martes, 30 de octubre de 2012

La reina de las dos lunas

Hay novelas de ambientación histórica para pasar el rato, entretenerse y, acaso, gozar la  ilusión de que se aprende con amenidad sobre épocas que nos atraen o directamente nos fascinan. (Lo de aprender es bastante relativo porque la novela, ante todo, es un género de ficción y no conviene que la historia determine la ficción, de por sí libérrima;  ni que la ficción desvirtúe lo histórico).

Hay novelas de ese estilo, decía. Y hay novelas para adentrarse en la literatura de primera línea, casi prescindibles los etiquetados ("histórica", "fantasía", "negra"). Qué difícil definir El siglo de las luces o Bomarzo como novelas históricas. Qué difícil encuadrar sin más la última novela de José Manuel García Marín en el género sin añadir de inmediato que La reina de las dos lunas es, por encima de cualquier otra consideración, una inmensa novela. Y no le hacen falta más calificativos.

Y además se puede disfrutar de la recreación histórica, aprender sin temor a que la imaginación del autor y su pericia narradora nos deslumbres con el espejismo de supuestos hechos históricos que nunca existieron. No es el caso. La documentación es rigurosa y se administra con maña experta, sin abrumar, sin concesiones al circunloquio o el excurso, sin alardes. La documentación sirve a la acción e intención literaria de la obra, transpira a lo largo de la narración, subraya los episodios más memorables... Todo en un discruso perfectamente estructurado y en el que intervienen con esmerada eficacia los universales de la literatura, aquellos que hicieron proclamar a Monterroso "Todo está dicho, nada está escrito": el viaje, la fatalidad, el aprendizaje, el amor, el desvelamiento, el destino... Todo está dicho, lo importante es saber contarlo. Y José Manuel, sabe.

domingo, 28 de octubre de 2012

La izquierda reaccionaria

Mi amigo Marín Domingo Carrillo, además de su exquisita educación tiene una virtud igualmente rara: su demoledora perspicacia para señalar "agujeros de banalidad", esos puntos de equilibrio inestable (en realidad imposible), en los discursos demagógicos. Puede que su profesión de jurista lo tenga precisamente  acostumbrado a detectar los vacíos de inconsistencia y abusos de retórica en la satisfecha presunción de superioridad moral que es manía de muchos y plaga de nuestra izquierda; una suficiencia equiparable a la pereza mental, aliñada de autocomplacencia y una absoluta carencia de sentido crítico respecto a sí mismos. Los tonos que marcan su propaganda cotidiana son absurdos como la ilusión monopolista de la certeza y la autoridad para sentenciar sobre lo bueno y lo malo, así como el sectarismo y la arbitrariedad en el dictamen sobre cualquier fenómeno (para ellos surgidos en el magma farragoso de una apariencia inmutable y que, por supuesto, no tienen ninguna intención de transformar). Así es la izquierda reaccionaria, tal como la caracterizó Horacio Vázquez Rial en su memorable ensayo. Porque la demagogia y la disociación cognitiva, el creer en lo que más nos conviene antes que en lo razonable, dividir a los demás en "conmigo o contra mí", y autoinvestirse con supremacía heráldica, cual galas valleinclanescas, son actitudes esencialmente reaccionarias.

Hoy, 28 de octubre de 2012, a treinta años de aquello, Domingo celebra la efeméride con esta entrada en su biografía de Facebook:

"150 personas a la calle (un tercio de la plantilla de la empresa), aplicando la denostada reforma laboral de Rajoy, es decir, los exiguos 20 días por año. Los que se quedan verán reducido su sueldo en un 15%. En esa empresa el presidente cobró el año pasado 13 millones de €. Los 54 directivos, una media de 209.000. La cúpula directiva ha puesto la sociedad en manos de un banco y de una aseguradora norteamericana. Política económica modelo tea party. ¿Para cuando un reportaje de Gonzo en El Intermedio, denunciando a estos tiburones neoliberales? ¿A qué esperan los blogueros de la revolución y las progrestrellas del twitter para inundar la red de insultos y proclamas? ¿Lo llevará el diario global de la izquierda en su portada y editorializará sobre la deriva ultraderechista de la economia y el empresariado español por culpa de las reformas de Rajoy? A todas estas preguntas podéis contestar con un rotundo NO. La izquierda española -esa cosa- está ahora centrada en lapidar al dueño de Zara por haber tenido la osadía de donar 20 millones de € a Caritas. Otro gallo le hubiera cantado de haber atracado un Mercadona y haber repartido dos pollos y una sopa de sobre en alguna casa ocupada. Pero 20 millones y a una organización católica es una provocación inaceptable. Así que no, no esperéis a la hipócrita y demagoga izquierda española en esta batalla porque la empresa que ha aplicado las recetas económicas de la "derecha extrema" no es otra que EL PAIS".

Por mi parte, nada que añadir.


jueves, 25 de octubre de 2012

Lo de Javier Marías

Que un escritor rechace un premio es bastante insólito. Pero que un escritor español deje pasar el Nacional de Literatura en su especialidad de narrativa, como ha hecho Javier Marías hace unas horas, resulta un fenómeno extraterrestre por lo increíble. Un autor de narrativa que no apetece laureles literarios, mucho menos oficiales, y que desdeña además los 20.000 euritos libres de impuestos del galardón, es rara avis en el gremio. Y tan raro.

Igual que estamos acostumbrados a los políticos granjeristas, nos hemos hecho a la idea del escritor ávido de chollos, prebendas, favores y distinciones. Parece que una cosa y la otra, ser escritor y apetecer canonjías, es parte del mismo oficio. Pues no. Al menos no para Javier Marías.

En un país como el nuestro, donde los niveles de lectura continúan siendo tan bajos (y más que lo van a ser, con la moda del e-reader que acabará siendo de uso común y arrinconando definitivamente al papel), conseguir salir adelante con las ventas de una novela, o de siete novelas, parece tarea imposible. Por esa razón, el escritor, de natural y por lógica, se abreva a la sinecura, el centenario, el milenario, los juegos florales, el bolo, el "ciclo de conferencias" que, digo yo, se lo deben saber de memoria porque siempre las imparten los mismos, sobre el mismo tema y en los mismos sitios. Nunca en los arrabales de la literatura hubo tantos escritores levantando la tapa de los contenedores, a ver qué hay, o qué han dejado los demás.

Otra. Qué afición le tienen cogida los políticos de este país (hoy hay que llamarlo así, estepaís), a la instrumentalización de la literatura, supeditándola y utilizándola con cierto descaro y bastante arbitrariedad en función de sus intereses puntuales. Parece como que se hubiera tramado una alianza estratégica, bastante natural, entre unos y otros: a fin de cuentas el oficio es el mismo: decir las cosas e intentar seducir las conciencias. El momento más descarado de esta confraternización entre gatopardos y goliardos se produjo en 2009, con ocasión del famoso y macabro "Kirmen de Uribe". Un jurado en el que ninguno de sus miembros habla y mucho lee en euskera da el premio nacional de narrativa a una primera novela de un poeta vasco que no ha sido traducida al español. Eso sí, todos los juramentados tenían el correspondiente manuscrito impreso y traducido por el diligente de turno. O sea, que concedieron (regalaron, seamos precisos) el premio a un montón de folios recién salidos de la impresora. Luego llegó la explicación, claro. El poeta en cuestión, proviniente de los ámbitos nacionalistas no-moderados y reciclado al constitucionalismo más o menos, era y es amigo de Patxi López. El galardón no premiaba la valía de la obra (¿para qué, si es todo política?), sino la buena intención y el buen rollo. Y que la amistad tira mucho, y que los amigos están para demostrarlo...

Aquel asunto tan, pero tan español en sus vertientes valleinclanescas y berlanguianas, me recordó en su día otra ocurrencia fabulosa, en otro contexto pero con muy semejante significado: cuando la universidad de Granada otorgó el Doctorado Honoris Causa al rey de Marruecos Muhammad VI (entonces flamante monarca) porque iba a hacer mucho por la democracia en su país. En un artículo de prensa yo solicité que me otorgasen el Premio Nobel de Literatura porque, en el futuro, iba a escribir unos novelones que ríete tú de García Márquez, Saramago y María Dueñas. Más fácil y concebible era que un servidor alcanzase esa maestría literaria que el pequeño rey democratizase Rabat y sus alrededores. El rector granadino me llamó delirante. Los delirios democráticos del joven Muhammad ya se ve dónde llegaron.

Bueno, que me disperso como siempre (mira que Faramio me lo tiene advertido: "Eres un pelma, colega". A lo que vamos.

Hoy, Marías ha dado ejemplo a muchos. Su maestro Benet estaría bien orgulloso. Y los escritores que creemos en la literatura y descreemos del frontón tuya-mía, estamos satisfechos. Los demás no, imagino. A los demás estas verdades no les escuecen porque aquí, en este mundejo, la verdad no hiere: simplemente es inoportuna. Y molesta. Como diría don Corrado Pirzzi: Es mala para el negocio.

martes, 23 de octubre de 2012

¿Solidaridad interterritorial?

Los territorios no tienen derechos. Los territorios tienen ríos, fuentes, prados pequeños y grandes, carreteras, montes, árboles, cultivos, flora y fauna. Y edificios y construcciones, puertos, canales y caminos.

Los que tienen derechos son los habitantes de los territorios. Los ciudadanos.

Como a Faramio  le entra a menudo la vena ecologista, le aclaro desde ya que esos mismos ciudadanos tienen derecho a disfrutar y vivir su cotidianeidad en un ambiente sin degradar, limpio de contaminación y que no sea pasto de la especulación urbanística. Y tienen derecho a convivir con una fauna libre y salvaje, y mayormente protegida.

Precisión hecha, vamos al meollo.

Viene todo esto a cuento de la supuesta desigualdad territorial en lo que concierne al reparto de los impuestos recaudados por el Estado, el célebre déficit fiscal que alzan furiosos como estandarte de guerra los nacionalistas de todas partes y algunos no-nacionalistas aunque muy concienciados con aquello de "las raíces" de la gente. (A ver, Faramio, no te pongas pesado: raíces tienen las plantas, los seres humanos tenemos pies para ir adonde nos dé la gana).

Quien diseñó un Estado como el español, basado en el prejuicio de territorialidad autonómica, no pensó (y si lo pensó seguro que se lo calló, el muy pintas), que compartimentar la soberanía nacional en segmentos autonómicos suponía y supone declarar gallardamente que no todos los ciudadanos son iguales, que unos tienen más derechos que otros en función de en qué comunidad autónoma residan y también de cuál sea su "adscripción identitaria". Quien se inventó el concepto medieval, caciquil y terrahabiente de "solidaridad interterritorial", no reparó seguramente en que son los ciudadanos y no los territorios quienes pagan impuestos, y que el Estado no tiene obligación ninguna de compensar a los territorios por nada. El Estado dispone del sus arcas (salva la buena fe), conforme a sus propios fines, que son el bien común; y no tiene que dar más explicaciones sobre si invierte más en girasoles que en cemento o en armas que en togas para los fiscales. Si no nos gusta cómo se administra el Estado, para eso están las elecciones.

El Estado no tiene que "repartir" pensando en los derechos de los territorios, sino en las necesidades generales y en el bien de la ciudadanía, vivan los contribuyente (o no contribuyentes), en Sestao o en Mazagón.

El concepto de "solidaridad interterritorial" en el fondo enmascara una concepción feudal de lo público y, de paso, nutre el supremo argumento nacionalista:. "El dinero de los albaceteños, para Albacete" . Que no, hombre. Que los albaceteños tienen todos los derechos del mundo pero Albacete es un montón de tierra, prados, ríos, fuentes, regatos grandes y pequeños, caminos y trochas. Y alguna que otra vereda, seguro.

(Me perdonen los de Albacete, no se me ocurría otro ejemplo más a mano).

domingo, 21 de octubre de 2012

Los mismos con las mismas

La última vez que presencié el fenómeno fue en Carmona, pero tú ya sabes, en pleno valle del Guadalquivir estas actitudes caciquiles, prepotentes, un poquito chulescas de los políticos locales surgen de natural y resultan incluso pintorescas. Lo da la tierra y lo da la historia. Lo que no imaginaba es que en tierras gallegas iba a suceder tres cuartas de lo mismo: en plena jornada electoral, a las puertas del centro cívico donde están instaladas las urnas, ocupando ufanamente varias mesas de la cafetería al aire libre en la soleada mañana de domingo... Ahí los tienes, los mandamases del PP y del PSOE, con sus cartelones del partido colgando del pecho, bien visibles, casi tan llamativos como ellos se muestran aspaventosos, cordiales con todo el que pasa, exageradamente sociables, simpáticos a más no poder y, al mismo tiempo, con cara de "aquí mando yo y ojo que te he visto... o no te he visto".

Me dirijo a uno de los policías municipales que hacen guardia en el recinto y le explico que esos caballeros y esas señoras, todos vestidos de domingo y todos con su cartelito prendido al pecho, están haciendo propaganda de sus siglas y emblema en jornada electoral. La respuesta del policía ha sido demoledora:

-Ah... Se equivoca usted, caballero... Ese señor no está haciendo propaganda... Ese señor es el alcalde.

Pues no he entrado con buen pie, vaya por Dios.

El alcalde me explica, muy pedagógico, que ni él ni sus compañeros de partido ni sus compañeros de corporación (o sea, los que no son de su partido pero también lucen iconografía política a modo de peto), son apoderados e interventores y tienen que estar identificados como tales. Respuesta, Faramio, no te la pierdas:

-Serán apoderados e interventores ahí dentro, en el centro cívico y en las salas donde la gente está votando. Aquí fuera, repantigados, tomando cerveza y saludando a la afición... ¿qué apoderados ni qué interventores ni qué gaitas? (Gaitas gallegas, por cierto).

Total, que ni tiempo a replicarme le he dado porque hace buen día, estoy de buen humor y lo que menos me apetece es discutir con un mandamucho de estos de pueblo.

-Ea... Hagan ustedes lo que quieran, que es lo que siempre han hecho y lo que van a seguir haciendo. A mí me da lo mismo, ya he votado y me voy a casa. Tengan buenos días.

Anda ya... Después de vivir cuarenta y siete años en Andalucía (cinco de ellos en el hábitat natural del jornalerismo sevillano, entre Paradas y Écija), me van a venir a explicar estos aficionados lo que es el caciquismo. Que sí, hombre... Que tengan muy buenos días.

lunes, 15 de octubre de 2012

Caída libre

Sube a la estratosfera en un avión superferónico de esos, se lanza en caída libre protegido con un equipamiento espectacular, recorre 39.068 metros en un vertiginoso descenso durante el cual ha roto la barrera del sonido, cayendo a velocidades que superaban los 1.130 Km./h. Tras diez minutos de vuelo, abre el paracaídas y se posa tranquilamente sobre el mismo planeta del que había salido, el que comúnmente llamamos Tierra. Y hala, en casita de nuevo.

Me sucedió algo parecido, en 1976. Con motivo del bicentenario de la Constitución de los Estados Unidos de América tomé un tren en Granada con destino a Barcelona. Tras dieciséis horas de viaje, ya en la ciudad antes llamada Condal, subí a un autobús que me trasladó a París, y de allí, al día siguiente, a Luxemburgo (de excursión, no creas).

Después de un viaje tan largo y cansado, somnoliento y con pelín de resaca asfáltica, puse las plantas de los pies en el Gran Ducado y... ¿qué dirás que fue lo primero que me encontré? Pues a mí mismo en Luxemburgo.

Tanto esfuerzo para volver a casa...

Como dice Faramio cada vez que termina de leer la Odisea: "¿Y a éste zascandil, quién le mandó ir a Troya?".

sábado, 13 de octubre de 2012

Si una tarde de octubre un niño...

Al niño que nunca ha dejado de existir hay que escucharle siempre y dejar que se desenvuelva de vez en cuando. Hay que dejarlo montar en bicicleta, zascandilear por la playa, mojarse las zapatillas en el océano un poco rabioso, huir de las olas, jugar con la arena...

Si no lo escuchas y no le das algún capricho de vez en cuando, el niño se olvida de ti. Y entonces estás perdido, amigo. Lo dice Faramio y lo digo yo. Lo dice la maravillosa Ana María Matute: Los niños que ya no están y que no han muerto, ¿dónde viven?

Esta tarde de octubre, luminosa, templada, uno de ellos estaba localizable. Y cumpliendo con su única obligación: existir.




miércoles, 10 de octubre de 2012

¿Tan difícil es?

Tenía un pequeño problema con un envío de libros por correo, debido a mi reciente cambio de domicilio. Ayer acudí a la oficina y lo resolví en un santiamén. El jefe de los carteros me dijo, orgulloso y muy satisfecho: "Para que luego digan que Correos funciona mal". "Nada de eso", contesté. "Al revés, si el grado de civilización de un país se mide por la puntualidad de sus trenes y la exactitud de su servicio de correos, España, al menos en este último aspecto, debe de servir como ejemplo a muchos". Y el hombre se quedó más orgulloso y más satisfecho todavía.


¿Tan difícil es que las cartas lleguen a tiempo? No lo es. Todos los días, miles de funcionarios postales se empeñan en demostrarlo.

Y si nuestro servicio de correos funciona por lo general impecablemente, ¿tan difícil es anhelar que todo marche más o menos por parecido camino, similar criterio y semejante sentido cívico sobre la importancia real de cuanto hacemos, nos interesa o nos disgusta?

Si el sentido común se llama así, común, porque todos lo tenemos (al menos no conozco a nadie que reconozca carecer de él); ¿tan difícil es que apliquemos a nuestros problemas eso mismo, sentido común?

Yo creo que no. Y eso es a lo mejor lo difícil de verdad, no tanto creer en el sentido común del resto de nuestros conciudadanos como, a secas, creer en ellos.

domingo, 7 de octubre de 2012

Porno para mamás

La ley de igualdad, la ley de paridad, la reforma del Código Penal sobre violencia "de género", el mismísimo Ministerio de Igualdad, la inefable Aído, la pizpireta Pajín, las listas electorales paritarias, la criminalización de cualquier actitud machista o "sexista", la obsesión por los derechos de las mujeres, el Día Internacional de la Mujer Trabajadora... ya tanto y tanto más.

Y las 50 sombras de Grey

Yo no lo entiendo. A lo mejor es que he nacido veinte años después y estas cosas ya no se aprendían en los Hermanos Maristas. O a lo mejor es que occidente es la reserva natural de imbécil@s más importante del planeta.

Pero no lo entiendo.


lunes, 1 de octubre de 2012

La hermandad de la nieve

Se pueden y se suelen decir muchas cosas cuando se publica una nueva novela. La verdad es que yo me quedo sin palabras, cierro los ojos y pienso en las personas a las que quiero. O, por ser más precisos: las que me quieren. Porque para ellos es mucho más importante que para mí.

Yo he elegido la literatura, y es mi vida.

Ellos, su afecto, me han elegido a mí.

Nunca tendría tanto como para responder a tanta generosidad.

Al final, una novela es un acto de amor o no es nada.

domingo, 30 de septiembre de 2012

El buen mal ejemplo

Nadie es absolutamente inútil. En el peor de los casos, siempre se puede servir de mal ejemplo. Conste que los malos ejemplos son más instructivos y muchísimo más aleccionadores que los buenos. El buen ejemplo suele resultar ñoño. El mal ejemplo, apasionante.

De las personas, las generaciones, las situaciones particulares y las épocas históricas siempre tomamos ejemplo. Sin experiencia ajena de la que aprender, qué difícil y qué largo sería el recorrido, con nosotros de exclusiva compañía.

De nuestros abuelos aprendimos el mal ejemplo de la convivencia mal llevada y peor rematada. Una entera generación se autoinmoló en una guerra civil (iba a escribir “terrible guerra civil”, pero redundancias las justas), que fue resultado de esa especie de incapacidad genética que tenemos los españoles para superar nuestras crisis colectivas si no es a base de echar la culpa al de enfrente, avivar odios y desafecciones, criminalizar al vecino y echarnos al monte en busca de culpables.

De nuestros padres, con mayor o menor aprovechamiento (en mi caso no hay diploma ni falta que me hace), aprendimos el buen ejemplo del trabajo, la honestidad, la abnegación, el sacrificio. Fueron una generación gris y tozuda que se deslomó por levantar una nación, España concretamente (lo siento, se llama España y es una nación), desde las cenizas de la guerra, la pobreza, la miseria material y moral de unos tiempos (ahora sí) terribles, para llevar al conjunto de nuestra sociedad a unos niveles de bienestar sorprendentes. Cuando oigo y leo sobre el “estado del bienestar” como si fuese un invento de hace diez o doce años, me entra cierto malestar histórico, lo confieso. Nuestros padres convirtieron la España del arado, el analfabetismo y las beatas en misa en un país moderno, industrializado, con unos niveles de protección social únicos en Europa y capaz de plantearse con seriedad su futuro. Tanto, que esa misma generación, muchos años después, fue capaz de decir: “Hasta aquí hemos llegado”. Se acabaron los buenos y los malos, el resentimiento, el “conmigo o contra mí”. La política de “reconciliación nacional”, reiterada durante muchísimo tiempo por el PCE, culminó en aquella célebre etapa de la Transición. Por primera vez en su historia, España se comportaba como un país con cerebro.

Creo que fue el último buen ejemplo. Ha servido durante treinta años, más o menos. Hoy, la tristeza regresa. Siempre vuelve. Volvieron el encono, el odio, la repugnante manía de deslegitimar y descalificar moralmente a quien piense distinto, con aquel presidente del gobierno (nefasto donde los haya habido), empeñado en (sic) “tensar” las diferencias ideológicas entre los españoles, convencido de que para mantenerse en el poder era preciso gobernar contra la mitad de la población y muy necesario resucitar a las dos españas que nuestros padres felizmente enterraron; y de paso radicalizar y convencer a la gente que quiere vivir y trabajar en paz de que las posiciones tibias son inadmisibles. Volvió el “conmigo o contra mí”, “o eres de izquierdas y feminista de la @, o eres un fascista y un machista digno de ser denunciado en comisaría”. Los ocho años de gobierno de aquel insensato han dejado como peor herencia esta crisis política, institucional, de convivencia. La situación económica se remontará como se pueda, si es que se puede. Pero a ver quién devuelve la amabilidad a la sociedad civil, la confianza de los ciudadanos en su propia capacidad de enfrentar situaciones complicadas sin obsesionarse con la obligación de insultar a la policía y denigrar al vecino por facha. Y para qué hablar de la confianza en las instituciones. Y en la democracia. Era lo peor que podía pasarnos y, claro: ha sucedido. Esto es España, no lo olvidemos. Somos el país de la ley de Murphy por antonomasia.

Tantos y tan vistosos malos ejemplos hay en nuestra historia... Los indignados, cabreados y soliviantados tienen dónde elegir. A falta de proyecto y liderazgo, buenas son las piedras. La culpa es de los demás, como siempre, por no dar buen ejemplo.

jueves, 27 de septiembre de 2012

Aquel 1715 que tanto dio que hablar

Mientras la gente de “Ocupa el Congreso” se manifestaba ayer en Neptuno, Esquerra Republicana de Catalunya, en la Comisión Constitucional (tiene su lado grotesco y su lado siniestro la cosa), defendía una iniciativa de ley para que la Cámara 'restituyera' los llamados 'derechos históricos' de Cataluña y su 'soberanía nacional', derogara los decretos de Nueva Planta (de 1715) y se creara una comisión Gobierno-Generalitat para negociar las reparaciones pertinentes. La iniciativa, basada en los mitos clásicos y la (des)interpretación de la historia propia del nacionalismo catalán, fue defendida por su portavoz, Alfred Bosch.

En eso se entretienen. Lo digo para que mis amigos de la indignación sepan en qué emplean su tiempo sus señorías republicanas (de la porgresísima Catalunya), mientras a ellos les parten la cara en la calle por los derechos constitucionales de los ciudadanos que viven en 2012.

martes, 25 de septiembre de 2012

¿Nos hacemos un golpe de Estado o una peli de Almodóvar?

A ver si nos aclaramos en los conceptos.

Si un grupo de militares ocupa el Congreso, disuelve las cortes e impone un gobierno provisional, eso es un golpe de Estado. Si unos miles o cientos de miles de personas "ocupan" (según reza la convocatoria original), o rodea el Congreso con intención de que los diputados dimitan, se disuelvan las cortes y se abra un proceso constituyente, eso es un golpe de Estado. Da igual que los protagonistas sean civiles o militares, que vayan en tanque o en legítimo ejercicio del derecho de manifestación, que sean doscientos o dos millones.



La verdad es que no tengo nada en contra de los golpes de Estado porque no soy cándido; sé que todas las sociedades civilizadas, sujetas al imperio de la ley y administradas según cauces y principios constitucionales, históricamente obtuvieron su legitimidad, siempre, sin excepción, mediante una acción de fuerza; o sea: un golpe de Estado.

Lo único que me echa para atrás de esta convocatoria para dar un golpe de Estado en España, hoy, 25 de septiembre de 2012, es que los organizadores del evento prefiguran, con sus modos atolondrados y su empanada mental, males peores que los que teóricamente quieren corregir. Si se va a dar un golpe de Estado hay que tener muy claro lo que se quiere, cómo se va a hacer y adónde queremos llegar; un proyecto de sociedad, un programa de gobierno inmediato, una gente que ejerza ese gobierno, una "hoja de ruta" diseñada prudentemente para alcanzar el objetivo constituyente. Las civilizaciones no se construyen a partir de la queja y mucho menos la indignación, sino de la voluntad de ser. En el caso que nos ocupa, ¿de ser qué?

Citar a la gente para dar un golpe de Estado a tontas y a locas me parece que supone justamente eso: pura irresponsabilidad y pura fanfarria para tont@s y loc@s.

lunes, 24 de septiembre de 2012

Algunos de esos libros

Mi cartero no sabe el cariño que le he tomado. Lo veo por la pantallita del video -portero, en blanco y negro como las televisiones antiguas, aquellas que aún no funcionaban en España cuando nací. Lo veo, decía (en ocasiones me disperso), lo veo y me entra una alegría inmensa porque sé que me trae libros. Es mi presentador de TV favorito, le tengo más afecto que a Matías Prats y muchísimo más que a Jordi González. Cualquier día bajo las escaleras a todo correr y le pido un autógrafo.

Mira lo que me ha traído la última semana:






Esta mañana también ha llamado al video - portero, pero no cargaba libros sino una carta de Movistar. Bueno... los actores y los programas de TV tienen sus altibajos.

Seguro que mañana es otro día.

domingo, 23 de septiembre de 2012

Maldito Proust

Si el miércoles comemos en Villamaría (Busdongo de Arbas), y el menú consta de guisantes con jamón, ternera guisada y arroz con leche; y el jueves preparo un arroz gloriosísimo y de postre hay bizcocho casero más glorioso todavía y tan glorioso que no paro de zampar bizcocho durante la tarde/noche; y el viernes, camino de Gijón, volvemos a Villamaría porque Sonia se quedó con ganas de pote y yo me pido menestra y filetes de ternera y tarta de queso; y el sábado nos invita a comer la tía Elí y mientras su prima Marina relata su devoción por Intereconomía nos embuchamos unas alubias pintas con chorizo y unas carrilleras de ternera que son medio prodigio medio milagro, y de postre un flan con nata como una plaza de toros; y el domingo Toño Llamas y Albina nos invitan a una barbacoa y comprobamos que, en materia de barbacoas, unos crían fama y otros cardan lana de verdad, porque no hemos probado asado de más enjundia en mucho tiempo, y de postre hay helado de dos clases y de las dos clases, por orden y con método, me pongo como un gocho... ¿Pues qué quieres? Llevo quince días a barritas de muesli, té rojo, zumo de melocotón y uva y, de vez en cuando, cuando las hambres aprietan, una magdalena.

Sin ir más lejos, ese ha sido mi desayuno de hoy: un té y una magdalena. Faramio dice que es un desayuno "muy literario". Tal cual lo ha dicho: "Muy literario". El hijoputa.

PS./ El perro, que no está a dieta, se ha zampado el papel de la magdalena. Lo que me da que pensar. ¿Qué leches hizo Proust con el papel de su magdalena? Porque a lo mejor ahí había otra búsqueda de otra cosa perdida que no fuera el tiempo.  

viernes, 21 de septiembre de 2012

Curiosidades epistemológicas

Sobre la autonomía relativa de las superestructuras ideológicas en las sociedades mongolas.




Tercera ley de Faramio

(Sobre deportes, espectáculos públicos y banalidades tumultuosas en general)

* Cuanto más simple y pueril es el discurso político de las clases dirigentes, más se infantiliza la reacción de las masas y, en consecuencia, más se politizan los circos.

*Ejemplo (prueba) de reversión: En la medida en que el fútbol se politiza, el discurso político se futboliza.






martes, 18 de septiembre de 2012

José Antonio González Fuster

Lo que más le gustaba era fumar marihuana, beber whiski y navegar en su velero, ese Rat-Penat célebre en el puerto de Sagunto porque era domicilio perpetuo (no tenía otro), del estrambótico marino que cruzó el Atlántico y llegó desde Maracaibo tripulando aquel barquito de once metros de eslora, en cuyo mástil flameaban el estandarte y escudo del reino de Valencia.

También era aficionado a las mujeres, se cuenta. Antes de enviudar se había divorciado tres o cuatro veces de la misma esposa, la única que tuvo por las leyes de tierra firme. Por la ley del mar, algunas muchas salieron con él a navegar y regresaron bien navegadas. De eso se quejaba mi abuelo, que era un hombre muy mirado para estos asuntos. Y por ese mismo asunto se descojonaba mi padre, que también era mirado para lo suyo aunque con menos remilgos que su suegro.

Nada más regresar a España y atracar su barco y su vida en Sagunto, se llevó un disgusto tremendo. Salió publicado en todos los periódicos: su único hijo varón, mi primo José Antonio, había asesinado a su pareja (a la sazón un caballero bastante más mayor que él, tío carnal para más señas), y después se había suicidado, colgándose de una viga en la casita de la sierra madrileña donde ambos convivían desde tiempo atrás. Aquello sucedió en verano, recuerdo, y hasta octubre no tuvo oportunidad de presentarse en el juzgado que instruía el percance. Entonces se enteró de que los periodistas, como suele suceder, no se habían enterado bien de la noticia y la habían publicado al revés. Su hijo no fue asesino y suicida sino todo lo contrario, víctima de un depravado, enfermo mental y celoso de los de apuñalar por la espalda (literalmente). El País le dedicó unas cuantas informaciones a modo de compensación por el terrible daño moral que la estupidez de algún redactor(a) le había causado. Él se conformó y decidió no meterles ningún pleito. Se explicaba muy bien al respecto: "Mi hijo y mi cuñado eran un par de pervertidos, mejor no remover..."

Después vivió "la videta", los pocos años que le quedaban antes de enfermar y consumirse en el vaivén aletargante del Rat-Penat sobre las aguas mansas del puerto. Y más después la llamada telefónica y la noticia, esa de la que suelen decir los obituarios que "no por esperada resultó menos dolorosa": Se acabó. A navegar a otros mares.

Que fuera hermano de mi madre, mi tío de América, mi padrino de pila, es anécdota. Lo importante es hablar de él, hoy, aunque sea a palo seco. Para hablar bien ya habrá tiempo. De momento, se murió un hombre que era una gota de nada en los océanos de aquí y de allá que siempre quiso surcar, una persona cabal, entrañable, tarambana, chavista (tiene bemoles), mujeriego, apegado al mollate, solitario, maniático, desastrado a más no poder, defensor a ultranza de la costumbre de no usar calcetines ni calzoncillos, de caminar descalzo, de beber solo, por las noches, y dormir la curda sobre las costillas de su barco, ese claustro y aquellas aguas maternas que no abandonó hasta el final. Ese es el que se ha muerto, creo que para siempre.

Ya te digo: otro día hablaré bien de él.

viernes, 14 de septiembre de 2012

¿Quién va de mano?

Todos los países civilizados han afrontado sus crisis históricas con un esfuerzo continuado y en ocasiones admirable de superación nacional (pienso en los USA tras el crack del 29, en la Alemania de posguerra, la Francia de De Gaulle, la Italia del Compromiso Histórico...). En España no. Aquí, por tradición, rompemos la baraja. Parece claro que la crisis económica ya ha transcendido ese ámbito de los números contables y los porcentajes de desempleo para alcanzar categoría apabullante de crisis política, social, moral... Crisis institucional, estructural, del Estado y de la clase que lo dirige desde hace 40 años. Una situación en la que se agazapa cada vez más poderosa la crisis definitiva: la de la convivencia.

Ya veremos por dónde se rompe esta vez la baraja...

(Por cierto, con las cartas mal repartidas desde nuestra "ejemplar" Transición)

martes, 11 de septiembre de 2012

Se aburre el que puede

Aunque parezca extraño es cierto que mucha gente se aburre. No hay más que encender la televisión o conectarse a internet, o abrir un periódico, para constatar la cantidad de ciudadanos (y ciudadanas) que están aburridos con sus vidas y buscan continuo entretenimiento con urgencia un poco ludopática.  Aunque de inmediato surge la paradoja: los medios de evasión son todavía más aburridos que la realidad.

Y la perversidad de la paradoja retorcida: el método de diversión es casi siempre, ni más ni menos, la pura realidad, mucho más tediosa que cualquier representación o interpretación que de la misma pueda conjeturarse desde una opción digamos contemplativa. Hay casos pintorescos, agarraderas fugaces aunque bastante llamativas, no lo niego, como el asunto de la concejal erótica esa, o la restauración del Cristo borgiano, o la tristeza del futbolista y fenómenos similares. Pero lo real evidenciado, en carne cruda manifestado, resulta tedioso hasta el sopor. Antes dormía uno la siesta con los culebrones de TVE o las películas vespertinas de Antena3, que a los efectos eran inmejorables. Ahora el run-run de la somnolencia y obligatoria guitarrada, mientras se va haciendo la digestión, son los escándalos diarios de una sociedad que, de puro parecerse a sí misma, se ha vuelto más plasta que el código civil de Surinam. Y lo malo no es eso, sino que la gente, por no molestarse en buscar otros estímulos, se abona a la repetición cotidiana de la misma tabarra. Casi se agradecen efemérides como la de hoy, con la larga sombra del 11-S neoyorkino generando la posibilidad de alguna retórica novedosa (improbable pero imaginable), o los nacionalistas catalanes en la calle, que es su natural, haciendo lo de siempre: entretenerse con "lo suyo" y por pedir que no quede. Eso siempre da que hablar, algunos incluso se cabrean y, gracias, gracias... algo se entretienen. Oye, que todo el mundo tiene derecho...

Y que sí, que ya me he enterado de que Dueñas ha sacado nueva novela. Y que Bolinaga tiene cáncer . Y que Rajoy dijo ayer. Y de todo lo demás... Qué suplicio y qué aburrición de país.

En fin, siempre nos quedará como remedio extremo la siesta a palo seco, sin música de fondo.

Allá que vamos.

domingo, 9 de septiembre de 2012

Beatus ille, más o menos

Lo que verdaderamente tiene de bueno retirarse unos días al campo es que uno se entera sólo de lo que quiere. Ni siquiera lo que nos interesa tiene por qué interesarnos, y casi todo puede dejarse para "cuando volvamos"; o para nunca, esa nada gentilmente perpetua que es destino óptimo para la mayoría de los compromisos que nos atontan y la inmersa mayoría de la información que se cuela en casa sin pedir permiso.

En este último amago de no estar, creo que simulacro legítimo de felicidad virgiliana, sí me he enterado (porque he querido), de que dos amigos seguirán siéndolo para siempre... aunque ese siempre alcanza ahora la dimensión  literal y tan rotunda, muy desconcertante, que el morir pone a los asuntos de este mundo. Uno fue compañero de editorial (Ediciones B); en cierta ocasión agarramos una profundísima y muy literaria curda, discutiendo sobre el peluquín de un divo de la literatura que nunca publicó en las mismas editoriales que nosotros aunque estaba abonado a los saraos y canapés de todas. El otro fue compañero de periódico (IDEAL de Granada), y aunque nunca bebimos una copa juntos (para mí que era abstemio o casi), seguro que más de un tanganazo tuvo que tomarse más de un granadino fino para calmarse los nervios tras algunas "campañas" que sutilmente organizábamos en la prensa local.

Pero ya no están. Es lo que queda.

Por lo demás, he sido fiel al principio pascaliano de la desaparición (en el sentido difunto de Matías Pascal): no levantarme antes de las once, no discutir con nadie antes de las doce y tener la digestión hecha antes de acostarme. E intentar ser feliz o cosa que se le pareciera. Si he salido con bien del propósito, es asunto de importancia relativa. Aquí, como en el deporte de bajo nivel: intentarlo es lo que vale...

viernes, 31 de agosto de 2012

Los autores nuevos más antiguos del mundo

La editorial Menoscuarto acaba de publicar una antología de microrelatos bajo el título Mar de pirañas (uff...), en la cual se compila, a decir de los propios editores (y supongo que a criterio del antólogo),"una muestra plausible de la calidad y exigencia de estos nuevos nombres del microrrelato español". Pues vale.
Entre los nuevos nombres de este género que lleva veinte años poniéndose de moda hay algunos que, en efecto, son muy nuevos y no dudo que muy prometedores, ya valiosos por lo general, De otros no sé si son novedosos o veteranos porque, sinceramente, no me suenan de nada. Y otros... ¡Ay, Cristo de Borja! Otros antologados (mejor dicho, sus nombres en esta colección), confirman hasta la parodia aquello que proclamase en cierta ocasión Manuel Vázquez Montalbán con no pocas ganas de guasa: "Los escritores jóvenes españoles son los más viejos del mundo". Atentos a la muestra de voces emergentes en el género: Felipe Benítez Reyes, Fernando Iwasaki, Almudena Grandes, Andrés Neuman, Ángel Olgoso, Ignacio Martínez de Pisón, Carlos Castán, Eloy Tizón, Óscar Esquivias, Manuel Moyano, Hipólito García Navarro...

De los dichos, y cualquiera que me conozca lo sabe, hay algunos a los que admiro rendidamente y cuya amistad me honra y me ha alegrado la vida durante muchísimo tiempo. Y ese es el problema, claro: el muchísimo tiempo de trayectoria que les ha costado, al parecer, reunir méritos suficientes para "entrar" en esta antología. Nuevos, lo que se dice nuevos... son tan nuevos como Arturo Pérez Reverte escribiendo best-seller´s. Algunos, incluso, son bastante más veteranos. Y tampoco es nueva esa costumbre de "ajustar" antologías  y presentarlas a los lectores como el bizcocho de Ranmoneta, que quiso ser mona y se quedó en rosquilleta (entiéndase lo de "mona" por mona de Pascua). En fin, que si lo pretendido es publicar a nuevos autores de los que verdaderamente debería reunirse una antología, pero sus nombres son demasiado desconocidos y necesitan el apoyo de otros con sólida trayectoria... ¿Qué problema hay en decirlo y reconocerlo? ¿La verdad es molesta o inconveniente para los lectores? Yo creo que no, que al final la agradecen porque, A).-Se evita tomarlos por un hatajo de cándidos; y B).-Se les ofrece una información documentada, lo que siempre viene bien, bastante mejor desde luego que un delirio publicitario en el que creerá el que quisiere y por los motivos que que se le antojen. ¿Había mucho problema en llamar a estas Pirañas "Antología del microrelato español"?

Está visto que algunos editores y algunos expertos en la materia, si no meten la liebre en la gatera no son felices. A última hora, la pura realidad, dejémonos de bobadas: ¿Por qué lo llaman antología cuando su verdadera fábrica es "He levantado el teléfono y llamado a algunos conocidos para ver si hacemos un libro que se venda bien aunque, compréndelo, pagarte no te podemos pagar, si bien considera lo bien que te vas a sentir cuando tu nombre aparezca junto a los de... "?

Si es que no tienen remedio.

miércoles, 29 de agosto de 2012

Asumir, interpretar la ambigüedad de lo real

 Suele afirmase que por lo general los artistas están bastante locos, o medio locos, y la mayoría de las personas “normales” se muestran de acuerdo. Estrafalarios, caprichosos, inestables, vanidosos, neuróticos... La gente del arte, a menudo por méritos propios, ha ganado en el transcurso de los últimos siglos concluyente fama de pirados.

Lo cual no deja de ser un lugar común tan falso como todos los tópicos, una verdad a medias que zanja la cuestión y resuelve el problema por el método falaz de simplificarlo hasta convertirlo en parodia. Es un mecanismo muy humano y muy consonante con la ley de economía de esfuerzos cuando intentamos comprender el auténtico significado de cualquier fenómeno. No nos ponemos de acuerdo (pongamos por caso), en valorar a un personaje público, un político o alguien con influencia en la sociedad; pero todos coincidimos en reconocer su parodia, el esperpento de “la cosa” sobre la que nuestras opiniones divergen. Por ese motivo el discurso humorístico tiene aceptación universal, salvo casos extremos de intransigencia.

Sirva (o no sirva, por lo que pido disculpas) el anterior excurso para poner en activo la proposición de este artículo: la supuesta demencia o cuasilocura de muchos artistas reconocidos es una enorme falacia. La disertación delirante del alienado es estéril de raíz, no habla de otro asunto ni describe más evidencia que el propio desvarío y es inhábil para representar, mucho menos interpretar, cualquier realidad por poco compleja que sea. No es el caso de ningún artista contemporáneo, que se sepa.

Carlos Castilla del Pino afirmaba en El proceso de degradación de las estructuras delirantes (1957), que la locura supone, en lo básico, la incapacidad del sujeto para sumir, aceptar y vehiculizar racionalmente la ambigüedad propia de lo real. Por esa razón el delirio demente es siempre inambiguo, obsesionado por establecer referentes inalterables sobre una supuesta objetividad tiranizada por el prejuicio, perpetuamente bajo el férreo y “degradado” punto de vista de quien la caracteriza y le niega cualquier posibilidad de matización, gradación o indeterminación. Es el discurso enfermizo del esquizofrénico (“Como mi familia me odia, me he quedado sin trabajo”; “Como mi familia me odia, estoy sometido a una inspección fiscal”); del celoso compulsivo, del fanático de cualquier ideología, del perturbado que tiene dividido y estructurado el mundo en “buenos y malos” y achaca todo cuanto (le) ocurre a esa perversa maquinación que enfrenta fatalmente, sin tregua, a unos con otros. En definitiva, y por no extenderme: el discurso alienado es incompatible con la creación artística, por muy raros que nos parezcan muchos artistas, sus vidas y maneras de expresarse.

No siempre ha sido así, claro está. La excentricidad, incluso la psicopatía (el célebre malestar en la cultura), son rasgos característicos del artista/sujeto aparecido tras la consolidación de la burguesía como clase dominante, y su ideología como hegemónica, en las sociedades de occidente. En períodos anteriores de la historia, el artista era un a modo de “artífice” al servicio directo de los poderosos, mecenas, reyes, comerciantes. príncipes, dignidades eclesiásticas y, en definitiva, de quien pudiese pagar su talento. Su individualidad no contaba, no era relevante. Si sus vidas privadas resultaban inconvenientes, hacían todo lo posible por ocultarlas, camuflarlas o incluso falsificarlas mediante el uso de añagazas, seudónimos, heterónimos, etc. Apenas encontramos rasgos de verdadera excentricidad en artistas anteriores al siglo XVII en su fase final y principios del XVIII. Sólo algunos nombres apuntan en este sentido, cada cual por diferentes causas: El Bosco, Caravaggio, probablemente Shakespeare...

Es con el nacimiento y arraigo del pensamiento burgués y la reivindicación de la individualidad y libertad como elementos necesarios a la creación, cuando comienza a hacerse popular la imagen del creador artístico “bohemio”, un ser inadaptado, atrabiliario y con frecuencia víctima de serios padecimientos psicológicos. Y esto sucede, lógicamente, porque la libertad y exaltación de la individualidad implican enfrentar de inmediato la responsabilidad de analizar el sentido de cada existencia, cada acto, cada decisión. El ser humano deja de formar parte de un mecanismo armónico donde el Cielo dicta el destino y el Rey administra la voluntad divina. La libertad exige aceptación del caos como reto ante la voluntad racional. La afirmación de la individualidad conlleva el reconocimiento de la soledad en sus dos principales vertientes: la espiritual (libre el individuo de la sujeción colectiva/tribal a una creencia transcendente que es de obligado cumplimiento); y la radicalmente física, la soledad real que acompaña al ser humano desde el nacimiento a la muerte. De todo lo cual se deduce sin mucho esfuerzo que el temperamento artístico, siempre fluyendo y siempre indagando en aquellos ámbitos donde todas las preguntas tienen sentido y ninguna respuesta definitiva es posible, traslade su inquietud a los territorios del desasosiego. A esa locura, algunos autores la llaman “exceso de lucidez”.



Al respecto, en las últimas semanas he leído algunos artículos sobre el célebre cuadro El grito, de Munch, así como el libro que Fuensanta Niñirola dedica a la biografía del genial pintor (Munch. El alma pintada, 2012). Parece como si El grito fuese la conclusión, el último peldaño y gesto final de desesperación de un artista cuya existencia, desde la primera infancia, estuvo marcada por la enfermedad, la locura y la muerte.

La explicación más difundida sobre este cuadro es que Munch, al regreso de una de sus visitas al psiquiátrico donde estaba ingresada su hermana Laura, escuchó los alaridos que lanzaban los enfermos mentales al mismo tiempo que los procedentes de un matadero cercano. Con ser una interpretación verosímil y bastante fundamentada, mi opinión difiere en este punto.

El grito no llega desde el exterior, aterrorizando a la imagen antropomórfica que protagoniza el cuadro; el grito nace del interior de ese ser, descubierto a sí mismo en abismal soledad, mínimo, indefenso, arrollado por la aplastante potestad de un cosmos que lo contiene y al mismo tiempo lo aniquila.

Si la individualidad no tenía importancia en épocas medievales (sigue sin tenerla en algunas culturas contemporáneas, sobre todo en el ámbito de influencia del pensamiento oriental), tampoco es capaz de sobreponerse a su terrible, aterradora labilidad ante un universo del que tenemos lúcida conciencia y del que somos perfectamente prescindibles. Así explicaba el propio Munch la experiencia de la que surgiría el cuadro: “De repente el cielo se volvió de un rojo sanguinolento, y sentí un estremecimiento de tristeza. Un angustioso dolor me oprimía el pecho... Mis amigos siguieron caminando mientras yo me quedaba atrás, temblando, aterrorizado, y sentí el grito inmenso, infinito de la naturaleza”. Munch, en ese momento, acababa de descorrer todos los cerrojos de su espíritu para que en el mismo penetrase la implacable ambigüedad de lo real. El grito no es la obra de un hombre que pasó parte de su vida ingresado en sanatorios psiquiátricos, sino el testimonio de lucidez, de máxima cordura, del individuo que percibe y reconoce la soledad-escisión como condición esencial a la existencia humana.

Lo ambiguo y su aceptación, por tanto, parecen la única forma razonable de cordura. Quien anhele y suspire por una realidad inambigua de todo o nada, de blanco o negro, delirante en su pretensión sobre lo conveniente y lo improcedente, lo sano y lo pernicioso, puede acogerse al discurso más trabajado y extendido que conocemos al respecto: la política/fábula “de buenos y malos” formulada por los políticos que a veces nos merecemos. Eso sí es, con frecuencia, una auténtica locura.

martes, 28 de agosto de 2012

El joven Borges

¿Por qué los medios de comunicación y las editoriales siempre utilizan la imagen del Borges anciano? Esa expresión entre venerable y ladina, la facundia porteña amalgamada con la seriedad y el rigor británicos, la súbita brillantez de lo ingenioso y lo bellamente oscuro de lo trascendente, es el paisaje de fondo con que Borges edificó su leyenda. Al final consiguió lo que se proponía: convertirse en su mejor creación literaria. Ni siquiera se privó de la ceguera, último matiz imprescindible a quien hizo de su vida (o mejor dicho: su estar en la vida), un corto relato de visiones deslumbrantes y una larga relación de anécdotas y frases memorables. La obra de Borges sin el personaje Borges sustentándola tendría el mismo valor que la de cualquiera de sus queridos poetas bonaerenses de finales del XIX. La obra fascinante pero no definitiva de "un italiano que habla español y cree que es inglés".

lunes, 27 de agosto de 2012

Revolución: día y hora, por favor


Muchos de mis amigos en las redes sociales se han apuntado a la revolución por Internet, lo que me parece una actitud loable, muy coherente con la situación de injusticia y atropello que casi todos sufrimos y que unos definen como crisis económica y otros, más llanamente, como expolio de los más necesitados por parte del sistema financiero y una orgía de despilfarro organizada, administrada y disfrutada por la clase política más chusma de occidente; la cual, por desgracia, resulta ser la nuestra.

Que ya digo que me parece muy bien. Adherirse a la revolución social por tarifa plana es mejor que no hacer nada en absoluto, y además dice mucho a favor de los principios y sentimientos democráticos, humanitarios y solidarios de todos esos amigos a los que hago referencia. Aunque eso sí, un ruego muy encarecido tengo que hacerles: se coordinen y se pongan de acuerdo en dos cosas importantes, a saber...

-Quién es el sujeto revolucionario (clase social, colectivo o alianza estratégica) que convoca la gran y definitiva movilización. Abstenerse individualidades, la fase de mesianismo y culto a la personalidad ya la tengo superada.

-Cuándo empiezan las maniobras de verdad.

No es broma, lo juro por la salud de Fidel Castro. Tengo un lío importante en la cabeza sobre estos dos asuntos porque cada día recibo, literalmente, cientos de convocatorias, a  cuál más urgente, importante, decisiva... Y los voluntariosos promotores son tantos y tan dispares como disperso está el asunto. Desde el colectivo anti-taurino de Toledo a los parados de un pueblo de Huelva, desde una Huelga General de Consumo al boicot de las grandes empresas energéticas, de la marcha gordiliana por etapas en Andalucía Imparable a la reunión inmediata de una Asamblea Constituyente que redacte la bases ético-jurídicas de la nueva sociedad que emerge, y la toma del Parlamento, y la ocupación de latifundios, y que me dedique a mangar en el supermercado de la esquina ... En fin... Todos y todas llenan a diario mi correo electrónico, mi muro en facebook, mi perfil de google y mi cuenta de twitter con iniciativas solapadas unas a otras, en cantidad tan abundosa que si estuviera dispuesto a atenderlas en su completitud necesitaría al menos veinte clones y siete vidas para aproximarme al objetivo.

Un poco de orden y concierto, por favor. No creo que sea mucho pedir. Son cuestiones de método elementales: Si es necesaria una sociedad alternativa, cuál; si alguien convoca y solicita el apoyo de las masas para instaurarla, quién; si es perentorio hacerlo, cuándo.

Por lo demás, a disposición de la causa quedo. En cuanto me levante de la siesta, lleve a vacunar al perro (le toca veterinario y el pobre no tiene la culpa de nada... Me refiero al chucho), y acabe de ver los dos capítulos de Juego de Tronos que me quedan de la segunda temporada, me pongo a ello seriamente. Pero eso sí, por favor, y no quisiera parecer pesado: me digan si va en serio o si la idea es de las de espantar moscas con el rabo a falta de mejor entretenimiento cibernético.

Saludos y mucho ánimo, y a ver si de una vez cogemos la moto por el manillar. (No escribo "al toro por los cuernos" para no herir sensibilidades pro-derechos zoológicos).

domingo, 26 de agosto de 2012

Houellebecq, que mal nos caes

Michel Houellebecq se empeña en mostrar al individuo contemporáneo tal como parece ser: indigente emocional, egoísta y asustado. Los biempensantes no se lo perdonan.

Insensible, misántropo, islamófobo, racista, misógino… la personalidad y obra de Michel Houellebecq acumulan epítetos muy mal avenidos con el dogma y sabiduría PC (politically correct para los expertos en bien pensar); y cada vez que abre la boca o publica una novela se le vienen encima el séptimo de caballería, la guardia prusiana y la democrática policía del pensamiento. Sus lectores habituales, aunque muy numerosos en Francia y más benevolentes que sus críticos, tampoco lo adoran sin reservas. Michel Houellebecq posee la dudosa virtud de perturbar y, en líneas generales, hacer sentir mal a quienes lo consideran uno de sus escritores más o menos de referencia. No se puede ser tan frío, dicen. No se puede ser tan implacable, lúcido y exasperantemente imparcial respecto a la mugre de nuestra civilización (y encima tener éxito), sin ganarse enemigos a puñados. Admitámoslo: Es un tipo que cae mal.

La noche de cristales rotos que Houellebecq organizó contra sí mismo fue su novela Plataforma. Se atrevió a siluetear un personaje moralmente plano y sexualmente ávido que confunde el amor con el placer sin responsabilidad, el bienestar anímico con la indiferencia emocional y, cómo no, el éxito con el dinero. Y encima ese individuo (ya te digo, impresentable), tiene la osadía de embarcarse en una divertida relación carnal, probablemente amorosa y sin duda financiera, con una espléndida mujer que triunfa en el negocio de los viajes organizados gracias al principal atractivo de su agencia: el turismo sexual.

Sexo, turismo y feministas cabreadas

Michel Renault, el indolente protagonista de Plataforma, podría ser rotundo paradigma del nuevo ciudadano civilizado, por lo general sumiso aunque a veces en busca de algún sentido para su existencia, a ser posible algo de más estímulo que engordar en la granja de las clases medias europeas. Lo malo es que dichos alicientes fuera de la grisura cotidiana suelen inclinarse hacia el mismo norte: sexo grato y barato. El prototipo, si bien imitado por nuestros contemporáneos cuando se convierten en masa vacacional que rastrea placeres efímeros y furtivas transgresiones playeras, repugna a las gentes avezadas en probidad antropológica, desasosiega a muchos lectores e indigna a los militantes de la bondad universal. Es frecuente en estos casos echar la culpa al mensajero, y eso fue lo que sucedió con Houellebecq en cuanto sus novelas comenzaron a hacerse célebres. Tras la publicación de Plataforma (2001 en Francia, 2002 en España), Houellebecq fue inmediatamente incluido en el índice de los abucheados y se promulgaron bula y venia para execrarle.

Puritanos religiosos, notables izquierdistas y la élite del feminismo comme il faut consideran a Houellebecq un pornógrafo machista que hace apología del turismo sexual sin ninguna clase de escrúpulos. Incluso en algunas web’s se señala a Plataforma como una especie de guía soterrada para los aficionados a esta clase de esparcimientos, con la infamante acusación añadida (más bien sugerida), de pederastia y explotación sexual de los parias de la tierra. Y aprovechando que el argumento de Plataforma se cierra con un (literalmente) explosivo final, también los incondicionales del diálogo de civilizaciones tuvieron su motivo de queja: Houellebecq es un racista y un islamófobo porque en su novela ocurre algo tan insólito como que unos terroristas musulmanes hagan estallar una bomba.



Nuevas Fronteras, en la imaginación novelesca de Houellebecq, es una empresa de vacaciones organizadas que se dedica al entretenimiento más antiguo del mundo: visitar lugares nuevos y fornicar a demanda y sobre la marcha, tanto con los compañeros de viaje como con los lugareños. Es la excusa ideal (eximente casi completo) para desinhibir los entramados de culpa, pudor o timidez que pudieran turbar el ánimo de los clientes de Nuevas Fronteras. Estar de vacaciones y lejos del propio domicilio se propone como una audaz metáfora, simulacro de libertad que justifica la obsesiva pesquisa del placer. El trabajo, los horarios y responsabilidades cotidianas, aborrecidas por el buen ciudadano, representan por tanto a la negación de la autorrealización, un atisbo perpetuo de la muerte espiritual en que habitan las insignificantes piezas del mecanismo. La alternativa no poco irónica y en exceso cruel que traza Houellebecq nos devuelve una imagen deprimente sobre las aspiraciones superiores de estos desdichados individuos: las vacaciones pagadas y el sexo mercenario son la única vía para entretener la abulia moral, emocional y ambiental de sus vidas. El oficinista, el vendedor de coches, el ejecutivo de una fábrica de productos alimentarios… todos cuantos viven asfixiados por la mecánica del mercado, la cual se resume en la tríada maldita de "trabaja, consume y muere", sueñan con el radiante Thermidor que por lapso de dos semanas los liberará de su condena: viajar a Tailandia o Cuba, acostarse con una prostituta y sentirse libres por unos segundos, el tiempo preciso y valiosísimo que dura un orgasmo a precio módico.

Pero la realidad es tozuda y, a mayores inconvenientes, no está el mundo ni mucho menos el tercer mundo para alegrías tan llamativas. El hotel donde Michel Renault y sus amigos se alojan sufre un terrible atentado terrorista, perpetrado por una organización islámica que ve en las actividades de Nuevas Fronteras un intolerable insulto a las tradiciones, cultura y dignidad de su país y sus creencias ya de por sí montaraces. Todo acaba con una segunda y casi igualmente dañina explosión… de moralidad. Cuando se produce el atentado, las autoridades y organizaciones civiles de toda Europa apoyan sin reservas a las víctimas sobrevivientes y lloran a los fallecidos. Pero cuando se conocen los motivos del cazador, la conciencia escrupulosa del biempensar se revuelve contra Nuevas Fronteras, sus directivos, accionistas y clientes. Cada pecado tiene su castigo y el abochornante vicio del turismo sexual ha recibido lo que merece. En el fondo, quienes colocaron la bomba hacían un riguroso servicio a la causa de la integridad humanitaria, el decoro y respeto que deben estar presente en las (sic) “relaciones entre países soberanos y entre civilizaciones diferentes”. Houellebecq, como ven, no deja de hurgar en la herida hasta el final de la novela.

Criticar al Islam es reaccionario

Ningún escritor puede ser denunciado por lo que opine un personaje de ficción en una de sus novelas, de modo que los detractores de Houellebecq tuvieron que recurrir a la paciencia. No era suficiente manifestar reproche o desacuerdo con las ideas conductoras de sus novelas porque el pensamiento único jamás se conforma con la reprimenda ética; para ellos y ellas todo lo que no está admitido en su ideario es intrínsecamente malo, debe ser ilegal y, en consecuencia, denunciarse ante la autoridad y debatirse en los tribunales de justicia. La oportunidad para el moderno inquisidor llegó a raíz de una entrevista concedida por Houellebecq a la revista literaria Lire, publicada en septiembre de 2001. “La religión más estúpida del mundo es el Islam”, afirmó. Otra perla: “Cuando lees el Corán se te cae el alma a los pies». Los novelistas, por lo general, no están acostumbrados a contenerse cuando expresan sus ideas en ámbitos diferentes a la ficción, y esas plétoras verbales resuenan con frecuencia. Dicho de otro modo: son unos bocazas. Houellebecq no iba a ser la excepción ni, desde luego, la ideología dominante iba a perdonar aquel desenfado con que despachó sus desavenencias con el Islam.

Fue denunciado y llevado a juicio por varias agrupaciones islámicas y defensoras de los derechos humanos, acusado de “injuria racial” e “incitación al odio religioso“. El proceso y juicio, celebrado en París en octubre de 2002, provocaron un animado debate en la comunidad intelectual (como siempre, qué bien se lo pasan). El tema de la controversia es recurrente: la libertad de expresión y sus límites. Michel Houellebecq fue absuelto de todos los cargos. El tribunal argumentó en la sentencia que las críticas a la religión son perfectamente legítimas en un Estado laico. Tras aquel juicio, Houellebecq quedó en la misma situación en que estaba: venerado por sus incondicionales, entre la admiración y la inseguridad de la mayoría de sus lectores (a nadie le gusta reconocerse demasiado), y denostado como pornógrafo y misógino. Después del incidente islámico, otro tachón: racista sin remedio.



Las amenazas y la presión desatadas por sus afirmaciones sobre el Islam propiciaron que la esposa de Huoellebecq decidiera abandonarlo. Muy afectado, dejó Francia para “tomar aire por un tiempo“. Esa ausencia acabó por ser permanente. Desde aquel entonces reside alternativamente en Irlanda y España, donde escribió su novela La posibilidad de una isla. La publicación de esta obra, aún reciente el altercado con los islamistas, fue un largísimo compendio de intrigas editoriales y quizás también de pequeñas revanchas del autor contra los medios que lo habían asaeteado durante el proceso judicial. Todo ello levantó más suspicacia y malestar hacia Houellebecq (no sé si ha quedado claro: es un tipo que cae mal). En un país donde la literatura sigue siendo media religión, resulta inconcebible que un autor trate a determinados suplementos literarios como si fuesen paparazzi. Algunos críticos manifestaron su convicción, acaso queja, de que “Michel Houellebecq es un ferviente abonado al servicio de escándalos promocionales y además goza de una fiel tribu de adeptos en los medios de comunicación”. El historiador y tratadista Marc Fumaroli, autor de La Diplomatie de l’esprit (ensayo más vendido en Francia durante 2001 y 2002), planteaba la cuestión: “Acaso Houellebecq se ha convertido en el Harry Potter francés para adultos”. Otros sectores de la crítica, sin embargo, no amainan en su preferencia por el autor de Plataforma. Lo consideran “el escritor que mejor describe el sufrimiento ordinario y la frustración de los ciudadanos europeos que viven en una sociedad sin sentido e incapaz de compartir unos valores culturales petrificados” (Eduardo Febbro, 08/2005). En las novelas de Houellebecq la solidaridad es una broma; la soledad, el hedonismo y la violencia interior son características esenciales de la modernidad.

Más madera: Houellebecq también es plagiario

Cuando la iglesia y las iglesias, la izquierda sagrada y la derecha devota colocan a un autor en el poste de la infamia, sólo cabe un augurio para él: habrá bastones aunque no quede madera en el bosque. En esta línea preventiva y de anticipación, la nueva novela de Michel Houellebecq, La carte et le territoire, publicada en español en 2010, fue recibida por el diario El País (06/09/2010), con semejante escandaloso titular: "Acusado de plagio el escritor francés Michel Houellebecq". Cuando el azorado lector de noticias acude al meollo de la tremenda crónica, sucede lo que es propio a estos métodos de delicado linchamiento: todo lo que reluce, deslumbra… y detrás del potente foco cegador no hay nada.



¿Quién acusó a Houellebecq de plagiario? ¿Algún otro novelista? ¿Quizás El País? No por cierto. El País se hizo eco de una información aparecida en Slate.fr, revista digital francesa de la que Washington Post es propietario.

¿Y a quién ha plagiado entonces Michel Houellebecq? Pues, según la acreditada fuente, nada menos que… ¡A Wikipedia!

Slate.fr argumentaba (agárrense, vienen curvas), que Michel Houellebecq "ha copiado frases íntegras", algunas “palabra por palabra”, de la popular enciclopedia internáutica. Mas no cunda el pánico entre los escritores que alguna vez y para documentarse clicaron en dicha web de anónimos contenidos. Según fuentes de la propia Wikipedia, los textos se encuentran bajo licencia de Creative Commons, es decir: son de libre utilización. “Se trata de una banalidad editorial”, han declarado los responsables de la wiki francesa. Habrían agradecido a Houellebecq, sin embargo, que en su novela hubiese citado la fuente.

Difama, que algo queda

Los editores de La carte et le territoire (Flammarion), aclaran que Houellebecq, como cualquier otro autor, utiliza su material documental y lo vierte en “pequeñas citas que no son susceptibles de constituir plagio, lo que sería una acusación muy grave”. Seguramente los consolará aquel célebre aserto: “Si citas a cien autores, has escrito una tesis doctoral; si citas a uno solo, eres un plagiario”. Aún no se ha inventado el terrible descalificativo para aquellos que citan de tapadillo a Wikipedia.

Los animosos investigadores de El País, sin embargo, no pierden la esperanza de que Houellebecq caiga en la miseria moral y espiritual (y a ser posible material). Concluyen su acta acusatoria con una frase para las antologías del periodismo inteligente: “La persecución judicial, sin embargo, es complicada porque deberían iniciarla los autores de los textos supuestamente plagiados”. Ahí está el oro y el lodo del asunto, claro: localizar a los autores de Wikipedia, probar que efectivamente lo son y convencerles para que acudan a los tribunales. No obstante, queda la sutil sugerencia. Anímense los suministradores de contenidos de wikis y, como suele decirse en España, “átame esa mosca por el rabo”.

Y otro…

Lo de Houellebecq casi no tiene enmienda. Cuando uno cae mal, ya se sabe. Como el asunto de Wikipedia no se sostenía de puro ridículo, sus incansables perseguidores encontraron un asunto mucho más grave. Frotándose las manos recibieron la noticia: Michel Lévy, hermano de la presidente de un club de lectores de Houellebecq, denunció a los medios de comunicación que el título de su última novela, La carte et le territoire, lo había birlado el novelista de otra obra de ficción firmada por el mismo Lévy en 1999. Según éste, y considerando la relación de amistad entre Houellebecq y su hermana (no piensen mal, o háganlo, igual aciertan), “era imposible que no supiese que yo había publicado una novela con el mismo título diez años antes”.

Esto ya tiene otra pinta, debieron pensar los alguaciles del Santo Oficio. Una cosa es inspirarse en Wikipedia y otra muy otra fusilar el título de una novela. Todo el mundo sabe que a la hora del marketing un buen título es tan importante como un buen arranque argumental. Considerando la labilidad de estos tiempos tan horteras (en lo que a producción literaria se refiere, en los demás aspectos me dicen que son peores), el título y la portada son casi tan decisivos como el contenido de la obra.

“¡Dimos en el blanco! ¡Lo tenemos!”

Pues tampoco.

Resulta que el propio Michel Lévy, de tanto dar explicaciones sobre el asunto, hechó la red cazadora a su argumentario. Y resulta que el título de la novela (repetimos, La carte et le territoire), está tomado, tanto conceptual como morfológicamente, de un ensayo escrito por el psicólogo y lingüista Alfred Korzybski en los años 30 del siglo XX (última edición en Francia, 2007), titulado Une carte n’est pas le territoire. La frase y lo que implica la frase “un mapa no es el territorio”, enfrentada dialécticamente a su contraria, “el mapa es el territorio”, lleva dando juego en el apasionante mundo de la filosofía del lenguaje desde antes de que Wittgenstein conociese a Gustav Mahler. Por otra parte, voilá, la novela de Lévy es una autoedición que el mismo autor se encargó de imprimir y enviar a multitud de centros e instituciones, incluida la Biblioteca Nacional de Francia (la inmortalidad tira lo suyo). Houellebecq, en efecto, echó la vista al mapa de Korzybski y utilizó la celebérrima frase; el problema es que Lévy confunde el mapa con su territorio.

Para cuando estos últimos detalles sobre la originalidad del título de Michel Lévy fueron conocidos, de nuevo los periódicos españoles se habían cebado con Houellebecq. Esta vez no fue El País, sino su simétrico ABC. Con amplio despliegue documental, el periódico conservador reproducía una por una todas las pruebas aportadas por Lévy sobre el supuesto plagio. ABC no conocía el origen del título en debate, ni falta que hacía conforme a su propósito de disparar primero y preguntar después; consecuentemente, omitió el verdadero origen de la expresión “un mapa no es el territorio”. Si hay previa y firme voluntad de desacreditar sobran los detalles aunque la diferencia entre verdad y chismorreo sea, precisamente, una cuestión de detalles. Me parece que lo he escrito unos cuantos párrafos más arriba: Cuando la iglesia y las iglesias, la izquierda devota y la derecha sagrada colocan a un autor en el poste de la infamia…

El tercer beso

Como no hay daño que no apareje experiencia, ya sabía Houellebecq con qué sonrisa esperaban su novela, en España, los acérrimos vigilantes del espíritu unificador y los severos togados de la plurinulidad cultural. Aún no habían leído La carte et le territorie y ya dos veces acusaron de plagio a su autor. Les faltaba el tercer beso. Cuando la novela se tradujo a nuestro idioma, ¿por qué fechorías sería Houellebecq condenado?. Parece evidente que uno de los peores negocios que se pueden hacer en estos tiempos de crisis (y no me refiero a la economía), es caerle muy mal a ese gremio tan pintoresco, el de quienes por ahorrar esfuerzos inútiles encargan al sastre las vestiduras ya rasgadas.

Cierto, en Francia también hay autorizadas voces que critican a Houellebecq, sus novelas y opiniones, con indudable equidad, ajenas a la ira de los justos y el espíritu de vendetta ideológica. Algunos asertos del novelista sobre Stalin y el stalinismo son impagables, por ejemplo; al respecto sí es sencillo hacer sangre sin desmelenarse demasiado. Pero Francia no es España, los panoramas cultural y literario de ambos países son bien distintos y, sobre todo, Houellebecq no es un fenómeno editorial y mercadotécnico en la vieja Iberia al igual que en Francia. Aquí se le espera con la ceja levantada no porque tenga muchísimos lectores y sus novelas aventen polvaredas y enciendan polémicas. La España virtuosa está alerta contra Houellebecq no porque lo hayan leído, que no, sino porque alguien les ha contado que alguien que dice que lo ha leído ha dicho... ¡Bastante tenemos con lo nuestro para encima perder el tiempo con la prosa de un francés estrafalario, el cual, en el colmo de la extravagancia, no ha tenido mejor idea que afincarse en Almería! Primero, que le corten la cabeza; ya habrá tiempo para juzgarlo.

Nota.- En este artículo se ha citado siete veces a Wikipedia. Debería precisar y señalar con comillas en qué párrafos y sobre qué temas, pero se me antoja más entretenido para el avispado lector que él mismo lo descubra mediante el infalible e implacable sistema de ir escribiendo en la barra buscadora de Google. Lo cual hará quien así quisiere, faltaría más.