lunes, 27 de agosto de 2012

Revolución: día y hora, por favor


Muchos de mis amigos en las redes sociales se han apuntado a la revolución por Internet, lo que me parece una actitud loable, muy coherente con la situación de injusticia y atropello que casi todos sufrimos y que unos definen como crisis económica y otros, más llanamente, como expolio de los más necesitados por parte del sistema financiero y una orgía de despilfarro organizada, administrada y disfrutada por la clase política más chusma de occidente; la cual, por desgracia, resulta ser la nuestra.

Que ya digo que me parece muy bien. Adherirse a la revolución social por tarifa plana es mejor que no hacer nada en absoluto, y además dice mucho a favor de los principios y sentimientos democráticos, humanitarios y solidarios de todos esos amigos a los que hago referencia. Aunque eso sí, un ruego muy encarecido tengo que hacerles: se coordinen y se pongan de acuerdo en dos cosas importantes, a saber...

-Quién es el sujeto revolucionario (clase social, colectivo o alianza estratégica) que convoca la gran y definitiva movilización. Abstenerse individualidades, la fase de mesianismo y culto a la personalidad ya la tengo superada.

-Cuándo empiezan las maniobras de verdad.

No es broma, lo juro por la salud de Fidel Castro. Tengo un lío importante en la cabeza sobre estos dos asuntos porque cada día recibo, literalmente, cientos de convocatorias, a  cuál más urgente, importante, decisiva... Y los voluntariosos promotores son tantos y tan dispares como disperso está el asunto. Desde el colectivo anti-taurino de Toledo a los parados de un pueblo de Huelva, desde una Huelga General de Consumo al boicot de las grandes empresas energéticas, de la marcha gordiliana por etapas en Andalucía Imparable a la reunión inmediata de una Asamblea Constituyente que redacte la bases ético-jurídicas de la nueva sociedad que emerge, y la toma del Parlamento, y la ocupación de latifundios, y que me dedique a mangar en el supermercado de la esquina ... En fin... Todos y todas llenan a diario mi correo electrónico, mi muro en facebook, mi perfil de google y mi cuenta de twitter con iniciativas solapadas unas a otras, en cantidad tan abundosa que si estuviera dispuesto a atenderlas en su completitud necesitaría al menos veinte clones y siete vidas para aproximarme al objetivo.

Un poco de orden y concierto, por favor. No creo que sea mucho pedir. Son cuestiones de método elementales: Si es necesaria una sociedad alternativa, cuál; si alguien convoca y solicita el apoyo de las masas para instaurarla, quién; si es perentorio hacerlo, cuándo.

Por lo demás, a disposición de la causa quedo. En cuanto me levante de la siesta, lleve a vacunar al perro (le toca veterinario y el pobre no tiene la culpa de nada... Me refiero al chucho), y acabe de ver los dos capítulos de Juego de Tronos que me quedan de la segunda temporada, me pongo a ello seriamente. Pero eso sí, por favor, y no quisiera parecer pesado: me digan si va en serio o si la idea es de las de espantar moscas con el rabo a falta de mejor entretenimiento cibernético.

Saludos y mucho ánimo, y a ver si de una vez cogemos la moto por el manillar. (No escribo "al toro por los cuernos" para no herir sensibilidades pro-derechos zoológicos).

domingo, 26 de agosto de 2012

Houellebecq, que mal nos caes

Michel Houellebecq se empeña en mostrar al individuo contemporáneo tal como parece ser: indigente emocional, egoísta y asustado. Los biempensantes no se lo perdonan.

Insensible, misántropo, islamófobo, racista, misógino… la personalidad y obra de Michel Houellebecq acumulan epítetos muy mal avenidos con el dogma y sabiduría PC (politically correct para los expertos en bien pensar); y cada vez que abre la boca o publica una novela se le vienen encima el séptimo de caballería, la guardia prusiana y la democrática policía del pensamiento. Sus lectores habituales, aunque muy numerosos en Francia y más benevolentes que sus críticos, tampoco lo adoran sin reservas. Michel Houellebecq posee la dudosa virtud de perturbar y, en líneas generales, hacer sentir mal a quienes lo consideran uno de sus escritores más o menos de referencia. No se puede ser tan frío, dicen. No se puede ser tan implacable, lúcido y exasperantemente imparcial respecto a la mugre de nuestra civilización (y encima tener éxito), sin ganarse enemigos a puñados. Admitámoslo: Es un tipo que cae mal.

La noche de cristales rotos que Houellebecq organizó contra sí mismo fue su novela Plataforma. Se atrevió a siluetear un personaje moralmente plano y sexualmente ávido que confunde el amor con el placer sin responsabilidad, el bienestar anímico con la indiferencia emocional y, cómo no, el éxito con el dinero. Y encima ese individuo (ya te digo, impresentable), tiene la osadía de embarcarse en una divertida relación carnal, probablemente amorosa y sin duda financiera, con una espléndida mujer que triunfa en el negocio de los viajes organizados gracias al principal atractivo de su agencia: el turismo sexual.

Sexo, turismo y feministas cabreadas

Michel Renault, el indolente protagonista de Plataforma, podría ser rotundo paradigma del nuevo ciudadano civilizado, por lo general sumiso aunque a veces en busca de algún sentido para su existencia, a ser posible algo de más estímulo que engordar en la granja de las clases medias europeas. Lo malo es que dichos alicientes fuera de la grisura cotidiana suelen inclinarse hacia el mismo norte: sexo grato y barato. El prototipo, si bien imitado por nuestros contemporáneos cuando se convierten en masa vacacional que rastrea placeres efímeros y furtivas transgresiones playeras, repugna a las gentes avezadas en probidad antropológica, desasosiega a muchos lectores e indigna a los militantes de la bondad universal. Es frecuente en estos casos echar la culpa al mensajero, y eso fue lo que sucedió con Houellebecq en cuanto sus novelas comenzaron a hacerse célebres. Tras la publicación de Plataforma (2001 en Francia, 2002 en España), Houellebecq fue inmediatamente incluido en el índice de los abucheados y se promulgaron bula y venia para execrarle.

Puritanos religiosos, notables izquierdistas y la élite del feminismo comme il faut consideran a Houellebecq un pornógrafo machista que hace apología del turismo sexual sin ninguna clase de escrúpulos. Incluso en algunas web’s se señala a Plataforma como una especie de guía soterrada para los aficionados a esta clase de esparcimientos, con la infamante acusación añadida (más bien sugerida), de pederastia y explotación sexual de los parias de la tierra. Y aprovechando que el argumento de Plataforma se cierra con un (literalmente) explosivo final, también los incondicionales del diálogo de civilizaciones tuvieron su motivo de queja: Houellebecq es un racista y un islamófobo porque en su novela ocurre algo tan insólito como que unos terroristas musulmanes hagan estallar una bomba.



Nuevas Fronteras, en la imaginación novelesca de Houellebecq, es una empresa de vacaciones organizadas que se dedica al entretenimiento más antiguo del mundo: visitar lugares nuevos y fornicar a demanda y sobre la marcha, tanto con los compañeros de viaje como con los lugareños. Es la excusa ideal (eximente casi completo) para desinhibir los entramados de culpa, pudor o timidez que pudieran turbar el ánimo de los clientes de Nuevas Fronteras. Estar de vacaciones y lejos del propio domicilio se propone como una audaz metáfora, simulacro de libertad que justifica la obsesiva pesquisa del placer. El trabajo, los horarios y responsabilidades cotidianas, aborrecidas por el buen ciudadano, representan por tanto a la negación de la autorrealización, un atisbo perpetuo de la muerte espiritual en que habitan las insignificantes piezas del mecanismo. La alternativa no poco irónica y en exceso cruel que traza Houellebecq nos devuelve una imagen deprimente sobre las aspiraciones superiores de estos desdichados individuos: las vacaciones pagadas y el sexo mercenario son la única vía para entretener la abulia moral, emocional y ambiental de sus vidas. El oficinista, el vendedor de coches, el ejecutivo de una fábrica de productos alimentarios… todos cuantos viven asfixiados por la mecánica del mercado, la cual se resume en la tríada maldita de "trabaja, consume y muere", sueñan con el radiante Thermidor que por lapso de dos semanas los liberará de su condena: viajar a Tailandia o Cuba, acostarse con una prostituta y sentirse libres por unos segundos, el tiempo preciso y valiosísimo que dura un orgasmo a precio módico.

Pero la realidad es tozuda y, a mayores inconvenientes, no está el mundo ni mucho menos el tercer mundo para alegrías tan llamativas. El hotel donde Michel Renault y sus amigos se alojan sufre un terrible atentado terrorista, perpetrado por una organización islámica que ve en las actividades de Nuevas Fronteras un intolerable insulto a las tradiciones, cultura y dignidad de su país y sus creencias ya de por sí montaraces. Todo acaba con una segunda y casi igualmente dañina explosión… de moralidad. Cuando se produce el atentado, las autoridades y organizaciones civiles de toda Europa apoyan sin reservas a las víctimas sobrevivientes y lloran a los fallecidos. Pero cuando se conocen los motivos del cazador, la conciencia escrupulosa del biempensar se revuelve contra Nuevas Fronteras, sus directivos, accionistas y clientes. Cada pecado tiene su castigo y el abochornante vicio del turismo sexual ha recibido lo que merece. En el fondo, quienes colocaron la bomba hacían un riguroso servicio a la causa de la integridad humanitaria, el decoro y respeto que deben estar presente en las (sic) “relaciones entre países soberanos y entre civilizaciones diferentes”. Houellebecq, como ven, no deja de hurgar en la herida hasta el final de la novela.

Criticar al Islam es reaccionario

Ningún escritor puede ser denunciado por lo que opine un personaje de ficción en una de sus novelas, de modo que los detractores de Houellebecq tuvieron que recurrir a la paciencia. No era suficiente manifestar reproche o desacuerdo con las ideas conductoras de sus novelas porque el pensamiento único jamás se conforma con la reprimenda ética; para ellos y ellas todo lo que no está admitido en su ideario es intrínsecamente malo, debe ser ilegal y, en consecuencia, denunciarse ante la autoridad y debatirse en los tribunales de justicia. La oportunidad para el moderno inquisidor llegó a raíz de una entrevista concedida por Houellebecq a la revista literaria Lire, publicada en septiembre de 2001. “La religión más estúpida del mundo es el Islam”, afirmó. Otra perla: “Cuando lees el Corán se te cae el alma a los pies». Los novelistas, por lo general, no están acostumbrados a contenerse cuando expresan sus ideas en ámbitos diferentes a la ficción, y esas plétoras verbales resuenan con frecuencia. Dicho de otro modo: son unos bocazas. Houellebecq no iba a ser la excepción ni, desde luego, la ideología dominante iba a perdonar aquel desenfado con que despachó sus desavenencias con el Islam.

Fue denunciado y llevado a juicio por varias agrupaciones islámicas y defensoras de los derechos humanos, acusado de “injuria racial” e “incitación al odio religioso“. El proceso y juicio, celebrado en París en octubre de 2002, provocaron un animado debate en la comunidad intelectual (como siempre, qué bien se lo pasan). El tema de la controversia es recurrente: la libertad de expresión y sus límites. Michel Houellebecq fue absuelto de todos los cargos. El tribunal argumentó en la sentencia que las críticas a la religión son perfectamente legítimas en un Estado laico. Tras aquel juicio, Houellebecq quedó en la misma situación en que estaba: venerado por sus incondicionales, entre la admiración y la inseguridad de la mayoría de sus lectores (a nadie le gusta reconocerse demasiado), y denostado como pornógrafo y misógino. Después del incidente islámico, otro tachón: racista sin remedio.



Las amenazas y la presión desatadas por sus afirmaciones sobre el Islam propiciaron que la esposa de Huoellebecq decidiera abandonarlo. Muy afectado, dejó Francia para “tomar aire por un tiempo“. Esa ausencia acabó por ser permanente. Desde aquel entonces reside alternativamente en Irlanda y España, donde escribió su novela La posibilidad de una isla. La publicación de esta obra, aún reciente el altercado con los islamistas, fue un largísimo compendio de intrigas editoriales y quizás también de pequeñas revanchas del autor contra los medios que lo habían asaeteado durante el proceso judicial. Todo ello levantó más suspicacia y malestar hacia Houellebecq (no sé si ha quedado claro: es un tipo que cae mal). En un país donde la literatura sigue siendo media religión, resulta inconcebible que un autor trate a determinados suplementos literarios como si fuesen paparazzi. Algunos críticos manifestaron su convicción, acaso queja, de que “Michel Houellebecq es un ferviente abonado al servicio de escándalos promocionales y además goza de una fiel tribu de adeptos en los medios de comunicación”. El historiador y tratadista Marc Fumaroli, autor de La Diplomatie de l’esprit (ensayo más vendido en Francia durante 2001 y 2002), planteaba la cuestión: “Acaso Houellebecq se ha convertido en el Harry Potter francés para adultos”. Otros sectores de la crítica, sin embargo, no amainan en su preferencia por el autor de Plataforma. Lo consideran “el escritor que mejor describe el sufrimiento ordinario y la frustración de los ciudadanos europeos que viven en una sociedad sin sentido e incapaz de compartir unos valores culturales petrificados” (Eduardo Febbro, 08/2005). En las novelas de Houellebecq la solidaridad es una broma; la soledad, el hedonismo y la violencia interior son características esenciales de la modernidad.

Más madera: Houellebecq también es plagiario

Cuando la iglesia y las iglesias, la izquierda sagrada y la derecha devota colocan a un autor en el poste de la infamia, sólo cabe un augurio para él: habrá bastones aunque no quede madera en el bosque. En esta línea preventiva y de anticipación, la nueva novela de Michel Houellebecq, La carte et le territoire, publicada en español en 2010, fue recibida por el diario El País (06/09/2010), con semejante escandaloso titular: "Acusado de plagio el escritor francés Michel Houellebecq". Cuando el azorado lector de noticias acude al meollo de la tremenda crónica, sucede lo que es propio a estos métodos de delicado linchamiento: todo lo que reluce, deslumbra… y detrás del potente foco cegador no hay nada.



¿Quién acusó a Houellebecq de plagiario? ¿Algún otro novelista? ¿Quizás El País? No por cierto. El País se hizo eco de una información aparecida en Slate.fr, revista digital francesa de la que Washington Post es propietario.

¿Y a quién ha plagiado entonces Michel Houellebecq? Pues, según la acreditada fuente, nada menos que… ¡A Wikipedia!

Slate.fr argumentaba (agárrense, vienen curvas), que Michel Houellebecq "ha copiado frases íntegras", algunas “palabra por palabra”, de la popular enciclopedia internáutica. Mas no cunda el pánico entre los escritores que alguna vez y para documentarse clicaron en dicha web de anónimos contenidos. Según fuentes de la propia Wikipedia, los textos se encuentran bajo licencia de Creative Commons, es decir: son de libre utilización. “Se trata de una banalidad editorial”, han declarado los responsables de la wiki francesa. Habrían agradecido a Houellebecq, sin embargo, que en su novela hubiese citado la fuente.

Difama, que algo queda

Los editores de La carte et le territoire (Flammarion), aclaran que Houellebecq, como cualquier otro autor, utiliza su material documental y lo vierte en “pequeñas citas que no son susceptibles de constituir plagio, lo que sería una acusación muy grave”. Seguramente los consolará aquel célebre aserto: “Si citas a cien autores, has escrito una tesis doctoral; si citas a uno solo, eres un plagiario”. Aún no se ha inventado el terrible descalificativo para aquellos que citan de tapadillo a Wikipedia.

Los animosos investigadores de El País, sin embargo, no pierden la esperanza de que Houellebecq caiga en la miseria moral y espiritual (y a ser posible material). Concluyen su acta acusatoria con una frase para las antologías del periodismo inteligente: “La persecución judicial, sin embargo, es complicada porque deberían iniciarla los autores de los textos supuestamente plagiados”. Ahí está el oro y el lodo del asunto, claro: localizar a los autores de Wikipedia, probar que efectivamente lo son y convencerles para que acudan a los tribunales. No obstante, queda la sutil sugerencia. Anímense los suministradores de contenidos de wikis y, como suele decirse en España, “átame esa mosca por el rabo”.

Y otro…

Lo de Houellebecq casi no tiene enmienda. Cuando uno cae mal, ya se sabe. Como el asunto de Wikipedia no se sostenía de puro ridículo, sus incansables perseguidores encontraron un asunto mucho más grave. Frotándose las manos recibieron la noticia: Michel Lévy, hermano de la presidente de un club de lectores de Houellebecq, denunció a los medios de comunicación que el título de su última novela, La carte et le territoire, lo había birlado el novelista de otra obra de ficción firmada por el mismo Lévy en 1999. Según éste, y considerando la relación de amistad entre Houellebecq y su hermana (no piensen mal, o háganlo, igual aciertan), “era imposible que no supiese que yo había publicado una novela con el mismo título diez años antes”.

Esto ya tiene otra pinta, debieron pensar los alguaciles del Santo Oficio. Una cosa es inspirarse en Wikipedia y otra muy otra fusilar el título de una novela. Todo el mundo sabe que a la hora del marketing un buen título es tan importante como un buen arranque argumental. Considerando la labilidad de estos tiempos tan horteras (en lo que a producción literaria se refiere, en los demás aspectos me dicen que son peores), el título y la portada son casi tan decisivos como el contenido de la obra.

“¡Dimos en el blanco! ¡Lo tenemos!”

Pues tampoco.

Resulta que el propio Michel Lévy, de tanto dar explicaciones sobre el asunto, hechó la red cazadora a su argumentario. Y resulta que el título de la novela (repetimos, La carte et le territoire), está tomado, tanto conceptual como morfológicamente, de un ensayo escrito por el psicólogo y lingüista Alfred Korzybski en los años 30 del siglo XX (última edición en Francia, 2007), titulado Une carte n’est pas le territoire. La frase y lo que implica la frase “un mapa no es el territorio”, enfrentada dialécticamente a su contraria, “el mapa es el territorio”, lleva dando juego en el apasionante mundo de la filosofía del lenguaje desde antes de que Wittgenstein conociese a Gustav Mahler. Por otra parte, voilá, la novela de Lévy es una autoedición que el mismo autor se encargó de imprimir y enviar a multitud de centros e instituciones, incluida la Biblioteca Nacional de Francia (la inmortalidad tira lo suyo). Houellebecq, en efecto, echó la vista al mapa de Korzybski y utilizó la celebérrima frase; el problema es que Lévy confunde el mapa con su territorio.

Para cuando estos últimos detalles sobre la originalidad del título de Michel Lévy fueron conocidos, de nuevo los periódicos españoles se habían cebado con Houellebecq. Esta vez no fue El País, sino su simétrico ABC. Con amplio despliegue documental, el periódico conservador reproducía una por una todas las pruebas aportadas por Lévy sobre el supuesto plagio. ABC no conocía el origen del título en debate, ni falta que hacía conforme a su propósito de disparar primero y preguntar después; consecuentemente, omitió el verdadero origen de la expresión “un mapa no es el territorio”. Si hay previa y firme voluntad de desacreditar sobran los detalles aunque la diferencia entre verdad y chismorreo sea, precisamente, una cuestión de detalles. Me parece que lo he escrito unos cuantos párrafos más arriba: Cuando la iglesia y las iglesias, la izquierda devota y la derecha sagrada colocan a un autor en el poste de la infamia…

El tercer beso

Como no hay daño que no apareje experiencia, ya sabía Houellebecq con qué sonrisa esperaban su novela, en España, los acérrimos vigilantes del espíritu unificador y los severos togados de la plurinulidad cultural. Aún no habían leído La carte et le territorie y ya dos veces acusaron de plagio a su autor. Les faltaba el tercer beso. Cuando la novela se tradujo a nuestro idioma, ¿por qué fechorías sería Houellebecq condenado?. Parece evidente que uno de los peores negocios que se pueden hacer en estos tiempos de crisis (y no me refiero a la economía), es caerle muy mal a ese gremio tan pintoresco, el de quienes por ahorrar esfuerzos inútiles encargan al sastre las vestiduras ya rasgadas.

Cierto, en Francia también hay autorizadas voces que critican a Houellebecq, sus novelas y opiniones, con indudable equidad, ajenas a la ira de los justos y el espíritu de vendetta ideológica. Algunos asertos del novelista sobre Stalin y el stalinismo son impagables, por ejemplo; al respecto sí es sencillo hacer sangre sin desmelenarse demasiado. Pero Francia no es España, los panoramas cultural y literario de ambos países son bien distintos y, sobre todo, Houellebecq no es un fenómeno editorial y mercadotécnico en la vieja Iberia al igual que en Francia. Aquí se le espera con la ceja levantada no porque tenga muchísimos lectores y sus novelas aventen polvaredas y enciendan polémicas. La España virtuosa está alerta contra Houellebecq no porque lo hayan leído, que no, sino porque alguien les ha contado que alguien que dice que lo ha leído ha dicho... ¡Bastante tenemos con lo nuestro para encima perder el tiempo con la prosa de un francés estrafalario, el cual, en el colmo de la extravagancia, no ha tenido mejor idea que afincarse en Almería! Primero, que le corten la cabeza; ya habrá tiempo para juzgarlo.

Nota.- En este artículo se ha citado siete veces a Wikipedia. Debería precisar y señalar con comillas en qué párrafos y sobre qué temas, pero se me antoja más entretenido para el avispado lector que él mismo lo descubra mediante el infalible e implacable sistema de ir escribiendo en la barra buscadora de Google. Lo cual hará quien así quisiere, faltaría más.

sábado, 25 de agosto de 2012

Dolce fare niente

Tenía que haber hecho un montón de cosas esta mañana de sábado, pero la he dedicado a nada. Toda la pereza del verano se me ha acumulado de pronto: las horas de avión sin pegar ojo, las noches de escribir hasta las tantas y luego madrugar para que el perro no eche de menos su paseo matutino; las siestas perdidas (es un decir), de excursión por los alrededores en compañía de Sonia y de mis hijos, tan dispuestos siempre a caminatas (ellos) y a no cabecear a la hora de la digestión (Sonia).
Las tumbadas al sol que no he podido dedicarme a pesar de que la playa está a cinco minutos de casa, porque en este reino de los suevos si no llueve es porque va a llover; los libros que no he podido leer echado en el sofá, como si durmiera en la imaginación de otros y sus gozos y pesadillas fuesen mis sueños; los miles de kilómetros en coche (tal cual), entre La Coruña, León y Asturias que hemos recorrido en los vaivenes de la preboda, boda y postboda. Los anocheceres tardíos y los amaneceres en el aeropuerto, los bostezos de mañana y despejarme las neuronas a base de Cocacola sin azúcar, té rojo y chocolate negro... Todo ese cansancio acumulado ha llegado hoy, ataviado de nostalgia. La virtud de no hacer nada ha despertado... Y con qué benevolencia la he dejado entrar en mi habitación.

Mañana será domingo, y el lunes, seguro, otro día y otra semana. Hoy, lo dicho: nada. Lo dijo el sabio: a quien no hace nada no se le puede pedir más.

viernes, 24 de agosto de 2012

El cristo de Borja

Tampoco es que la imagen original del Cristo de Borja (muy deteriorada a más inri),  fuese la maravilla de las maravillas. Era un Ecce Homo normal y corriente, como todos los eccehomos que hay repartidos por las iglesias del planeta, con su barba al ascético desgaire, su apropiada expresión de dolor por los pecados del mundo y su corona de espinas colocada como debe ser. Vamos, lo que viene siendo un Ecce Homo estándar desde que la iconofilia se convirtió en Religión B del catolicismo.

El fallo de doña Cecilia, pobre, santa mujer, no ha sido malrepintar al famoso Ecce Homo, sino atreverse a ponerle cara de zambullo tirando a Paquirrín con paperas. Los incondicionales de una religión que adora ("rinde culto", dirían los pontífices), toda clase de imágenes y pinturas, que venera estatuas de palo vestidas con seda y oro y aliñadas con fina pedrería y joyas de mil y una noches, que reza a cientos de Vírgenes y a miles de santos, cada cual con soberana potestad ontológica representada en un objeto de adoración, no pueden perdonar a la restauradora del Cristo de Borja lo fundamental de su error: que lo haya hecho tan feo. La fe católica tiene once mil vírgenes, y las once mil, aparte de vírgenes, son guapas. No feas. Su Hijo, necesariamente, debe ser igualmente hermoso, no horroroso.

Cecilia, en sus cortas luces, buenamente y como Dios le dio a entender, acometió la piadosa tarea de restaurar el Cristo. Y lo dejó, en efecto, hecho un cristo. El escándalo no tiene que ver con la fe ni con la doctrina, sino con la estética. Lo cual, en el fondo, resulta alentador. Pues a fin de cuentas... No nos pongamos tiquismiquis y seamos sinceros: ¿Qué es la religión sino, en esencia, una delicada cuestión de estética?

jueves, 23 de agosto de 2012

No veo, no oigo... casi no hablo

No presto atención a los noticiarios de TV (total, lo que más me interesa es la predicción meteorológica, que nunca acierta ni tiene que ver con los nublos y frescos perennes de esta parte del mundo donde ahora habito); no escucho los informativos de la radio, no leo la prensa, ni digital ni en papel; cambio de canal si, zapea que zapea, encuentro una tertulia de esas en las que cuatro o cinco enteradillos hablan de la prima de riesgo. No sé ni me apetece saber sobre este circo. No puedo pasar ocho horas al día durmiendo y dieciséis atiborrándome de información indignada o indignante. Hasta el gorro estoy de la crisis, de los analistas de la crisis, de expertos en solucionar la crisis, de víctimas de la crisis, de movilizaciones contra la crisis, de salvapatrias y robinhood's anticrisis, de expropiadores de supermercados y caraduras que aprovechan la crisis para autorizarse moralmente después de haber chupado del bote durante lustros y décadas, exprimiendo con gusto los néctares del mismo sistema que hoy se desmorona. Que les den dos duros y se metan su crisis por donde no calienta el sol.


Dos cosas malas tiene esta crisis inacabable: la crisis en sí y la cantidad de demagogia, santurronería y estupidez que ha desatado, popularizando el berrido como expresión exquisita de malestar hacia el (des)orden del mundo. Los que hasta ayer eran esclavos felices de la libertad se levantan airados, investidos de razón y justicia, para denunciar el fiasco de un sistema que ya no les funciona. Y los mismos y las mismas que les vendieron el mejor de los mundos, les venden hoy el peor, y todos contentos. Lo importante no es solucionar los problemas sino tener razón. Porque toda esa gente (no imaginaba que fuesen tantos, la verdad), pueden vivir sin la paga de navidad, con el sueldo congelado, reducido... Incluso en el paro pueden resistir (les guste o no, no les queda otra); pero hay algo de lo que jamás estarán dispuestos a desprenderse: la pesunción de superioridad moral. Tremendo: los incondicionales del monovolumen y las vacaciones en Cancún se han reconvertido en guerrilla urbana. Tremendo, pueril y bastante risible. Con estos revolucionarios (el alcalde Gordillo a la cabeza, por favor), hermosa revolución nos espera.

Justamente es lo que les sobra: la fe estomacal en la justeza de su causa y los caprichos de su cabreo. Justo eso y nada más que eso es lo que nos entorpece a todos para empezar a superar el cataclismo, si es que fuese posible. Y si no, tan contentos, oye... Que a mí este naufragio me importa lo mismo que la letra del himno de Portugal.



lunes, 20 de agosto de 2012

A quien madruga...

Por motivos que sólo a Faramio y a mí interesan, esta mañana, a las 07'00, estaba en el aeropuerto de La Coruña. Para entretener la espera y en contra de mis convicciones he entrado en la tienda de quincallería para turistas donde se vende prensa del día y hay expuesta una porción significativa de novedades editoriales, del tipo best-seller.

La visita ha tenido algo bueno: su brevedad. Aunque también ha habido algo siniestro, tirando a sórdido, en esos minutos de abandono entre portadas de colorines con letras en relieve: el esplendor de lo deleznable bajo los focos aplastantes del aeropuerto. Uno traspasa el umbral de esa capilla dedicada al culto efímero del consumo zascandil, pone la vista en los títulos, lee alguna contraportada, se entera de que un bodrio de entretenimiento histórico, escrito por alguien que sabe manejar Word, lleva 4.000.000 de ejemplares vendidos "En todo el mundo" (eso dice la faja publicitaria, sin especificar en qué partes del ancho mundo se ha vendido semejante engendro); comprueba una vez más, otra vez, que el mercado editorial está en manos de una partida de desalmados y sale de allí pitando, jurándose no volver a poner los pies, nunca más, en caverna parecida ni en lo luminoso ni en lo lóbrego.

Faramio sabe que tarde o temprano quebrantaré mi propósito, pues el espíritu está presto pero las esperas en los aeropuertos son demasiado aburridas. Aburrido y con dolor de pies echaré otro vistazo a los éxitos del momento y fijaré la vista en otras portadas, otros colores, otros delirios del diseño y otros títulos que habrán reemplazado en cuestión de semanas a los arrolladores "pelotazos" del momento. Aunque, bien mirado, esa es la gran ventaja del negocio del best-seller: duran lo mismo que el ánimo de un viajero sonámbulo, a las siete de la mañana, para comprar un tocho de seiscientas páginas en las que caben seiscientas estupideces. Del mal, el menos.

domingo, 19 de agosto de 2012

Ya es septiembre

La verdad es que en el noroeste hemos tenido un verano como un banquete quevediano: sin principio ni fin. Y ahora todo queda en suspenso hasta septiembre (como en los tiempos estudiantiles).

Ha sido un verano de brumas, días frescos y noches frías, y de apetencia por la vida sobre todo; por las personas que componen en carne y hueso el único mapa posible de mi existencia.
Sonia tuvo la idea (no sé si del todo sensata), de contraer matrimonio conmigo el mes pasado.

Un viaje al Egeo, demasiado corto para nuestro gusto, fue la tregua que concedimos a las nubes de Finisterre y el clima seco y frigorífico de León. Durante ese viaje descubrí que aún soy capaz de manejar un scooter a toda potencia, aguantando los arrechuchos del viento que barría todos los caminos de la isla. Eso anima.

También me ha animado la visita de Julio, Manolo y Estefanía. Hemos visitado algunos lugares que les apetecía conocer y hemos ido a la playa, a tomar la sombra. Al final, lo que más les ha gustado de esta esquina del mundo es el clima. Pobres hijos míos, de regreso al calor almeriense... Espero que ellos me compadezcan cuando llegue el invierno.



Ahora, como ya es septiembre, toca trabajar un poco. Ayer me llegaron las galeradas de La Hermandad de la Nieve, casi dispuesta para salir a librerías en unas semanas. He tenido que aparcar el artículo que había empezado a escribir acerca de Munch, el alma pintada, de Fuensanta Niñirola, un libro que es un tratado sutil y muy ágil sobre el arte como manifestación espléndida, demoledora, del malestar humano; quizás del trastorno, porque hablamos de Munch y no de otro.



Por lo demás, Interregno ha llegado a la página 800, y lo que queda. Si la obsesión por una novela y las horas que se le dedican pudieran ponerse en valor... Pero no se puede. Aquí, lo que tiene precio es la etiqueta más IVA. Y lo que nunca podrá pagarse: lo rematadamente y felizmente cansado que me encuentro cada vez que termino una sesión de escritura. Ni falta que hace que nadie lo pague, ya se sabe: la devoción no es obligación. Pero con qué generosidad me retribuyo a mí mismo, y cómo me compensa cuando doy cuenta a Sonia de por dónde va el argumento y le anuncio: "Hoy no tengo noticias luctuosas que darte, no ha muerto nadie en la novela". Y ella sonríe con paciencia, esperando que acabe de redactar la última parte de la narración para leerla y ponerme todas las pegas que se le ocurran. Ni mi cansancio ni esa sonrisa tienen precio. Su valor es incalculable.

miércoles, 11 de julio de 2012

Un descanso

El próximo 27, si el tiempo no lo impide, Sonia y yo formalizaremos nuestro matrimonio en León. Por lo visto el trámite es inevitable si quiere uno cambiar de estado civil. Después nos ausentamos por breve temporada. Si alguien quiere algo del Egeo que lo diga, a tiempo está. Más luego habrá otra celebración de boda en la familia, y después recibimos a Manolo, Estefanía y Julio, que estarán un par de semanas en La Coruña.
La mejor forma de organizar los trajines del verano es abandonarse a ellos, lo tengo más que comprobado. Lo demás puede esperar. Como esperará este blog para ser actualizado. Cariño le tengo, y mucho... Pero lo primero es antes que lo segundo.
Hasta septiembre, poco poquito nada nuevo va a entrar en estas páginas. Bien lo siento.
Hala, a disfrutar de la vida.  

jueves, 5 de julio de 2012

El electricista calistillo

El electricista que birló el Códice Calixtino de la catedral de Santiago guardaba en el garaje de su casa, además de dos o tres libros más, un millón doscientos mil euros. El dato da que pensar. Tengo y he tenido a lo largo de mi vida miles de libros (no un único libro, ni varios libros); pero nunca he tenido y por el camino que llevo nunca tendré un millón doscientos mil euros.

Paradoja secular: la gente "de un sólo libro", suele acumular bastante más dinero y bienes terrenales que la gente de muchos libros. El que no se baja de la Biblia, el Corán, Mein Kampf o El Manifiesto Comunista, por lo general tiene bastante tiempo para dedicarlo a actividades lucrativas y juntar fortuna. El equivocado soy yo, desde luego. Debería haber seguido la tradición familiar y dedicarme a un oficio de luces en vez de volcar mi vida en este negocio de escribir y leer libros. Qué error.

Me lo decía mi abuelo y me lo decía mi padre: "No te fíes de la gente de un solo libro... Prefiere a los de muchos libros". ¿Estarían también equivocados? La incertidumbre me arrebata porque mi abuelo, el padre de mi padre, quien recomendaba recelar de la gente de un solo libro, era electricista. Un hombre extraño, sin duda: en su vida ganó un millón doscientos mil euros ni vio en junto un millón doscientas mil pesetas.

Perro mundo.

miércoles, 4 de julio de 2012

Un poema de Antonio Manilla

Bueno, hay días que regalan cosas...



Al cruzar una calle

Como si no existieran
la rutina indeleble, las deudas con la vida,
las tardes infumables, los fracasos comunes,
la muerte y sus vacíos
llenando el corazón.
Deja a un lado todo eso:
las fingidas pasiones, las pasiones vencidas
por los días iguales, la creencia en un mundo
imposible, los años y su herida,
la tristeza sin causa del ocaso.
Cuando la edad te incline a hacer balance,
al cruzar esa calle en la que sentirás
una tranquila predisposición
a ser feliz a toda costa, siempre,
piensa las veces que te ha detenido,
aunque llevases prisa, la luz de la mañana
estrenando las cosas, la rosa que creíste
nacida para ti, o la fugaz visión
-que durará una vida-
del cuerpo hermoso, aún indefinido,
que despertó el deseo.
Son todo lo que tienes.
Su breve intensidad las hace eternas.

Antonio Manilla
365  pájaros tiene el cielo
(Antología)
Antonio López. Gran Vía.

domingo, 1 de julio de 2012

Sábado, Domingo...

"En tiempos de crisis no hacer mudanza", rezaba Ignacio de Loyola y rezan los jesuitas. Me figuro que no se refieren a las mudanzas de camión y carraca que fulminan de vez en cuando la existencia de los buenos cristianos (y de los malos también). Aunque esas mudanzas de pecado también llevan aparejada su penitencia, sean los tiempos de crisis o de lo que fuera que hubiese antes de la crisis, una época ya olvidada, paraíso perdido al que seguramente nunca regresaremos.

Bueno, al grano, pues de lo que quiero hablar es de la penitencia al cambio de domicilio: la inevitable visita a Ikea. Horror de los horrores. Para empezar, hay una flecha en el suelo que indica permanentemente adónde tienes que ir. Y allá que van, vamos, todo el rebaño. Algunos individuos cargan bolsas amarillas a la espalda, ignoro con qué propósito aunque malicio que para nada bueno. Sigue que sigue la flechita, al fin da uno con lo que quiere comprar. Se detiene. Busca a un empleado de la casa, le manifiesta su propósito de convertirse en dueño de una mesa Höjhrengrum y el tío (perdón, el empleado), en lugar de venderla te da un lápiz y un papel. Cojonudo. En ese mismo instante se adquiere conciencia de que para comprar en Ikea es necesario un cursillo previo de capacitación, convertirse en vendedor, almacenista y transportista de uno mismo. Incluso parece recomendable trabajar un rato de cajero: tú haces la cuenta y tú te la cobras. Gran invento Ikea, el consumo liberado de culpa y excusas, adición pura como el juego solitario del ludópata ante la tragaperras: nadie te vende nada, nadie te cobra nada... Uno mismo es el único responsable de la mesa Höjhrengrum sobre la que ahora reposan la impresora, el teléfono, el módem y unos cuantos cacharros más. Portento: fui yo, lo hice yo y nadie más. Mea culpa y santas pascuas.

Segundo círculo en lo profundo dantesco: encontrar el coche en el párking. Por saber, sabíamos que estaba allí. ¿Pero dónde? Mejor no preguntar a nadie porque, no lo olvidemos: Ikea. Usted mismo. Los guarismos del ascensor (-3, -2, -1, 0, 1), se convierten en el último calvario; arriba, abajo, otra vez arriba de la nada. Y servidor empujando el carro con la mesa Höjhrengrum (lo que se supone que es la mesa Höjhrengrum desmontada y embalada), un salero de diseño que ocupa lo que una urna funeraria, dos velas aromáticas que huelen a frambuesa y vainilla, un perol con tapadera, cubertería de veinticuatro piezas, un cubo de plástico que alguna utilidad tendrá y dos alfombrillas que no me acuerdo para lo que sirven. Las compras ocuparon hora y media, entre dar con el objeto de nuestra necesidad, escribir y cumplimentar correctamente el formulario, buscar en el almacén, viajar hasta la caja y cobrarnos. Dar con el coche fue trabajo distinto y más laborioso, otra hora y media bastante más larga y mucho más angustiosa. Ya me veía como Tom Hanks en La terminal, atrapado en el absurdo y condenado a residir unos cuantos años en el párking de Ikea. Al final, venturosamente, Ignacio de Loyola intercedió por nosotros. Allende la sección P/1-22/A1 estaba el automóvil, tan amarillo como siempre, tan quietecito, como si no hubiese roto un plato en la vida...

Todo lo cual sucedió ayer, sábado. Hoy, domingo, me he despertado a las 12'15. Hacía muchos años que no amanecía a semejantes horas. Creo que voy a esperar otros tantos, calculo que aproximadamente medio siglo, para volver al parking maldito. Y a Ikea. Y a cualquier centro comercial que no se llame, por lo menos, "Ultramarinos Fernández", que esté cerca de casa y se pueda ir andando. Ese lujo, digo bien: an-dan-do. O sea: a pie. O sea caminando. Es decir: sin coche, amarillo o rojo ferrari que fuese.

viernes, 29 de junio de 2012

Vértigo

Ayer comí en La Coruña, cené en Valencia y dormí en un hotel muy céntrico, muy moderno y muy caluroso. Hoy he desayunado en Santiago, he estado de mudanza en Arteixo y esta noche dormimos en una casa que no es la casa donde vivíamos ayer. El viaje relámpago a Valencia para mantener un encuentro con el club de lectores del Colegio de Abogados (Los fantasmas del Retiro siguen dando guerra), ha ido a entrometerse en estos afanes más bien estresantes del cambio de domicilio.


La buena noticia es que ya podemos disfrutar de servicios tan básicos como Internet y telefonía fija (mis abuelos la tenían en los años 50 del siglo pasado; nosotros, hoy, en según qué lugares de Galicia, no podíamos). Lo malo de todo el trajín es que me encuentro agotado y un poco desorientado. La vida, a veces, da unos acelerones tremendos. Y uno, la verdad, a estas alturas disfruta más de la bicicleta que del turbodiésel.

Por lo demás, todo en orden. "Lo demás" es el perro, maldito bicho: se ha acostumbrado a nuestro nuevo apartamento antes que yo. Ahí lo tenemos, ronca que ronca, como un sultán en su harén de almohadas y bolitas de pienso. Como un perro-tortuga que llevase el caparazón por dentro. A veces me da envidia de él. Otras veces, también.

domingo, 24 de junio de 2012

Cuando San Juan sanjuanea


En Sevilla, un sanjuán es un zaguán; o mejor dicho: un zaguán se convierte en sanjuán por pareidolia fonética, cuando las zetas y las ces transmutan en eses y el fonema G toma prestada la hondura de la H andaluza. Y viceversa. Los sanjuanes de Sevilla tienen mosaicos de colores, se adornan con muchas macetas y los suelos siempre brillan porque siempre acaban de pasarles el mocho. El fenómeno es exclusivo de Sevilla, por supuesto.


En el resto de España y del mundo, un San Juan es un evangelista y un zaguán ni se sabe.

En el noroeste, por ejemplo, San Juan es noche de brujas más que de hogueras. Cuentan (contaba Cunqueiro en "De santos y milagros"), que la noche de San Juan del año mil y pico, los enanos de los bosques de Westfalia huyeron al mediodía de Francia porque un barón renano (¿?) quería cobrarles impuestos exorbitantes (no se sabe si por enanos, renanos o dueños de riquísimas minas en las que ocultaban doncellas dormidas); el barón, avaricioso, prendió hogueras por los caminos para avistar a los fugitivos, pero ellos burlaron el cerco agarrándose a las escobas volantes de las brujas de Sajonia, quienes iban camino de Carcasona para reunirse en asamblea y repartir con equidad las moscas, moscardas, tábanos y otros bichos zumbones que molestarían la siesta durante el alegre verano. Me parece una explicación sobre las hogueras de San Juan tan plausible como la del zaguán. El lío entre enanos, renanos, Westfalia, Sajonia y Renania ya es cosa de los antropólogos. Yo, ni entro ni salgo.


Anoche, en Arteixo (muy lejos de Westfalia), más que hogueras hubo humaredas. Los campesinos aprovechan la fiesta para quemar rastrojos sin llamar demasiado la atención (alguna multa se ahorran, seguro). Los petardos de la sanjuanada estallaron al unísono con los de la francesada futbolera (aquel 2 de mayo trajo este 2 a cero, dijo alguien arrebatado de patriotismo romántico, del de antes). Humo y pólvora, la ciudad desvanecida entre tinieblas, olor a campos ardiendo y bandadas de pájaros volando alto, sacados del nido a mitad de su noche, aterrorizados por el fuego y el estampido de los petardos. Seguro que toparon con más de una bruja sajona, desviada de su rumbo a Carcasona. El noroeste es lo que tiene: más que magia, hechicería. Como si el Apocalipsis sanjuanero se hubiese traducido al gallego antes que al latín.

lunes, 18 de junio de 2012

La vida del dromedario

Los dromedarios y otros bichos vegetarianos tienen un estómago complejo, en el caso de estos pseudorumiantes dividido en tres partes bien diferenciadas, algunos en cuatro, cada cual encargada de su precisa y delicada función y todo acorde al objetivo fundamental de estos animales: hacer una buena digestión. Su cerebro, por contra, es simple como el mecanismo de un sello. Se compone, a saber, de materia gris, masa neuronal y partes blandas, y todas ellas, en rudimentaria conjunción, sirven para cosas muy básicas: saber cuándo tienen hambre y sed y cuando les place irse de dromedarias.


El ser humano está mal hecho (en comparación con los rumiantes por lo menos). Nuestro estómago es un único y recio saco sin fondo en el que cabe casi todo lo que se le eche. Prueba de lo anterior es que hay gente que come tres o cuatro veces al mes en McDonald's y continua gozando de perfecta salud. El cerebro, por contra, lo tenemos fraccionado, más bien laminado en segmentos refinadísimos y, a qué negarlo, bastante vulnerables: el yo, el ego, el superyo, el subconsciente, el ego social, la mente físico/anatómica, el entramado neuronal, los conductores neuroquímicos... un cafarnaún con tendencia a averiarse cada dos por tres, proclive a las interferencias, sobre todo entre el yo consciente y el inconsciente. Con frecuencia un desastre. Y encima el mantenimiento es tremendamente oneroso: experiencia, sentimientos, emociones, pasiones, gozos y llantos, dolor y dicha, amores y decepciones, celos, envidias, euforia, cordura y delirio. Y ansiolíticos y antidepresivos. Una pasta gastamos a lo largo de la vida en ese órgano tan complicado, tirano y rumiante. Porque, eso sí: el muy cabrón rumia, como cualquier dromedario. Lo leí en otro día en un libro de psiquiatría (quizás fue en el prospecto de un fármaco, no recuerdo bien, la memoria es otro cigüeñal que había olvidado); "rumiación de ideas", decía el texto docto. O sea, que los humanos somos capaces de hacer la digestión de un cocido maragato pero necesitamos rumiar alguna que otra idea de vez en cuando. Chapuza.

Mal, muy mal hechos estamos. Y encima a ver quien se hace cargo de las reclamaciones. El maestro armero, me comentan, está de baja indefinida por depresión desde que Freud se hizo cargo del invento y le arruinó el negocio.

jueves, 14 de junio de 2012

Las buenas noticias

Últimamente las buenas noticias me las dan los amigos, como debe ser.

Decía quien lo decía, con su puntito de razón, que las buenas noticias no son noticia sino publicidad. Noticias, las malas. Por eso suele ocurrir que el modelo de "buena noticia" se reduce al ámbito de lo personal, prácticamente lo privado. Lo que sucede es que, con la que está cayendo ahí fuera, algunos intentamos hacer más grande nuestra casa y más pequeño el mundo. No sé si se me entiende. Más que una cuestión de dimensiones es una cuestión de magnitudes. El cumpleaños de mi hijo es muy importante; los 100.000.000 € rescatadores, por el contrario, tienden a importarme un pito.


Últimamente las buenas noticias me las dan los amigos de la mejor manera posible: libros. ¿Alguien es capaz de más?

El pasado sábado, tras una tarde deliciosa de café y conversación en el Macondo coruñés, Xosé Antonio López Silva, descubridor de los últimos inéditos de Cunqueiro, compilador y editor de los mismos, me obsequió este ejemplar de la obra.



Se abrió la espita y en tres días han caído tres certificados de correos. Conviene a saber:

Últimas mareas, de José Antonio Moreno Jurado

El canon heterodoxo, de Antonio Enrique

La tumba del monfí, de José María Pérez Zúñiga

Últimamente, mi buzón de la correspondencia es un arca redentora donde los amigos depositan su mensaje. La distancia es testigo de su cercanía.

Para gozarla. Me refiero a la vida, la amistad. La literatura.

viernes, 8 de junio de 2012

Lo natural

La química tiene mala prensa. Los productos naturales, en cambio, son el no va más de lo saludable y pispo. Lo natural

Por ejemplo, si a un individuo le da un infarto, lo natural es que se muera. A menos que concurran un montón de elementos antinaturales para salvarle la vida: una ambulancia que contamina por emisión de humos y ruidos (eso para empezar); después, descargas de desfibrilador, catéteres de adrenalina (más química, horror), bypass... todo muy poco natural.


"Lo natural", dice Orteguita siempre tan a la contra, "es que el cerebro humano y la capacidad de comprensión e interacción con la naturaleza evolucionen, aumenten nuestros conocimientos y posibilidades tecnológicas, seamos capaces de sublimar sustancias para convertirlas en componentes médico-terapéuticos activos...". Lo más natural del mundo es tomar un inductor al sueño para combatir el insomnio; porque, naturalmente, un montón de científicos, farmacéuticos y doctores que naturalmente se han pasado la vida aprendiendo y experimentando, han sido capaces de sintetizar sustancias que curan o, por lo menos, nos hacen la vida más llevadera. La valeriana está bien para probaturas, el "ahí queda eso" eco-ambiental, un lujo para cuando la gente está más o menos sana y quiere potenciar su sensación de bienestar con la certeza de que no lleva química en su cuerpo.

"Pero si somos pura química", dice Orteguita.

Tan cierto. Si la química fuese antinatural, no existiríamos. Y ni te digo de la física. ¿Qué pasa, que la gente volaba hasta que el sieso de Newton descubrió la ley de la gravedad ?

Ay, Señor, qué paciencia...

domingo, 3 de junio de 2012

El IBI de los curas

Continuo con mis inquietudes lógico-metafísicas.

Qué manía le ha entrado a los alcaldes del PSOE e IU (y algunos otros que tiran más o menos al monte), de que la iglesia católica pague el IBI de los edificios de su propiedad. No es que me parezca mal, pero me parecería mucho mejor si todos se aplicasen la misma exigencia.


Los partidos políticos no pagan este impuesto municipal. Ni los sindicatos. Ni las mezquitas ni las sinagogas ni las iglesias ortodoxas ni las protestantes ni las budistas. Ninguna. Ni las federaciones deportivas. Ni las ochocientas cuarenta mil organizaciones benéficas (ejem) que viven de las subvenciones del Estado (ejem). Ni el mismo Estado, claro. Aunque el Estado es de todos y sería un contrasentido que se pagase impuestos a sí mismo. (Lo de "el Estado es de todos" tómenlo como una metáfora; ciertamente es de todos, aunque de unos es más que de otros).

De todo lo anterior, ningún alcalde trabuquero de esos que claman por el IBI de los curas dice una palabra. Como decía Sarita Montiel en su célebre cuplé: "Pero eso lo callas, haces bien porque es cosa de hombres y tú no eres eso".

Nunca he sido muy católico, la verdad, pero me entra una simpatía inmensa por la iglesia de Roma cuando imagino a doña Leire Pajín hablando por teléfono desde alguno de los despachos que ocupa (sin pagar IBI), exigiendo a un comedor social de Cáritas que pague el IBI. Lo de "justicia pero no por mi casa", especialidad ética de nuestras clases dirigentes, es un discurso que ya apesta. Entre creer en el misterio de la Santísima Trinidad o en Leire Pajín, asemejados y asemejadas, un servidor, si es necesario, vuelve a vestirse de marinerito y hace la segunda comunión. No te jode.

jueves, 31 de mayo de 2012

Dios existe

Demostrado empíricamente. No sé si la divinidad habita en vagos ámbitos celestiales, se licua unificada hasta el último átomo de la realidad sentiente (manifestada o no), o vive opípara y pomposa en cada uno de nuestros espíritus como partícula elemental, personalizada, del todo indiferenciado en el que laten omnímodos la razón del ser y la potestad de la conciencia. Ni lo sé ni ahora mismo importa mucho.


Lo que sí sé, con casi plena seguridad, es que una realidad no determinada por las cualidades de lo divino sería incapaz de generar, de ninguna de las maneras, el flan de chocolate con el que Sonia ha bendecido hoy el desayuno. Si la experiencia sensorial transciende hasta lo místico y el apabullante sabor de un dulce nos hace pensar en la inmortalidad de las almas (el alma de quien ofrece el postre, el alma de quien lo gusta), será por algo, digo yo. No han evolucionado el sentimiento, las emociones y la sabiduría humanas hasta el punto exacto del flan de chocolate para nada, en vano. La posibilidad de rehacer el universo a partir de muestras mínimas, más bien gloriosas, de sabor intraducible a otros términos que no contengan lo ultramundano como esencia, es la sexta vía que Tomás de Aquino no investigó, para su desgracia. Seguramente, porque en sus tiempos la repostería apenas estaba inventada.

Si Santo Tomás hubiese llegado a sospechar que Dios habita en las últimas partículas de caramelo y chocolate que glorifican un molde casero, se habría ahorrado muchas páginas de árida metafísica. Con salir al mundo flan en mano y provisto de cucharas para la degustación, habría convencido al vulgo y al clero, a los príncipes y reyes de este mundo de que, efectivamente, Dios existe.

martes, 29 de mayo de 2012

Apocalíptico estoy (y eso que he comido)

Una detrás de otra. El hundimiento de Bankia ha colocado una vez más la economía española al borde del precipicio. El rescate de esa entidad con cantidades obscenas de dinero público es ya anécdota. Que uno de los consejeros del monipodio se haya autoconcedido una indemnización de catorce millones de euros por abandonar su cargo, resulta un epígrafe más en el largo capítulo de una novelucha barata que podría titularse: “Crónica amenísima del saqueo de España”. Nadie dice nada, nadie levanta la voz en el Congreso, nadie reacciona en el gobierno de “esta gran nación”.

Iba a escribir también que “nadie se indigna”. Pero sí hay indignados, conciencia coral de la crisis (más que crisis, abordaje al Estado y devastación de la sociedad civil). Los indignados tienen voz y voto (en las urnas), pero no alternativa. Casi todas las alternativas posibles (aunque ninguna deseable) son partidos más conocidos que el viejo tango de Discépolo, “Cambalache”. La verdad es que no hay alternativa dentro del actual sistema. Salir a la intemperie en busca de aventuras a cara o cruz, también es idea majadera. Regenerar nuestra democracia (con perdón por lo de “democracia”), no es imposible; sólo es casi imposible.

El movimiento de los indignados, al asumir la representación bulliciosa de una conciencia social alterada y hasta cierto punto beligerante, pero sin señalar modelos concretos y alternativas eficientes, ejerce en la práctica como elemento amortiguador de la crisis global (no sólo económica) que padecemos. La ciudadanía se sabe esquilmada y burlada, mas existe una expresión común del malestar, a modo de compensación moral, y también hay quien asume la función de representar públicamente dicho malestar. Todo muy catártico y muy inútil. La dignidad queda a salvo y nos vemos, entre melancólicos y complacidos, en la de "honra sin barcos". Nos engañan, pero sabemos que nos engañan. Nos toman por imbéciles, pero sabemos que ni somos tontos ni se nos puede tomar el pelo sin que nos demos por aludidos. Lo dijo Winston Churchill en cierta memorable ocasión: “Un caballero sabe perfectamente cuándo está obligado a dejarse engañar”.

Sencillamente: les dejamos que hagan lo que quieran porque no queda otro remedio, de momento. Cuando llegue el día en que la situación y sus circunstancias nos obliguen a contemplar la realidad sin el consuelo de las plazas ocupadas por los perros y las flautas, la solución de “a grandes males” no será del gusto de nadie. Sucederá entonces lo de siempre: demasiado tarde para imaginar otra salida. La democracia habrá dejado de tener sentido, definitivamente.

sábado, 26 de mayo de 2012

Granada, Granada...

Sólo hay una cosa peor que un dictador: el iluminado (o el sinvergüenza) convencido de ser dueño de la democracia, con derecho a administrarla conforme a su criterio inapelable. Y los demás que se jodan.

Lo que ha sucedido en Granada, con la aprobación del nuevo reglamento orgánico municipal no es "un golpe de Estado", tal como critican los grupos de la oposición. Ya quisiera más de un integrante del gobierno municipal estar en condiciones de beneficiarse de un auténtico golpe de Estado.


Lo que ha sucedido en Granada es la culminación de un largo proceso de endiosamiento e impunidad. Es un crimen de lesa patria, un delito contra el ordenamiento democrático de nuestra sociedad. Una canallada sólo concebible en mentalidades estragadas por la soberbia, el desprecio a las minorías y la presunción de durabilidad indefinida en el mangoneo de los negocios públicos.

La concejal Mayte Olalla y su partido, UPyD, llevan años insistiendo en que el gran problema que late de fondo en España (y en Granada, claro) no es puramente económico sino, ante todo, político: la degradación de los valores democráticos y su apropiación por elementos que sólo creen en la democracia cuando ésta significa todo lo que ellos ansían: privilegios, poder y dinero.

Puede que a partir de hoy, a la vista de esta felonía, muchos empiecen a tomar en serio la necesidad de la regeneración democrática de nuestra sociedad.

El actual equipo de gobierno municipal de Granada ha dado una muestra brutal de hasta qué extremos de tiranía, desfachatez y ultraje a la voluntad popular pueden llegar nuestros dirigentes políticos.

Lo pagarán en las urnas. A lo mejor, dentro de tres años son ellos quienes tienen dificultades para formar grupo municipal.

jueves, 24 de mayo de 2012

¡Habló el castellano!

Total, que voy por la contorna del río paseando al perro y el puñetero perro se pone a hacer en el césped lo mejor que sabe aparte de comer; y estando el animalejo en la maniobra escucho el vozarrón de un gallego hiperbólico, frondoso de habla, desaforado de aspecto y esmeradamente ágil en denuestos propios de este grande reino. Para entendernos: un gallego que parece recién escapado de cualquier libro de Cunqueiro. El cual individuo (notable persona sin duda), lanza al desgaire semejante comentario:

-Los señores de ciudad traen sus perros para que se caguen en este pueblo.

Como estaba de buen humor y súbitamente me he puesto de mal humor, mi respuesta ha sido rápida y, la verdad, demasiado contundente. Avasalladora, sin intención de avasallar a nadie. Aunque, como era de esperar, el hombre ni se ha inmutado mientras soltaba mi discurso. Y al concluir la soflama, me ha contestado con toda su retranca:

-¡Habló el castellano!

La madre que lo parió. Aún estoy dándole vueltas a la cabeza, pensando qué responderle.

Debería de haber una ley que prohíba a los personajes de Cunqueiro ir sueltos por el mundo, estropeando el rumor de cosquillas en el espíritu con que los dueños de los perros se solazan mientras pasean por la contorna del río. Mientras los perros defecan sobre la acogedora hierba de este grande reino.

sábado, 19 de mayo de 2012

Las campanas

Ayer escudé las campanas de la iglesia tocando a muerto. Es la primera vez que suenan (la primera vez que las oigo), desde que vivimos en el extremo noroeste. Recuerdo que hace un montón de años, tantos tantísimos que servidor aún no había cumplido los veinticinco de su edad, llegando a Mondoñedo me impresionó lo pequeño, recoleto y muy sobrio en mármoles de un cementerio a la orilla de la carretera. Se me ocurrió comentar en voz alta: “Qué pequeño y qué bonito!. Uno de mis acompañantes en aquel viaje, paisano de la zona, se ajustó la boina por la parte de la coronilla y respondió: “Es que aquí la gente muere poco”.

Podría ser verdad. Uno está acostumbrado a los cementerios andaluces, inmensos, blanqueando bajo el sol las sepulturas igual que bajo tierra blanquean (digo yo que blanquearán), los huesos de los difuntos. Y estaba acostumbrado al toque de funeral repetido tres o cuatro veces al día desde los solemnes campanarios de Carmona. También puede ser que aquí muera menos gente porque hay menos población. Los cementerios pueden permitirse el lujo de ser mínimos como un jardín familiar. En Andalucía suelen ser enormes, como plazas de toros o campos de fútbol. Sea cual fuere la explicación del portento, una ventaja decisiva encuentro a la parquedad en misas y tañidos de difuntos: precisamente, el valor de la excepción. El concierto en Carmona era diario y desde hace mucho tiempo no prestaba atención al quejido del bronce. Ahora, la música de campanas es algo raro, como raro nos parece morir por el simple motivo de que nunca lo hemos hecho. Tiempo habrá para acostumbrarse al tañido y al silencio.

lunes, 14 de mayo de 2012

Diario de invierno

Hay novelistas que se dedican a contarnos su vida en cada nuevo título que publican. Otros lo hacen de golpe. Hay otros incluso (bastante más considerados), que lo hacen por etapas y además tienen la elegancia de separar en la reseña bibliográfica de su obra lo que es ficción de lo que propiamente son “batallitas”. Paul Auster pertenece a esta última clase de autores (La invención de la soledad, A salto de mata...), lo que el lector de Diario de invierno agradece mucho. Desde el primer momento sabemos qué clase de libro tenemos entre manos y desde qué perspectiva nos acercamos a él. Aclaradas las condiciones del acuerdo, el pacto lector/autor que siempre ha de establecerse en un principio para otorgar a la narración los requisitos de verosimilitud necesarios, nos encontraremos en condiciones de disfrutar con estas memorias de un hombre que ha vivido y que a los 64 años de edad declara oficialmente haber entrado en el invierno de su existencia.Lo que más me ha llamado la atención de Diario de invierno es que la novela (autobiografía de los últimos diez años de Auster), a pesar de estar escrita por un autor norteamericano no resulta un compendio obsesivo sobre sexo: el que ha tenido, el que no tuvo, el que quiso tener, el que detestó tener... Ni siquiera hay una referencia demasiado detallada a los consabidos fracasos sentimentales, recurrentes en cualquier allegado del gremio: divorcios, infidelidades, abandonos, etc. Auster se presenta en este sentido como una persona bastante normal, con sus más y sus menos en los años de mocedad (como todo el mundo, vaya), y con la envidiable estabilidad emocional que confieren treinta años de matrimonio (todo un record), con una mujer encantadora, comprensiva y desde luego muy atractiva. Motivos por los que sigue enamorado de ella.

Lo demás en Diario de invierno y en la vida de Auster no es normal. Es divertido, en el sentido en que Cortázar hablaba de ello: “Lo divertido no es lo contrario a lo serio, sino a lo aburrido”; como divertida es, perfecta, mayúscula y demoledora la historia del gran amor de juventud, aquella adolescente bellísima e inalcanzable que tuvo torturado al autor durante años y años. Finalmente, ya casi metido en la treintena, consiguió los favores de la maravillosa dama. Pensó Auster (de ilusión también se vive), que era el inicio de una arrasadora pasión: el gran amor de su vida. Mas hete aquí que a los pocos días de haber yacido con la señorita, nuestro candoroso novelista padeció los rigores extremos de una gonorrea espantosa y, para colmo, unas ágiles ladillas, muy carnívoras y muy voraces. La gran decepción marca su ley y el lector ríe como ríe Auster. La idealizada mujer, la sombra de su deseo, aquella cuya mirada buscaba ansioso en los ojos de todas las hembras que conoció durante años, resultó ser una golfilla promiscua y bastante guarra. Estas cosas, a veces, les suceden a los escritores. A los poetas, casi siempre.

Otro elemento que recorre la novela y que la hace amenísima: la pequeña venganza (no mezquina, pero un poco aviesa), de comprobar lo que uno siempre ha sospechado: Auster es un neurótico de marca mayor. Como dirían en mi barrio: “un maniático con carnet”. A partir de la muerte de su madre, ocurrida cuando Auster había entrado en la cincuentena, la vida del novelista se convierte en un gólgota de crisis de ansiedad, ataques de pánico, accidentes domésticos, desastres automovilísticos, depresiones, períodos estuporosos... Por fortuna, la neurosis hipocondríaca de Auster es productiva. No se comporta como el típico depresivo coñazo sino como una persona lúcida, muy capaz de convertir su experiencia oscura en brillante narración de cómo puede un ser humano trasladarse frenético del abatimiento a la euforia, de la ira a la culpa, del whisky a la resaca, sin convertirse en alguien insoportable para él mismo y para los demás. Al final, redimido por el amor de su esposa y los sólidos vínculos sentimentales de su familia (ya dije que era un tipo bastante normal), encontramos la liberadora aceptación. “He entrado en el invierno de mi vida”, culmina la novela. Y no hay más tragedia. Hay literatura, conocimiento y emoción. Todos los ingredientes obligatorios para un buen libro. Magnífico ejemplo de memorias sin engolamiento ni presuntuosidad. Un hombre normal nos habla de su neurótica normalidad con una prosa espléndida. ¡Y apenas hay sexo! ¿Qué más puede pedirse?

miércoles, 9 de mayo de 2012

O florido pénsil

Hace unos días encontré en el centro cívico de Arteixo un ejemplar de Paraíso, revista de actualidad cultural editada por la Xunta de Galicia. El número corresponde a marzo de 2012. La portada y el reportaje principal de interior están dedicados al estreno en lengua gallega de la adaptación teatral de El florido pensil, obra que todos conocemos igual que a su autor (y a quien no sepa quién es Andrés, ni merece la pena explicárselo ni tampoco enterarle de lo que se pierde).

Han pasado dieciséis años y El florido pensil continua siendo libro de referencia en librerías, estrenándose en los escenarios y marcando el "tono máximo" del género inaugurado por Andrés Sopeña, el cual versaba más o menos sobre la educación durante los años del franquismo. La cantidad de opúsculos, ensayos en tono humorístico, reediciones de libros de texto de la época, rancios manuales de urbanismo y otras joyas bibliográficas de aquellos tiempos fue inmensa. De lo que fue moda ha quedado justamente y solamente la obra inaugural, que es sustancia. Y esa virtud de permanencia tiene una sola explicación: talento.

El ingenio y el sentido de la oportunidad dan para dos o tres semanas en la lista de "más vendidos". El talento es otra cosa. Como diría don Ricardo Gullón: "No es que dure mucho, es que nunca se extingue".

viernes, 4 de mayo de 2012

Periodistas... A buenas horas

Ahora que la prensa escrita está herida de muerte por la pujanza de los medios digitales, cuando la profesión periodística se encuentra condenada a la marginalidad laboral o directamente la extinción... Ahora se movilizan.


Hace veinte años, en las redacciones de los periódicos, se apartaba galanamente a redactores "viejos", antiguos empleados con nómina decente, para cubrir su puesto con dos o tres becarios, de los cuales uno lo hacía gratis y los otros por veinte mil pesetas al mes. Los nuevos infraempleados no podían perder aquella magnífica oportunidad  de engordar sus currículos, claro. Se empieza de becario/a y se acaba siendo redactor jefe. O se lo pasa uno de maravilla al tiempo que aprende una profesión de futuro, tal como se demostraba en la famosa y pinturera serie de TV protagonizada por José Coronado, Alicia Borrachero y Alex Angulo. ¿La recuerdan? Sí, hombre: se titulaba Periodistas.

Eso sucedía hace veinte años. Y nadie se movilizaba ante aquellos estragos. No era tiempo de movilizaciones sino de hacer méritos y estar atentos a la oportunidad de ascender.

Poco más tarde, los periódicos empezaron a repartirse gratuitamente. ¿De verdad que nadie sospechó nada? ¿Nadie lo vio venir? Aunque, claro... la cultura del "todo gratis" tenía que tocar a la prensa de lleno, de por sí tan popular y económicamente asequible .

Ahora, ya no existe dónde medrar. En el olimpo profesional del periodismo hay un enorme vacío. En esas alturas no queda papel impreso, y en medio del páramo se van instalando unas cuantas publicaciones digitales con más audiencia, medios y eficacia que todos los periódicos de rotativa juntos. (Para los ilusos, el empleo y colaboraciones en medios digitales se pagan a precios de posguerra, por si alguno ha pensado hacer carrera en esos ámbitos).

Ahora, cuando ya no hay nada que exigir ni futuro por el que luchar, salen a la calle clamando su frustración.

Pues se siente, hijos. Haberlo pensado en su día, cuando gracias a vuestras veinte mil pesetas de sueldo (unos 120€ del presente), se mandaba a tomar por culo a periodistas "de toda la vida", quienes disfrutaban el intolerable privilegio de un salario según convenio.

Ahora, es urgente salir a la calle. Justo ahora, sí, cuando ya es demasiado tarde.

viernes, 27 de abril de 2012

Emigrar o emigrar

Mi amigo Diego está con el papeleo para conseguir un trabajo en Noruega, instalando fibra óptica. Me dice que está cansado de pasar estrecheces, de que cualquier empleo que le surge en Sevilla sea temporal, más bien efímero, y pagado como se pagaba hace treinta y cinco años la recogida de la uva en Almería. Él y su mujer (como tantos otros jóvenes matrimonios) están sacando la familia adelante  a base de entusiasmo y mucha fortaleza ante la adversidad. Hace años vivían y trabajaban en Barcelona. Los "pilló" el ERE de AENA y, desde entonces, el desempleo determina su vida cotidiana. Tienen dos niños pequeños a los que Diego dice que va a extrañar muchísimo en el caso de que haya suerte y consiga ese trabajo en Noruega.


Ya no hay emigrantes como los de antes, claro. Nadie se marcha de España hacia otro país, en busca de oportunidades laborales, con la garrafa de aceite y la talega repleta de embutidos. Nadie sube a un tren antediluviano, dispuesto a dormitar arropado por su tristeza durante los cuatro o cinco días que tardará en llegar a destino la chirriante maquinaria. Ahora la emigración es movilidad laboral en un mercado globalizado, y no hay alternativa. Los buenos empleos se encuentran donde uno esté dispuesto a aceptarlos. El mundo ha dejado de ser pequeño y propio. Es grande y muy ajeno, pero siempre hay una compañía aérea que te lleva a las puertas de la fábrica en un par de horas. Emigrar ya no es una tragedia, es simplemente un engorro más de esta época: el puesto de trabajo queda lejos.

Por cierto, hablando de EREs (EREs como aquel que llevó a Diego y su esposa al desempleo). En los últimos días he visto en facebook muchas actualizaciones, muy celebradas con exquisita jocosidad, de una página que se llama "No hay nada más tonto que un obrero de derechas". Yo no sé si Diego es de derechas, de izquierdas o medio volante. Lo que sí tiene muy claro es que si hubiera pertenecido con entusiasmo a esa izquierda que se descojona de la risa, en Sevilla a más abundar, podía haber salido muy beneficiado en vez de muy perjudicado por un ERE. Tampoco sé si los trabajadores de derechas son tontos, tal como proclama la famosa página. Sí sé, no obstante, que los obreros listos, muy listos, son de izquierdas. Concretamente, de esa izquierda de los EREs "en positivo".

Ya habrá algún juez o alguna juez, se llame Alaya o García, que separe a los listos de los tontos y ponga a cada uno en su sitio.