Lo dejé en una tienda de cerámicas, figuritas, recipientes fastuosos de mucho colorín y cachivaches de esos. Sabía que lo había extraviado en ese lugar. Como me encontraba a unas calles de distancia, pensé que no iba a resultarme difícil volver sobre mis pasos y recuperar el móvil. Comencé a caminar.

Sólo comencé a caminar. En cuanto di dos pasos, me encontraba perdido, sin norte, devastado por una abrumadora confusión. Me sentía inválido, cristalizado y más bien estuporoso en las dos únicas dimensiones donde todo mortal debería saber desenvolverse: el tiempo y el espacio. Antes de que el sueño se convirtiera en pesadilla, decidí despertar. “Estoy enganchado al móvil”, pensé. Me levanté, fui a echar una meada, volví al catre y tuve otros sueños de los que no me acuerdo ni me falta que hace.

Acabo de recibir “un WhastApp” desde Manaos. Sonia está por esos mundos desde hace diez días, y la mensajería instantánea se ha convertido en una herramienta imprescindible para ponernos en contacto. La diferencia horaria nos condena a encender el Skype a horas desabridas para mí, o para ella. Un lío. Pero estamos siempre en contacto, gracias al móvil. Y acabo de darme cuenta del verdadero significado del sueño.

O sea, guapa, que ya lo sabes: no estoy enganchado al Galaxy, sino a ti. Sin ti, estoy más perdido que un indio (de los del Amazonas) en una película de romanos. No soy persona.

Ahora publico esto en el blog, y mañana, día de reyes en España (a saber  que fiestas celebrarán en la Amazonía), lo lees y te sonrojas un poco. Pero luego sé que vas a meditarlo. Lo sabes: sin ti no soy nada.

lunes, 2 de enero de 2012

Deja al gurú y vente conmigo


Sólo quienes teníamos (y supongo que seguimos teniendo), un organismo y una psique intolerantes al haschis, sabemos el suplicio que suponía hacer vida social en aquellos años y en determinados ambientes. Tarde o temprano aparecía el coñazo de turno con su china (o con aceite afgano, o goma doble cero, muchísimos peores), y todo el mundo estaba poco menos que obligado a fumar en corro. A los que el haschis nos daba mal rollo, paranoia, ansiedad e incluso agitación, se nos miraba como a bichos raros, sospechosos de reaccionarismo y en cualquier caso convictos de una espantosa conducta: cortar el rollo a los demás. Eran tiempos de ideologías fuertes, mas la experiencia cotidiana y doméstica de aquellas ideologías totalizadoras nos devuelve un recuerdo instalado en la sorna, la misericordia y la sonrojante sensación de haber estado haciendo el ganso durante unos cuantos años. No demasiados, por fortuna.

Toda novela tiene un núcleo primigenio, de índole vital; el aliento decisivo que la ha inspirado y que no pertenece necesariamente al meollo del argumento, la intención, alcance, significado o indagación sobre lo real que pretende el texto. Más bien responde a una necesidad de reconciliación con aquellos imponderables que turban o han turbado la existencia del novelista y que no siempre son de origen racional. El inconsciente, muy a menudo, pide responsabilidad en la tarea de la novela, como avasallante susurro que la sugiere y casi la ha impuesto. En el caso de Sin noticias de Acuario, hay una incertidumbre, cierto desasosiego que recorre toda la narración y que no se ajusta de manera automática al retrato que Reyes García desarrolla sobre los últimos tiempos del franquismo. Al margen de la inquietud intelectual y espiritual de casi todos los personajes de la novela, y de la zozobra colectiva que se vivía en aquellos años (1974/75), empapa esta novela un atisbo de malestar, de desacomodo con la vida y todas sus facetas, el cual, tan inmisericorde como invisible, acompaña a Isabel, la protagonista, en una trayectoria marcada siempre por la indecisión, quizás la inseguridad sobre todo lo que hace o deja de hacer, lo que piensa y en lo que cree, o aquello en lo que debería creer. Desde este punto de vista, Sin noticias de Acuariome parece más una novela existencial, de introspección sobre el sentido de una juventud entregada a una causa,  que generacional. La descripción del cataclismo familiar que supuso el fin del franquismo, observada con indudable lucidez y expresada con soltura y amenidad por Reyes García, se antoja entonces “fondo de decorado”, perspectiva general donde se enmarca la búsqueda y la paciente indagación de la protagonista sobre esa verdad que debería otorgar una razón decisiva a su existir.

Porque eran tiempos en los que necesitábamos, ante todo, certidumbre. El viejo mundo se venía abajo, ante nuestra mirada, y el empecinamiento del Régimen en ser fiel a sí mismo hasta el final, descolocaba del mapa a todos cuantos sabíamos que una nueva sociedad estaba naciendo, así como nuevos valores, ideas, convicciones y motivos para creer que comprometieran nuestra actividad diaria. Pero, ¿dónde encontrar puntos de referencia sólidos cuando todo lo que no fuese oficial, y en consecuencia llamado a extinguirse, estaba prohibido? Ni en el seno de la familia, ni en el instituto, ni en las aulas universitarias (con alguna que otra excepción), se encontraba aquella respuesta. Los amigos eran el primer asidero. Casi el único. Y sucedía entonces que el ambiente de las amistades determinaba en grado casi exclusivo las opciones que cada cual, según su criterio y entender, tomaba en esos momentos. Cuántos militantes de izquierdas, adeptos a filosofías integralesy otras opciones interpretativas del mundo tomaron su vía por la influencia de la amistad, es algo sobre lo que habría merecido la pena reflexionar en esos tiempos. Pero, claro, estábamos tan ocupados en buscar la certeza que no teníamos tiempo de interrogarnos sobre las causas de dicha búsqueda. Ah, la juventud siempre se muestra intelectualmente inquieta, pero también impresionable, lábil y, permítanme la expresión, demasiado generosa en sus entregas.

Isabel, personaje de Sin noticias de Acuario en torno a cuyas vicisitudes se articula el argumento, recorre tanto y siente tan profundo su propia experiencia y las de sus amigos que esa entrega, señalada por la urgencia y la clandestinidad, la convierte en algo sin sentido: un ser fuerte que camina decidido sobre terreno que sabe engañoso. Le prometen la felicidad en este mundo, traída de la mano de la paz universal gracias al mensaje irrefutable del Maestro Perfecto. Ella, si no escéptica, siempre se muestra razonablemente en alerta hacia estos axiomas descabellados. Y lo mismo ocurre cuando se relaciona con aquellos que tomaron la opción de la lucha política. Impagable la reunión “de reclutamiento” de la Joven Guardia Roja. Desde luego, en los macroencuentros de adoración al gurú Mahara Ji se predicarían muchas insensateces, pero en un sola reunión de las juventudes del PTE (en mis tiempos PCE[i], soy un año mayor que la autora y lo he notado leyendo la novela), se proponen tal cantidad de disparates y burradas que la reacción de Isabel, poco menos que salir corriendo, parece no sólo la más acertada sino también saludable en consideración al equilibrio mental. Como un servidor, entre otros pintorescos partidos, perteneció a la inefable LCR, sabe bien de lo que habla y la mezcla de espanto y vergüenza ajena que tuvo que sentir Isabel en aquel carbonario encuentro.
Al final, después de tanta búsqueda, sinsabores, aventuras, decepciones y acopio de conocimiento (in)útil, el mejor consejo, quizás enseñanza que recibe Isabel, proviene de un enamorado que ha tomado dos copichuelas de más: “Deja al gurú y vente conmigo”.

Cierto, hubo que aprender que no estábamos obligados inexorablemente a cambiar el mundo, que el franquismo podía morir sólo y sin nuestro aporte a la causa, que la democracia y la nueva sociedad podían nacer a pesar de no haberse implantado la dictadura del proletariado, ni la Luz Divina y la Paz Universal; nuestros padres no irían a un campo de trabajo y reeducación y nuestros hijos no se educarían en colegios donde el canto de la Internacional fuese obligatorio antes de entrar al aula, presidida por las fotografías de Marx, Engels, Lenin y... Pero había que aprender a vivir porque, hasta ese momento, sólo habíamos recibido abundante instrucción en cuanto a soñar. Y buenos alumnos salían de aquellas academias de la utopía.

Tampoco era tanto el drama. Pero a algunos les costó una tragedia darse cuenta y asumir las consecuencias de todo aquel embrollo. Y no hablo ahora de la autora de Sin noticias de Acuario.

Bueno, resumiendo, que esto se alarga casi tanto como las agonías del Caudillo. Si usted tiene más de cincuenta años y no se identifica con alguno de los personajes de esta novela, y no le conmueven, y conforme avanza la lectura no le aflora una sonrisa de piadosa complicidad... entonces usted no ha sido nunca joven. O no vivió en España, en aquellas épocas.

El asunto del haschis y los malos rollos lo dejo para otro día, porque tiene mucha miga y da para siete artículos como este. Como tantas cosas en la vida, el chocolate puede esperar.

sábado, 31 de diciembre de 2011

Nocheras nocheviejas


La de 1975. Agarré una cogorza impresionante en casa de un compañero de facultad, quien organizaba la fiesta por todo lo alto. Con la euforia del cava y las copichuelas, me dio por invitar a todo el mundo, al día siguiente, Año Nuevo, a presenciar el “tradicional” concurso de saltos de trampolín sobre nieve; en la TV de mis padres... ¡Y en color! Apenas dormí dos horas. Sobre las diez de la mañana, la modorra pastosa y asesina de resaca fue zarandeada por mi madre: “Hay unos sujetos con mala pinta que apestan a vino y preguntan por ti”. Diez o doce melenudos que habían seguido la fiesta, acababan de presentarse en casa. A la mitad de aquella tropa no la conocía de nada. Mi padre, en batín de franela y zapatillas de paño, los atendió muy cortés. Mientras los esquiadores saltaban en Austria y nosotros los veíamos desde Granada (y en color), papá y mamá me miraban con cara de “Ya hablaremos”.

 La de 1979. Sobrio del todo, viajé a Madrid el día anterior, con la RENFE. En la capital del reloj que da los cuartos antes de las doce campanadas, me encontré con unos amigos a los que tenía urgente necesidad de visitar. Bueno, sí: la juventud suele ser tonta y la mía de remate. Eran las 23’15 del 31 de diciembre cuando tomé el tren de vuelta a Granada. Me despidieron con entusiásticas felicitaciones por el nuevo año. Durante el viaje, los pasajeros sacaban una botellita de sidra El Gaitero, otra de coñac Soberano... Brindaban y repetían: “Feliz año nuevo”. En cuanto llegué a Granada, después de dos noches de tren (aquellos trenes), me dirigí medio zombi al Gobierno Militar, donde estaba citado a las 09’30. Había unos doscientos jóvenes en mi misma situación, la mayoría con resaca. De la resaca me había librado; pero de ir a la mili, no. Unos soldados nos entregaron los petates y un capitán con bigote nos leyó el reglamento. A paso ligero, volvimos a la estación de ferrocarril. Al tren. A Madrid otra vez. Casi todos los mozos iban adormilados. De vez en cuando despabilaba alguno y repetía con voz de aguardiente: “Feliz año nuevo”. No recuerdo el trayecto entre Atocha y Alcalá de Henares, esa parte del insomnio se ha perdido en el océano de los absurdos. En el campamento, un tal sargento Padilla nos recibió encantado, muy jovial y dicharachero. Cuando la compañía sin uniformar y con demasiada pelambre se encontraba más o menos formada, se dirigió a nosotros con una gran sonrisa. “Vamos, chavales, más energía, que en el ejército no nos comemos a nadie. Ah... y que no se me olvide: “Feliz año nuevo a todos”. Yo creo que lo decía con recochineo. Luego ya no pude hacer la mili del todo, pero esa historia es otra, para otro día.

La de 1987. Barrio de San Matías, casa de tócameroque. Sobre las 22’00, unos gamberros tiraban petardos en la calle. Un vecino salió al balcón para increparles y afear su conducta. Los gamberros demostraron ser muy gamberros: respondieron a pedradas. También demostraron tener mala puntería, pues el único cristal que rompieron fue el de mi habitación. Daños imprevistos de una guerra en la que yo, por principio, era neutral. Me empeñé en denunciar los hechos en la comisaría de la plaza de los Campos. Mis compañeros de piso me previnieron: “Mira que en nochevieja...”. Yo, erre que erre. Un cristal nuevo, en aquellos tiempos, costaba 3000 pesetas. Y su valor a 31 de diciembre, con los fríos que caen en Granada, era prácticamente incalculable. Llegué a comisaría sobre las 23’30. Salí a las 08’00 del uno de enero. Pasé la noche entre carteristas, heridos en riña, accidentados y dos prostitutas de la calle Jazmín que se habían enzarzado con un cliente beodo y remiso a pagar sus servicios. Finalmente, conseguí poner la denuncia (hasta hoy, por cierto). El policía de la puerta, cuando me marchaba agotado por aquella noche a lo Valle Inclán, me consoló con un muy verídico aserto: “Ánimo, hombre, que mañana es festivo en Graná y tiempo tiene usted para recuperarse de esta juerga”. Desde entonces, le tengo cariño a la fiesta de la Toma de Granada, por más que digan los del Colectivo 2 de enero.



La de 2011. Carmona, depresión del Guadalquivir. (Lo de “depresión” va sin segundas). Dentro de un ratito me conecto al Skype para charlar con la mujer que comparte mi vida pero no estas fechas. Por Buenos Aires anda. Allí no será año nuevo hasta dentro de muchas horas. Vale la copla: Tengo dos vasos vacíos y una botella de vino. Dime, noche: ¿a quién invito?

lunes, 26 de diciembre de 2011

¿A casa por navidad? Te vas tú a enterá...


Lo dijo Su Majestad el Rey, en el discurso de navidad leído ante las cámaras de TV el pasado 24 de diciembre: “Todos los españoles son iguales ante la ley”.

Por ese motivo, y no por otro, Miguel Francisco Montes Neiro, el preso más antiguo de España, indultado por el consejo de ministros el 16 de diciembre, ha celebrado estas fiestas entre rejas.

Esbozar cualquier argumentación sobre agravios comparativos, la pretendida igualdad de los españoles ante los tribunales de justicia y los jueces encargados de administrarla (y ante los gobiernos que otorgan los indultos, para qué nos vamos a engañar), sería a estas alturas un empeño ocioso. Inútil por demás. Quien no sepa del caso es porque no le interesa, y nunca se va a enterar. No merece la pena explicarlo más veces.

Lo último sin embargo: el juzgado de guardia de Granada desestimó el mismo sábado 24 una petición de habeas corpus, presentada por la familia de Neiro, en la que se solicitaba la comparecencia del cautivo y su puesta en libertad. (Lo de “cautivo” va escrito a propósito). Todo ha sido una cuestión “de papeles”, parece ser. Burocracia. O sea: ganas de enmendar (en lo posible) una injusticia o perpetuarla un poco más. Voluntad de llevar sosiego a una familia o amargarles la vida. Total, pudiendo hacer las cosas con inquina, los dientes apretados y la ceja levantada, con bilis en las entrañas... ¿para qué hacerlas de buena intención? Lo de paz y amor para los hippies, que son unos vagos. La navidad es una época del año tan apropiada como otra cualquiera para hacer sufrir al prójimo.

Joder, una de las primeras cosas que me llamó la atención cuando dejé de vivir en Granada, hace ya seis años, es lo poco que se habla de mi ciudad en los medios de comunicación; y lo poquísimo que importan a lo largo y ancho del mundo los “asuntos granadinos”. Como si no existieran. De Granada, la Alhambra, la sierra en temporada y pare usted de contar.
Aunque, eso sí: cada vez que Granada aparece en los periódicos, la televisión, las alertas de Google... es por una mierda de estas. Cabal sucede y tal cual lo digo.

Miguel Francisco Montes Neiro, al final de su dilatada existencia como recluso, ha ido a dar con esa maldición. Era el último castigo que le quedaba por soportar: el padecimiento en propias carnes de la genuina mala leche granadina.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

Fría navidad


Ya está aquí, y todo el mundo se entera de un modo u otro; y la vive (con satisfacción o a su pesar), porque las fechas son literalmente insoslayables. Si alguien decidiera pasar unas navidades completamente al margen del escenario, sin contaminación ambiental, tendría que esconderse en casa, no ver TV ni poner la radio ni conectarse a internet, no responder al teléfono y no abrir la puerta. La navidad es lo que tiene, esa virtud líquida de penetrar por todos los resquicios de lo cotidiano hasta que nos agota, igual que un niño se harta de polvorones o los mayores de sidra El Gaitero y anís Del Mono. Nos atiborra pero nos gusta hasta el empacho.

A mí, de la navidad, lo que más me llama la atención es el frío que hace. Muchísimo. Hemos pasado unos días en Valencia y hacía un frío de congelarse el Pardalot del mercado. De regreso, en Sevilla cae una pelona de las de llevar gorro de la lana en casa. Leen bien, en Sevilla. En el milenario pueblo donde habito, con sus casitas de ladrillo y muros de papel, orientadas radicalmente al norte o al sur para que no dé el sol ni media hora al año, cuando llegan estas fechas un servidor tirita abrumado por la convicción de que el frío se irá cuando quiera, pero no hay más remedio que aventurarse pasillo adelante, hasta el helor sin misericordia de la toilette, cada vez que la naturaleza se imponga; y entre una meada y otra no cabe un invierno.

Hay gente que se pone melancólica, otros se pimplan unas cuantas veces, otros dan la tabarra con el carrusel de felicitaciones (el móvil y los sms, perverso invento para estos días), y otros directamente se deprimen, que es lo suyo. La felicidad y fraternidad a fecha fija no concuerdan del todo con el anhelo siempre legítimo, casi nunca razonable, de ser felices de verdad. Y si el gozo navideño como quintaesencia de la alegría de vivir adquiere su altura sublime en la fachada embombillada del Carrefour, ya me dirán ustedes...

Otra cosa, la última que no entiendo de la navidad, es por qué nos dividen en tres grupos básicos de consumidores: niños para los juguetes, ilusionados padres de familia para compras de perecederos en grandes superficies, y jovenzuelos estilizados y un poco salidos para los anuncios de perfumes; y encima hablando en francés, un idioma muy respetable pero poco navideño. Y las cosas que se dicen susurrando orgásmicos: “Tresor”, “Egoïste”, “Obsesión”. Por Dios, no sabe uno a qué carta quedarse: si vestirse de Papá Noel y entretener a los sobrinos con un concierto de eructos o emplear dos tardes en ponerse al día, urgentemente, en la escena de la cocina de El cartero siempre llama dos veces (versión 1981, please).

Total, que todo esto me parece muy lioso, qué quieren que les diga. Y además, con el frío que hace no están las neuronas para mucha divagación. De tal modo, a quienes les guste recibir felicitaciones navideñas, por la presente quedo cumplido. A los que no, dejen sin efecto estas líneas. Y todos tan contentos. Y con tanto frío.

viernes, 16 de diciembre de 2011

Luis Magrinyà gana el premio Otras Voces por 'Habitación doble'

José Vicente Pascual González - Blogs

EL PAÍS - 16/1272011
DANIEL VERDÚ

Habitación doble, la "instalación narrativa" -como él la define- del escritor mallorquín Luis Magrinyà (Palma de Mallorca, 1960) ha ganado la tercera edición del Premio Otras Voces, Otros Ámbitos, convocado por Ámbito Cultural y Hotel Kafka, y que se concede a la mejor novela publicada durante 2010, en castellano y en España, cuyas ventas hayan sido durante este tiempo inferiores a 3.000 ejemplares. Pese a que Magrinyà no considera que se trate de una novela, el jurado la ha convertido en la ganadora del año. "No me preocupa para nada el tema de los géneros, creo que son discusiones que tendrían que estar ya superadas. Los fundamentalistas del cuento son los peores...", señala riendo por teléfono y muy feliz por el galardón.

La obra, que aborda desde distintas perspectivas las relaciones entre padres e hijos, ha sido seleccionada por diferentes representantes del sector editorial . La filosofía del premio, en cierto modo, consiste en recuperar una obra que no ha terminado de tener el impacto que debería por su calidad y volverla a colocar en el circuito comercial.Habitación doble, publicada por Anagrama, tendrá una campaña de redistribución a través de las 85 librerías de El Corte Inglés y de todas las que quieran apoyar la propuesta y sumarse a la tarea de darle visibilidad a la obra. El autor recibirá también una escultura en bronce de Jaime Martínez conmemorativa del Premio.

"Este es un premio que me hizo mucha gracia, porque me identifico con sus características. Es muy extraoficial y es un galardón fuera de mercado. El mercado no es algo tan natural, no existe el gen capitalista... En fin, pero el premio me hizo mucha ilusión. Se trata de un jurado compuesto por 100 personas, al menos me han tenido que votar 51", celebra el autor. "Empecé este libro con la idea de escribir una serie de historias para luego juntarlas y ver qué pasaba. Tuve en cuenta el concepto de unidad, eso sí que tendría que ver con una novela, pero no quería forzar el sentido, y... bueno, eso fue lo que salió. Hay un tema recurrente y muy obvio en el que no caí hasta que me lo dijeron que son las relaciones entre padres e hijos. Debo tener esa obsesión", confiesa.

Esta es la quinta novela (libro de relatos o instalación) de Magrinyà. Pero la separación temporal entre la publicación de cada una, asegura, le otorga un estado de euforia total cada vez que lanza una nueva. Con Habitación doble llegó a hacer una fiesta y a lanzar un video. Sus amigos, cuenta, estaban alucinados de verle en ese estado de felicidad más propio de un autor nobel. "Soy un escritor muy lento y muy pesado, en fin, muy poco escritor. Ahora, por ejemplo, estoy en algo que no sé muy bien lo que va a ser. A mi ritmo, en algunos años tendremos algo nuevo. Quizá porque publico tan poco me hace mucha ilusión cada vez que lo hago".

La primera edición del Premio de Novela Otras Voces Otros Ámbitos concedió su galardón a Trabajos del reino, del mexicano Yuri Herrera, editada por Periférica en 2008; y la segunda fue para Las primas, de la argentina Aurora Venturini, editada por Caballo de Troya en 2009. En ambos casos, el premio cumplió su función y devolvió los libros a los conductos comerciales.

Miguel Montes Neiro

Ingresó en prisión en 1976, a los 26 años de edad, por haber desertado del ejército; ya saben, aquel ejército que era el mismo de Franco, fallecido once meses antes.
Tiene ahora 61 años y continúa en la cárcel.
Nunca cometió delitos "de sangre".
Para cualquier demócrata de nuestro tiempo (sobre todo los demócratas que repiten cuarenta o cincuenta veces al días las palabras "franquismo" y "memoria"), el caso de Miguel Montes Neiro debería haber representado justo lo que es: una obscena injusticia, paradigma del funcionamiento desquiciado, arbitrario y cruel de la administración cuando las leyes (y quienes las ejecutan), se aplican ciegamente, ferozmente, contra individuos indefensos.
Pero no. Ningún demócrata antifranquista se ha acordado de que este hombre lleva 35 años en la cárcel, y que fue puesto entre rejas, por primera vez, como castigo a su huida del ejército franquista. Se ha pudrido entre los muros de su celda con los gobiernos sucesivos de Adolfo Suárez y la UCD, con los no menos sucesivos de Felipe González, con Aznar y no digamos con el señor ese de Valladolid que se está construyendo una casita en León.
Solamente la presión de las redes sociales, "incendiadas" por el escándalo del indulto a Alfredo Sáez (consejero delegado del Banco de Santander, faltaría más), ha conseguido que el gobierno en funciones se acuerde del preso más antiguo de España.
Hoy lo han indultado.
Hoy, Miguel Montes Neiro y su familia se sentirán al fin satisfechos y felices. Y todos los demócratas de España y parte del extranjero tenemos, a partir de hoy, un hiriente recordatorio para sentir un poco más de vergüenza por esta democracia tan rara en la que vivimos. Esa misma democracia que ha mantenido en prisión, sin acordarse de que existía, a un hombre de 61 años, enfermo de hepatitis y tuberculosis.
A esa democracia me refiero.
A esa vergüenza.

lunes, 12 de diciembre de 2011

Los almajos

El Majadal es un poblado de colonización, construido y organizado tras la guerra civil española, donde algunos trabajan y el cura párroco del lugar tiene organizada una casi perpetua timba de invierno en la cantina-colmado del pueblucho. Estos detalles no tendrían mucha relevancia a la hora de hablar de una poderosa historia, magistralmente narrada, si no fuese porque la misma historia podría iniciarse de la siguiente manera: “Si una noche de invierno, un cura... juega a las cartas en la taberna de una aldea perdida donde todos sus habitantes comen lentejas casi todos los días, y las lentejas son el plato santificado por antonomasia...”.

Eso quiere decir que algo serio va a suceder.

Las lentejas, por ejemplo.

El sabio griego descubrió que si se alimentaba a un hombre exclusivamente con lentejas, el individuo no moría. Era probable que acabase de lentejas hasta las uñas de los pies, pero no moría. De cuya consecuencia, el sabio griego estableció que en la lenteja se condensaban todos los nutrientes básicos para la vida del ser humano, y por extensión hacia la categórica exigencia de lo “humano”, debía hallarse igualmente, en la lenteja, el soplo primigenio del alma. Razón por la cual, en muy abundante simbología clásica, la lenteja representa al alma y es alimento sacro. Creo que también por ese motivo en Italia se comen doce lentejas en nochebuena, en vez de doce uvas.

Y los egipcios, que alimentaban con lentejas a los esclavos que construían las pirámides. Un alimento sagrado para quienes hacían un trabajo sagrado.

De manera que los esclavos de El Majadal también se alimentan con lentejas. Pero no caigamos en la foto deprimente de posguerra. Los habitantes de El Majadal no son esclavos de nadie, más que de ellos mismos. Y bastante tienen. Obedecen la ley improfanable de la supervivencia, y por eso mismo no tienen más remedio que actuar como rehenes de su condición. Algunos consiguen acomodarse al duro destino y otros, como Fabián, no acaban de poner los pies en la tierra sin que les duela el alma cuando miran al cielo. Ni pertenecen a El Majadal ni a este mundo (aquel mundo), donde la España de los dos bandos se transcendió a sí misma en la pura realidad de una guerra civil y sus fatídicas consecuencias, porque las guerras acaban y, entonces, suele descubrir el común de las gentes que ya no tienen bando. En realidad, no lo han tenido nunca. “Los suyos” nunca van a llegar. “Los suyos” nunca han existido.

Corolario.

En toda guerra civil hay tres bandos. Los que luchan de un lado, los que luchan de otro y los que luchan por no morir a manos de un bando u otro. Suelen ser los más numerosos. La supervivencia la tienen más o menos clara (no asegurada ni mucho menos), mientras dura la guerra. Cuando acaban de discursear los fusiles y los agujeros de las tapias de fusilar empiezan a echar moho, sobrevivir ya es cuestión más delicada. Aunque surgen problemas con algunos órganos vestigiales como el apéndice, puede que el cuerpo no muera (a fin de cuentas está alimentado con lentejas); pero el alma se cae a pedazos. Se pudre. En tales circunstancias, salir de ese mundo para ir en busca del propio no-sentido de la vida se convierte en un camino corto pero tajante: al monte de los olivos.

Todo esto lo cuenta Juan Villa Díaz en Los almajos. La novela dura 89 páginas solamente, pero usted no va a olvidarse de que ha leído una obra maestra en 89 meses por lo menos. Eso es seguro, casi tan seguro como que si durante esos 89 meses se alimenta en exclusiva de lentejas, no morirá. Al menos no morirá de hambre. De otra cosa, Dios sabe...

sábado, 10 de diciembre de 2011

Crash

Cuando vi esta película en 2005 me pareció una secuela de Vidas cruzadas, reinvención manierista y un poco oportunista de la sobresaliente película de Robert Altman, basada en relatos de Raymond Carver. Y poco más.
Como poco más era (eso me parecía), y los perfiles bajos suelen triunfar en la industria del cine y en todos los mercados culturales, Crash se llevó aquel año tres premios Óscar: mejor película, mejor montaje (sólo faltaba) y mejor guión original. Lo de original lo ponemos en aviesa cursiva.
Ayer volví a verla, en la plataforma digital de TV que una señorita con acento argentino me vendió hace un par de años. La película, revisitada seis años después, me apabulló con la verdad de la impostura. No era un pastiche policial/costumbrista concebido a modo de palimpsesto sobre Vidas cruzadas. He ahí mi error. Era más y mucho más.
Dicen que las buenas películas nunca pierden con el tiempo, se muestran siempre tan actuales, vivas, magistrales. Lo que viene siendo un clásico: aquello que establece paradigmas dignos de ser imitados.
Pero también hay (a Crash me remito), películas mediocres que ganan contemporaneidad, vigencia, a pesar de que su argumento y contenido ideológico siguen siendo el mismo infumable recetario de simplezas.
Esa fue la impresión que tuve ayer.
En 2005, Crash era un producto lábil desde el punto de vista literario, con un mensaje tan ñoño y previsible que, en ocasiones, conmovía hasta la vergüenza ajena. Pero hoy, da la impresión de que el argumento, el guión y el discurso ético de la película hubiesen ganado en solidez y profundidad. Parece un cine de "dar qué pensar", con el desarrollo de una serie de conflictos morales (casi todos ellos centrados en el manido, inagotable tema del racismo), que deja cavilando al espectador un buen rato, tras el The End que se demora incomprensiblemente durante los últimos veinte minutos del filmado.
O sea, y explicándolo en paladino: lo que hace seis años me parecía un churro, hoy se me manifiesta como casi potable. Algo ha cambiado, y no en la película.
Ese algo, necesariamente, ha de ser el entorno. El perfil bajo se impone, imparable. En un mundo de mensajes cada vez más inanes, las ocurrencias estético-filosóficas con seis años de solera elevan notablemente la categoría de la obra.
O a la mejor soy yo, oigan, que con el paso del tiempo y la natural pérdida de neuronas me vuelvo cada vez más complaciente hacia los contenidos triviales.



Por otra parte, debo reconocer que la película, en 2005 y en 2011, sigue siendo entretenida y no exenta de algunos aciertos en el guión, incluso brillantes. Y hay que reconocer también, sin contristarse, que a determinadas obras cinematográficas les sucede lo mismo que a aquella actriz española, de la que dijo el crítico (muy crítico): "Nunca llegó tan alto porque nunca Hollywood había caído tan bajo".
Es justo lo que sucede con Crash. Dentro de diez años me parecerá una gran obra de arte. Nunca una película habrá llegado a tanto, gracias al tiempo que todo lo estropea.

jueves, 8 de diciembre de 2011

Lo mejor de uno mismo

Hay personas que te hacen sentir bien por el mismo motivo que a veces te hacen sentir mal. Poseen el don (quizás se lo hayamos otorgado, depositando en ellas un anhelo que sabemos imposible de cumplir por nuestros solos medios), de hacer aflorar siempre lo mejor que llevamos dentro. Lo que sucede a menudo es que ese "lo mejor que llevamos dentro" nos enfrenta, de manera irrenunciable, con la obligación de analizar nuestra propia responsabilidad sobre cuanto nos sucede en la vida; lo cual, también a menudo, no es cómodo ni sencillo. Incluso puede que no sea agradable. Pero es lo mejor, para nosotros y para los demás.
Desconfío de la gente que siempre quiere hacerte sentir bien, bajo cualquier circunstancia. Elogian con o sin motivo, halagan, te hacen fiestas y carantoñas las merezcas o no. En suma, ante su mirada benevolente eres un irresponsable al que, más o menos, se tiene entretenido, contento, para que no dé demasiado la tabarra.
Por el contrario, hay gente (en mi existencia escasísima), que tarde o temprano hace que me enfrente con la verdad y con todas y cada una de las consecuencias de lo que hago, digo, pienso, siento... Ayudan a ser yo mismo, aunque duela. Ayudan (como ningún amigo sin condiciones puede ayudarte), a ver lo que hay de bueno y también de equivocado, egoísta  atolondrado, soberbio, en el proceder de cada día. Son personas que no exigen nada, pero hacen que uno se lo exija todo. Quizás no te digan la verdad a la cara y a las bravas, pero tarde o temprano harán que te mires en el espejo de esa verdad que necesitas como el aire que respira tu alma. Con esas personas, o manda el corazón desnudo o nada funciona.
Son las únicas personas imprescindibles en la vida de cada uno.
En la mía por lo menos.

miércoles, 7 de diciembre de 2011

El argentino Saldaña gana Premio Norma de Literatura Infantil y Juvenil 2012


Bogotá, 7 dic (EFE).- El abogado argentino Jorge Luis Saldaña obtuvo el Premio Norma de Literatura Infantil y Juvenil 2012 con la novela "Ronda de perdedores", historia de dos jóvenes aislados en un universo de fantasía, informaron hoy sus organizadores en Bogotá.
Saldaña presentó su obra bajo el seudónimo de "Ciro Pergolese" y el suyo fue uno de los 47 manuscritos de toda Iberoamérica presentado a este concurso, auspiciado por el Grupo Editorial Norma, de Colombia.
El premio fue fallado por un jurado conformado por los escritores Leonor Bravo, de Ecuador, y Jorge Eslava, de Perú, y la editora Pilar Londoño, de Colombia.
Una fuente del Grupo Norma dijo a Efe que los calificadores llegaron al veredicto en favor de Saldaña durante una videoconferencia, desde sus lugares de residencia, realizada este martes.
En su fallo, los jurados destacaron la calidad literaria de la obra, así como la creación de personajes memorables y la interesante relación que se establece entre ellos y el lector, que logra, según ellos, apegarse y sentir la historia.
El escritor, nacido en Buenos Aires en 1969, recibirá el premio en la vigésima quinta edición de la Feria Internacional del Libro de Bogotá (FILB), prevista para mediados del año próximo.
El Premio Norma de Literatura Infantil y Juvenil está dotado con 13.000 dólares y también prevé la publicación de la obra por la misma casa editorial.
Además, compromete al ganador con una gira internacional por los países en los que Norma tiene presencia, para promocionar la novela, dijo la misma fuente.
Saldaña recibió hace 17 años una mención especial de la Editorial Baobad por su cuento "El duelo", es autor de la novela "Solo cuando me río" y también de otros relatos que aún no han sido publicados. Ahora trabaja en una tercera obra, titulada "Los argonautas".

martes, 6 de diciembre de 2011

En misa y repicando

Me alucinan y, la verdad, me enojan un poco estos caraduras. Llevan toda la vida... Bueno, lo escribo en términos hablísiticos: Llevan toooooda la vida amparándose en la Constitución para mantener sus chiringuitos, y ahora nos salen con que, roto el invento, jodida su adhesión al fabricante.
Hace muchos (entendámonos: muuuuuuchos años), se les dijo hasta la saciedad que una Constitución monárquica que consagraba la "economía de mercado", tarde o temprano nos llevaría adonde estamos. Pero ellos, claro: como quien oye llover. Necesitaban un "marco constitucional" de convivencia, desde el cual combatirían denodadamente por acabar con la injusticia social, los privilegios de las minorías, etc.
Y hasta aquí hemos llegado.
Que pidan perdón a todos los españoles por haber cocinado, negociado, aprovechado, comido y bebido opíparamente de este orden constitucional, y después ya se pueden poner todo lo dignos o indignados que quieran.
La gente que está en todas las bodas y nunca ha tirado una gota de cava al suelo, nunca me ha parecido de fiar. Son... ¿cómo decirlo? Como los gorrones profesionales, los que acuden a todas las bodas y nunca dejan migas en el plato. Y encima se quejan del menú.

lunes, 5 de diciembre de 2011

Laura Galarza
Página 12 - 05/12/2011




José Vicente Pascual González - Blogs






Se hizo famoso escribiendo una biografía en la que se pinta a sí mismo como un niño huérfano criado por su abuelo indio. Afincado en Texas y con aspecto de vaquero, llegó a estar junto a Clint Eastwood, quien filmara una película basada en su primera novela, en el show de Barbara Walters. Murió en 1979, tres años después de la aparición de The education of little tree, ahora publicada en castellano como Montañas como islas. Pero a comienzos de los año ’90 se empezó a conocer la verdadera biografía de Forrest Carter, llamado en verdad Asa Earl Carter, un militante segregacionista que había participado del Ku Klux Klan, había fundado un grupo paramilitar acusado de cometer un atentado contra Nat King Cole y de varios asesinatos contra hombres negros.

En el año 1991, Montañas como islas (The education of Little Tree, en la versión original) obtuvo el premio de la Asociación Americana de Libreros, se subió a la lista de best sellers y hasta obtuvo excelentes críticas en el New York Times y en The Atlantic Monthly. En la tapa del libro, dos lobos husmean a los pies de un árbol. Debajo del árbol, el nombre del autor: Forrest Carter. La contratapa dejaba deslizar que la publicación del libro “provocó un escándalo al descubrirse quién era el escritor”. Ahora bien, haciendo caso omiso a los rumores de fraude, Little Tree siguió vendiendo y nunca dejó de editarse. “Con él puedes educar a tus hijos”, opina un lector en la Nota bene que la editorial de Montañas como islas parece verse obligada a poner al final del libro. Queda claro que hay un público que ignora quién es Forrest Carter cuando lo consume. Pero también es cierto que en los millones de ejemplares que siguió vendiendo la editorial de la Universidad de Nuevo México desde 1985, nunca se hizo mención a la controversia. Pues bien ¿cuál es la controversia?
Forrest Carter es la sustitución de identidad de Asa Earl Carter, quien fuera miembro del Ku Klux Klan y fundador de una organización paramilitar acusada de golpear a Nat King Cole en su concierto de Birmingham en 1956 y de cortarle un testículo, rociar con aguarrás y matar a un hombre negro en 1957. Autor de los discursos del gobernador George Wallace, se le atribuye la frase “Segregación hoy, segregación mañana, segregación siempre”.
Asa Earl Carter nació en Alabama el 4 de septiembre de 1925. Joven, se alista en la marina de EE.UU. y al finalizar la guerra se casa con su novia de la secundaria con la que tiene cuatro hijos. Después de estudiar periodismo en la Universidad de Colorado, regresa con su familia a Birmingham. Allí es donde Asa Carter va a desarrollar su carrera segregacionista. Durante la década del ’50 Carter escribe y publica El Sureño, una revista sobre la supremacía blanca y crea un programa de radio que hace resistencia a los movimientos de integración de la época. No satisfecho con el accionar “demasiado blando” del KKK, funda su propio grupo (de túnicas grises en vez de blancas) que termina involucrado en varios hechos policiales en los que si bien no se confirma la participación efectiva de Asa, sí más tarde, es acusado del asesinato de dos hombres de su grupo Klan con los que habría discutido por dinero. Pero los cargos son retirados gracias a sus vínculos con la política. Hasta el día de su muerte, George Wallace negó que Asa Carter haya sido el autor de sus discursos. Sin embargo, testimonios de ex funcionarios del político lo pintan como un hombre de dos caras, padre de familia los fines de semana y el mismo que se encierra a trabajar “en un cuarto con su máquina de escribir, una botella de whisky, una docena de paquetes de Pall Mall y una pistola”. Finalmente distanciado de Wallace, quien le pedía que bajara el tono segregacionista de los discursos, Asa decide hacer su propio camino político y se postula para la gobernación. Termina quinto en una lista de cinco candidatos. Es lo último que se conoce de su vida en Birmingham.
A partir de 1970 Asa Earl Carter se entierra a sí mismo y crea su propia criatura. Mudado con su familia a Florida y luego a Texas, cambia el traje de ciudad por ropa de vaquero, jeans y sombrero de ala, se deja crecer bigotes y se broncea. Ante sus nuevos vecinos y amigos se presenta como “Forrest” y llama a sus hijos, sobrinos. Separado de su mujer, comienza a escribir. Su primera novela, Gone to Texas (1973), es llevada al cine por Clint Eastwood. The outlaw Josey Wales se consigue en nuestros videos como El fuera de la ley: Clint quiere vengarse de la muerte de su mujer y su hijo en manos de los Botas Rojas en época de la guerra de Secesión. Unido al ejército del sur, mata a todo el que se le cruza por el camino.
En 1976, el mismo año que se estrena la película, Carter publica lo que, según asegura, es su autobiografía: The Education of Little Tree. En el libro, “Forrest” es un niño huérfano adoctrinado por su abuelo indio mientras juntos enfrentan los peligros de la montaña: “Si la naturaleza comprende que hay que eliminar un árbol y él sigue resistiéndose al empuje del viento, procede a fulminarlo”. Finalmente después de pasar una corta temporada en un orfanato y muertos también sus abuelos, Pequeño Arbol (así se llama el niño) vuelve al bosque en compañía de sus perros y de las enseñanzas que le dejara su abuelo: “Cuando uno se encuentra algo que es bueno, lo primero que hay que hacer es compartirlo; de esta manera lo bueno se difunde y no se sabe hasta dónde llegará”. The Education of Little Tree iría circulando de boca en boca hasta llegar a convertirse en un best seller.
Fue Dan T. Carter, historiador y primo lejano de Asa, quien en 1991 (año en que le otorgan el Abby), denunció en el New York Times que Forrest era el disfraz de Asa. Y declaró respecto de él: “Tenía una larga historia de violencia, no es una exageración pensarlo como un psicópata”.
A esa editorial en el New Yorker le siguieron otras, como las de Diane Mc Whorter, periodista y escritora oriunda de Birmingham, que aseguró que omitir las controversias sobre la obra de Carter equivalía a “publicar un libro de Hitler sin mencionar la palabra nazi”.
Pero la farsa Carter ya había caído mucho antes, cuando él aún vivía. En 1976, durante el show de Barbara Walters, “Forrest” promocionaba la película junto a Eastwood y la reciente aparición de su “autobiografía”. Los teléfonos explotaron. La gente de Birmingham reconoció bajo el sombrero de ala al verdadero Carter. Sus amigos de Texas aseguraron que después de ese episodio, “Forrest no volvió a ser el mismo” y se lo veía alterado. Asa Carter murió tres años después, en 1979. El parte de la emergencia fue: muerte por asfixia. Al parecer Carter estaba borracho y se ahogó con su propio vómito después de pelearse a las trompadas en un confuso episodio del cual participó también uno de sus cuatro hijos. Nadie de su familia fue al entierro.

viernes, 2 de diciembre de 2011

Por qué??? La primera novela de Lluís Llach llegará a las librerías el 2 de febrero.... ¿Por quéee?

La gallina no dijo prou
Por qué??

José Vicente Pascual González - Blogs


La Vanguardia - 02/1272011
Barcelona. (ACN) .- La primera novela de Lluís Llach llegará a las librerías el 2 de febrero del próximo año. Se trata de una novela bajo el sello de Empúries que narra la historia de amor entre hombres libres y retrata aspectos sociales y políticos de la Catalunya de la primera mitad del siglo XX.

La historia, ambientada en el barrio de la Barceloneta en los años veinte y treinta, rinde homenaje a una generación que supo luchar por sus ideales y que conservó hasta el final, a pesar de las derrotas, la vitalidad y el coraje. Bajo el título Memòria d'uns ulls pintats, Llach reconstruye un periodo histórico a menudo mal explicado.

Cuatro amigos, dos chicos y dos chicas nacidos en 1920, crecen juntos en el barrio obrero de la Barceloneta. Empiezan a descubrir el mundo en un ambiente humilde y libertario, y la proclamación de la República les abre un amplísimo horizonte de posibilidades, ilusiones y esperanzas. Pero la Guerra Civil y la posterior represión franquista lo cortan todo.

La vida de los cuatro y de sus familias queda marcada por el impacto de unos hechos históricos que influyen de una manera especialmente trágica en la relación de amor y de amistad entre los dos chicos, Germinal y David. El mismo Germinal, ya viejo, narra su experiencia estremecedora a un joven director de cine que busca argumento para hacer una película histórica.

Lluís Llach (Girona, 1948) cerró en 2007 cuarenta años de una carrera artística que le llevó a actuar en todo el mundo y lograr éxitos discográficos sin precedentes en la canción catalana. Ahora debuta como novelista con esta espléndida Memòria d'uns ulls pintats.

Entretenidos e infelices

La gente quiere estar entretenida, eso es de Perogrullo. Lo que no tengo muy claro, ni lo he tenido nunca (y sospecho que jamás saldré de mi ignorancia), es de qué hay que entretenerse. Por qué.

Si uno queda a solas con sus pensamientos, en silencio, mirando por la ventana, o hacia una pared donde cuelga un calendario, o nada (la famosa pared vacía de las películas lituanas), entonces se supone que no estamos entretenidos. Nos aburrimos. Y lo que es peor: se puede llegar a pensar demasiado y es posible que se cuelen ideas raras en la cabeza.

Si voy por la calle y veo a un señor asomado al balcón, fumando un cigarrillo y con la vista en ninguna parte, acaso conjeture con que el individuo puede estar planificando su suicidio. Porque la gente que no se entretiene, acaba tarde o temprano por sumirse en morbosas consideraciones sobre la muerte. La suya o la de otros, a ver si el menda va a ser uno de esos que la lían parda desde una azotea, con un semiautomático... Ni pensarlo quiero.

Estar a solas con nosotros, nuestro silencio, no pensar en nada... es malo. Estar entretenido debe de ser buenísimo. Nunca tuvimos tantos cachivaches electrónicos, tantas posibilidades tecnológicas y tanta oferta de ocio... y nunca tuvimos tanta necesidad de estar entretenidos. Seguramente sea porque la risa se pega y la diversión crea adicción.

jueves, 1 de diciembre de 2011

Tierra de bárbaros


Argentino, afincado en España desde hace bastantes años, Norberto Luis Romero es un autor con suficiente experiencia y demostrada trayectoria literaria. La suficiente (sobrada), como para abordar esta novela desde unas premisas “clásicas” dentro de lo que se ha venido considerando propio de la narrativa iberoamericana en las últimas décadas: el realismo mágico. Podemos poner los matices que queramos a esta catalogación (quizás demasiado sencilla, o simplista); pero, a poco que guardemos objetividad al respecto, será imposible buscar un acomodo de referencia más preciso para esta singular y desde luego sobresaliente novela. Por otra parte, Norberto Luis Romero, escritor de honda formación y conocimiento, tiene la virtud, acaso insólita, de instalarse en este ámbito de lo real maravilloso con plena potestad y, al mismo tiempo, aparecer refractario, opuesto a los clichés comerciales, el referente espurio de “aguas para chocolates”, “casas de los espíritus” y demás productos mercadotécnicos que han convertido este canon literario, defendido magistralmente por Alejo Carpentier en el prólogo a El reino de este mundo, en un género devaluado, lábil, acaramelado y lindante con la emotividad televisiva de los culebrones suramericanos. No es el caso de Tierra de bárbaros, cosa previsible en un auténtico, talentoso y pundonoroso autor como Norberto Luis Romero.

Si hablamos de realismo mágico, la primera referencia es el estilo. Tierra de bárbaros, sin caer en barroquismos, alambicamientos ni artificios, exhibe una prosa rica, frondosa, bullente en expresiones y vocabulario mestizo, en un magma indiferenciado donde el puro español se transmuta felizmente en ese otro idioma que el autor, en ámbitos más privados, denomina argeñol: el idioma de la América hispana, por donde transitan con toda naturalidad vocablos y expresiones propias del más vetusto y venerable castellano junto con los procedentes del habla coloquial en los distintos segmentos sociales, los términos indígenas, los africanismos, los barbarismos de toda procedencia. No es casualidad que la protagonista de la novela (si es que cabe hablar de protagonistas en esta “novela río”), se llame Dorothy. A fin de cuentas, el finalismo británico es parte irrenunciable del alma argentina, la cual Dorothy encarna con sobrada dignidad a lo largo de la narración.

El argumento, igualmente, nos remite a la naturaleza dual de los fenómenos manifestados al ser humano: realidad y magia. O lo maravilloso de la realidad si se prefiere. Por una parte, nos encontramos con la pugna histórica, definitoria del siglo XIX argentino, entre los belicosos caudillos federalistas y los opulentos unitaristas. Una lucha despiadada, a veces tintada de excesiva crueldad, como en el episodio del asesinato de Quiroga, que no acabará de decantarse hasta mucho tiempo después y que mermará de forma notable las posibilidades que Argentina tuvo, en sus “buenos malos tiempos”, de convertirse en la gran potencia americana, cuando Buenos Aires competía con Nueva York por ser el gran puerto atlántico, la gran urbe continental; ese tiempo en que la nación argentina, ubérrima de recursos y nutrida por una inmigración extraordinariamente caudalosa, anhelaba ser… lo que nunca llegó a ser. Esa truncada pasión argentina ha dado ocasión a numerosas y a menudo muy brillantes obras literarias, como la que se comenta.

Por otra parte, en íntima ligazón con los sucesos históricos (objetivos, reales), se desarrolla ese mundo evocador, pleno de simbolismo, incierto y atractivo de la magia cotidiana de lo real, cuando esa misma realidad pasa por el tamiz y la mirada de las muchachas, hijas y esposas de la buena sociedad bonaerense, las cuales, ajenas a los cataclismos políticos que asolan y enfrentan a sus familias, comentan desde su particular y tonante, melódico punto vista, los acontecimientos públicos. Esa charla de media tarde, bajo el calor sofocante de un verano déspota, deviene en mezcla encantadora, muy femenina en el buen sentido del término; un brillante mosaico donde se entreveran sentimientos con razonamientos, intuiciones con certezas, acontecimientos privados (la esterilidad del matrimonio de Dorothy siempre en primer plano), con eventos públicos de primera magnitud; y todos y cada uno de estos elementos tiene, para las contertulias, la misma prevalencia: partículas de un todo que es la vida fluyendo impetuosa y ante la que ellas, casi siempre, asisten como deslumbradas espectadoras.

Hay una “vuelta de tuerca” sin embargo a esta visión amplia de lo real expresada en lenguaje literario. Sinceramente creo (quizás ande muy errado, se acepta el riesgo), que Norberto Luis Romero ha intentado (desde mi criterio con éxito), conjugar dos veneros opuestos en el ámbito de la literatura que pretende abarcar hacia lo metareal: el realismo mágico y el surrealismo, en la medida que este último nutría gran parte de sus fuentes de inspiración a partir del psicoanálisis. La simbología “fuerte” de Tierra de bárbaros, arranca con la visión de un soberbio tigre, escapado de un circo, y se cierra con la misma imagen. Encontramos en el camino, a modo de ejemplo ilustrativo, la infecundidad de Dorothy, el deambular de religiosos y santeras, prostitutas y damas de moral granítica, monjas castradas con brutales cinturones de castidad, sacerdotes arrasados por la sensualidad de la tierra, y el colofón de este marasmo perfecto de emociones imperfectas: la fiesta de la momia, con su resultado de colectiva gravidez que afecta a mujeres habitantes “del otro lado” de lo real. Por ese motivo, los embarazos no prosperarán, no nacerán más niñas (nunca niños, espléndida y sutil la permanente alusión al “eterno femenino” en la novela); y de la misma manera que Argentina no llegará a culminarse como país hegemónico, las gentes y la vida que la habitan quedarán en la misma, deslustrada posición del majestuoso tigre fugitivo: amagando su poder, exhibiendo en vano su belleza. Una soberbia fuerza inaplicada que dará como resultado (así la historia lo demuestra), el propio destino de aquel país y, en suma, de Iberoamérica: el sobrecogedor escenario de un aterrador vacío.

No sé si esta era una de las intenciones, puede que la principal, del autor al escribir Tierra de bárbaros. Al menos, así ha leído la novela quien estas líneas firma. Y así la cuento. El que quiera saber más, ya sabe: a la librería. Seguro que no se arrepiente.

martes, 29 de noviembre de 2011

Una razón de peso para no leerme


Me la dio, hace algunos años, un entrañable amigo, librero por más señas.
-Verás -dijo confianzudo, tan campechano -. Tengo en la mesita de noche una novela tuya desde hace dos años, y voy por la página cuarenta. No creas... mi costumbre es leer cada noche un par de horas antes de dormir, salvo que me haya emborrachado, claro. Y como tengo la desgracia de emborracharme todas las noches, pues eso... Que voy por la página cuarenta.

Hay lógicas que son inapelables. Aplastantes. Demasiado reveladoras.

José Luis Sampedro, Premio Nacional de las Letras


José Vicente Pascual González - Blogs
El Mundo - 29/11/2011
José Luis Sampedro, premiadísimo a lo largo de su polifacética trayectoria (es economista a la par que escritor de obras narrativas y teatrales, ha sido senador y profesor y es miembro de la RAE desde 1990), suma esta vez uno de los más grandes reconocimientos literarios de España. El Premio Nacional de las Letras, el más prestigioso tras el Cervantes y dotado con 40.000 euros, destaca una vez más la influencia del autor de 'La sonrisa etrusca', que ya tiene 94 años.

Una edad que convierte a en testigo esencial de la Historia reciente española: antes de la Guerra Civil ya se había sacado una plaza de funcionario.

El autor barcelonés recibió también este año la Orden de las Artes y las Letras de España. "Soy un aprendiz de mi mismo", dijo entonces. En 2010, recibió el Premio Internacional Menéndez Pelayo' (2010) y en su curriculum también figura el Nacional de Teatro. "Al pintor Zuloaga en su más alta madurez le preguntaron una vez: "¿Cuáles son sus preocupaciones estéticas actuales?". La respuesta: Trabajar mucho. Ese es mi método, poner la oreja hacia lo que tengo dentro y tratar de contarlo", contaba Sampedro hace años en un encuentro digital en ELMUNDO.es

Ha conciliado el desempeño de altos cargos administrativos y académicos con una reconocida producción literaria que lo cualifican como uno de los más importantes escritores vivos en lengua española, así como unareferencia intelectual en la España de la segunda mitad del siglo XX.

El novelista y ensayista nació en Barcelona el 1 de febrero de 1917 y, con sólo un año, se trasladó junto a sus padres a la ciudad portuaria deTánger (Marruecos), donde permaneció hasta los 13 años y que en aquel momento estaba administrada por varios países europeos.

Su pensamiento económico se proyecta sobre la naturaleza social de la actividad económica y sus efectos sobre la realidad social en que se desarrollan. En este sentido, aboga por una economía más humana y solidaria, capaz de contribuir a desarrollar la dignidad de los pueblos.

Antes de la Guerra Civil, logró una plaza como funcionario de aduanas en Santander y, ya en 1940, pidió el traslado a la capital, donde se casó con su primera esposa, Isabel Pellicer, y comenzó la carrera de Ciencias Económicas, licenciándose en 1947 con Premio Extraordinario.

Durante esta época, escribió sus dos primeras novelas, 'La estatua de Adolfo Espejo' (1939) y 'La sombra de los días' (1947), que no vieron la luz hasta los años 90. Asimismo, el autor publicó su primera obra de teatro, 'La paloma de cartón', en el año 1948. "Los libros nacen de muchas fuentes: el ansia de notoriedad, el afán de dinero, la vanidad y, a veces, el genio. Los mejores, incluso los geniales, nacen de una necesidad inexplicable e ineludible de expresarse con la palabra", opina Sampedro.

En 1948, comenzó a trabajar en el Servicio de Estudios del Banco Exterior de España y, durante esta etapa, compaginó su labor con su faceta como profesor en la Universidad de Madrid. Tres años más tarde, se convirtió en asesor en el Ministerio de Comercio.

Ya en 1955, accedió a la cátedra de Estructura Económica de la Universidad de Madrid, donde permaneció hasta 1969, y regresó al Banco Exterior. Durante estos años, escribió su segunda obra de teatro, 'Un sitio para vivir' (1955), y diversos libros de carácter económico.

Por aquel entonces, el autor de 'El río que nos lleva' (1961) sus artículos y obras de carácter económico ya denunciaban los excesos del capitalismo, que, según Sampedro, ha entrado en barrena y sólo se detendrá cuando se tope con el suelo, cuando llegue la "catástrofe".

Tras su jubilación, Sampedro se dedicó a su principal pasión, la escritura, y durante esta etapa publicó, entre otras obras, 'La sonrisa etrusca' (1985), 'La vieja sirena' y 'El amante lesbiano' (2000), con las que obtuvo el reconocimiento de crítica y público.

El jurado que ha fallado el premio ha estado presido por el director general del Libro, Rogelio Blanco y han formado parte de él, entre otros, José Antonio Pascual, Jordi Cornudella, María José Rivera, Anna Caballé y los dos últimos autores galardonados, Rafael Sánchez Ferlosio (2009) yJosep María Castellet.

lunes, 28 de noviembre de 2011

Telediarios



Hace ya mucho que los dueños de los periódicos decidieron que a los lectores de prensa no les gusta leer la prensa. Convirtieron los tabloides en soso carrusel de titulares, con desarrollo  de las noticias adaptado para niños de primaria; el resto del papel se remozó en pasquines publicitarios llenos de ofertas, promociones, vajillas y otros regalos entre los que se echa a faltar la muñeca chochona de las tómbolas. Cuando entone su último adiós, arrasada por los medios que sí hacen periodismo en Internet, la prensa en formato papel se despedirá con un sabor amargo a indignidad. Es su destino y bien que me pesa.


Las mentes pensante que dirigen la industria de la información también han decidido que ya no nos gusta ver el telediario, a la hora de los garbanzos. Los informativos, sean de la cadena que sean, se han especializado en cuatro bloques básicos, que son como el Fierabrás del éxito medido en audiencia:


-Noticias y actualidad de carácter general: 5 minutos y gracias.


-Sucesos, curiosidades de Internet: 15 minutos.


-Deportes (con muchos vídeos que ya hemos visto en Internet): 10 minutos.


-El tiempo (con información meteorológica que ya sabemos, porque son las 15'25 y ocasión ha habido, a lo largo de la jornada, de comprobar si llueve, hace frío o luce el sol): otros 10 minutitos.


Y con eso un bizcocho...


Al final, van a conseguirlo del todo. Igual que la gente se borra de comprar los periódicos, dentro de nada se ahorrará los informativos en horas familiares. Total, los contenidos están al alcance de cualquiera, en cualquier momento del día, "a un click" (con perdón por la expresión, un poco horterilla).


Aunque puede que salgamos ganando. A la hora de comer, charleta en familia, como antiguamente, en vez de estar todos pendientes del televisor. Igual resulta un avance. O un retroceso... Yo qué sé. Lo único que doy por seguro es que, como decía mi cuñado Orteguita, "Así, no vamos a ninguna parte". Y mira que lo dijo veces, el pobre hombre. Y qué razón tenía, el pobre hombre que en paz descanse.

KEPA MURUA, poeta: "La poesía es balsámica para el lector y el autor"


José Vicente Pascual González - Blogs

Kepa Murua (Zarautz, 1962) estudió Filosofía y Letras en la Universidad del País Vasco y consiguió su licenciatura en Historia del Arte en Oviedo. A mediados de los años 90 del siglo XX regresó al País Vasco y fundó Bassarai Ediciones. Desde entonces mantuvo su trabajo de editor en paralelo a su vida de escritor, pero ninguno de sus libros fue publicado por Bassarai. El pasado verano la editiorial cesó su actividad. Además de una decena de poemarios, es autor de libros de ensayo y varios volúmenes realizados en colaboración con artistas de distintas disciplinas.

Murua ha escrito ya 11 libros de poesía. "Es un trabajo de fondo. Estoy contento, cuando empecé no pensaba que iba a llegar a crear un cuerpo poético de este calibre", reconoce. El gato negro del amor es un libro autobiográfico en el que Murua abordó la crisis de su divorcio, con un cambio de registró que le llevo a adentrarse en la confesión. "Después del agotamiento físico y mental del anterior libro, Poesía sola, pura premonición, de más de 500 páginas, necesitaba caer en la confesión personal", explica. "Por eso el libro es breve pero intenso, íntimo, en el que se mezclan los sentimientos del amor y el desamor. Volví a la poesía confesional porque necesitaba contar cosas. Tuve que dejar de lado la irrealidad visionaria que aparecía en el libro anterior".

En su poesía Murua huye del artificio; en El gato negro del amor se encuentra minimalista. "Busca una poesía más sencilla, más narrativa, más fácil de entender. El tema del amor está muy manido en la poesía y si no lo tratas bien puede caer en el lado de lo kitsch, de lo más romanticón", añade. "El amor es un tema por excelencia en la poesía, pero a veces se les ha ido a los poetas de las manos. Yo quería una poesía concentrada, sin ningún tipo de retórica, en la que hablara de lo que nos duele y de lo que sufrimos con el amor y el desamor, pero también de la esperanza que nos da. El último poema deja la puerta abierta a la esperanza, a lo bueno que queda por venir".

Escribir un ensayo sobre el amor le parece una tarea imposible. La poesía, en cambio, ha puesto a su alcance imágenes con las que hablar del amor y al desamor con más facilidad, superar el miedo a exhibir su mundo más íntimo. "Es un tema muy espinoso. El poeta tiene que tener mucho respeto por lo que dice y por cómo lo va a entender el lector", precisa.

Murua asegura que El gato negro del amor le sirvió de cura. "Es un libro balsámico. La poesía lo es para el lector y el escritor. A la hora de escribir me dolieron algunas cosas, pero al volver a los poemas me he divertido mucho, me he reido de mí mismo al ver que no todo era tan negro. Es un libro con mucho color. El poeta se desnuda con un tema en el que no todo es sufrimiento, con una visión en calma. Finalmente, se descubre una fiesta del amor".

Nunca antes escribió un libro tan vinculado a su experiencia personal. "A veces se olvida que la ficción también es parte de la poesía. No por colocar un yo por delante es el poeta el que lo ha hecho. El poeta se puede meter en el cuerpo de otros y escoger otras voces", recuerda. No ocurre en esta ocasión y la utilización simbólica de los gatos ha ayudado a disimular el carácter autobiográfico de los poemas. "Cada gato se corresponde con un estado de ánimo, cada gato es de un color. Ahí encontré lo que yo llamo el aparato literario del libro", cuenta el autor. Y para hablar de otro amor Murua llevo a su libro la unión de sus padres. "Para que el libro no fuera una caída sin frenos al abismo, coloco, como una parte sustancial de mi biografía, el matrimonio duro y eficaz, tierno y amoroso, a su vez, de mis padres", dice. "Si bien no nos enseñaron a amar, nos mostraron en cambio su cariño".

El gato negro del amor es un libro viajero. Murua empezó a escribir los poemas en Londres, en 2005. Continuó el trabajo en Toronto y Nueva York y lo acabó en Vitoria en 2006. "Yo reconozco en cada poema donde está escrito. Cada uno de ellos tiene un paisaje diferente", afirma. Algunos acaban de cuajar, cree Murua, en el momento que se leen en voz alta ante el público. "Sin lectores, sin un público que escuche, el escritor no es nadie. Prefiero leer los poemas yo mismo porque cuando los he oído en otras voces no me he identificado. En los rapsodas he visto una teatralización que no corresponde con los poemas. La poesía será minoritaria y complementaria, pero siempre tendrá su espacio".