martes, 28 de febrero de 2012

28-F

Día de Andalucía y Día Mundial de las Enfermedades Raras. Mundial, nada de provincianismos, localismos y nacionalismos. Mundial porque las enfermedades raras afectan a todo el mundo. A mí sin ir más lejos. Desde hace unos cuarenta años, aproximadamente, padezco una extraña enfermedad, rarísima, que consiste en sentirse bien de salud pero tener la certeza de que en realidad estoy pochísimo, condenado a extinguirme de repente o tras largo padecer. Conforme pasa el tiempo se acrecientan los síntomas de esta dolama, y no hay médico que le ponga remedio.

Pero dejemos estos asuntos de salud, tan delicados, y vamos a lo que interesa: el 28-F. Pues, como saben, este día de Andalucía tiene una significación especial, ya que el próximo mes se celebrarán elecciones autonómicas. Y el caso es que, por ejemplo, me tomo la temperatura, en el sobaco: 36’4ºC. Normal, dentro de lo que cabe. Pues nada, me siento como arder por dentro. ¿Eso es raro o no es raro? El médico no me hace ni caso y mi prójima menos todavía. Dicen que soy un hipocondríaco (el médico), y un neurótico (ella). Y un incomprendido (eso lo digo yo).

Aunque seis millones cuatrocientos mil andaluces están citados con las urnas el 25 de marzo, lo cierto es que treinta mil leoneses sufren algún tipo de enfermedad rara, setenta mil asturianos y ciento cuarenta mil isleños de la parte de Canarias (se ve que la insularidad añade factor negativo a este problema). En las anteriores cifras un servidor no cuenta, no estoy en el censo porque aún no me han catalogado como enfermo raro, sólo como neurótico hipocondríaco (el médico y mi futura viuda). En el censo de Andalucía sí figuro, de modo que he solicitado el voto por correo; el 25 de marzo no estaré en la amada patria sino bastante lejos, a Dios gracias. Vivo, espero. Con mi enfermedad a cuestas, sabiéndome desahuciado y en vías de perecer, pero vivo de momento. Gane quien gane esas elecciones, no creo que mi salud mejore. Ni la de nadie. Para qué vamos a engañarnos... es tontería.

jueves, 23 de febrero de 2012

Soluciones imaginarias

Llevaba unos meses dando la carga a mi amigo Feromio, que es un manitas de la electrónica. ¿Por qué la baterìa de la afeitadora dura mes y medio si sólo me hace falta cinco minutos al dìa? ¿Y por qué la batería del móvil dura un rato, si lo uso continuamente? Feromio ha solucionado el problema, con un ingenio mixto que combina la potencia de carga de la afeitadora con las prestaciones del móvil. Ahora puedo hablar todo lo que quiera sin agotar la batería. Pero sólo mientras me afeito.

martes, 21 de febrero de 2012

Policía malo, político bueno

Llevan toda la vida haciéndolo. El truco es más viejo que los Juegos Reunidos Geyper pero les sigue funcionando. Y qué bien lo aprovechan.

Lo recuerdo desde que tengo memoria para estos asuntos, cuando era joven, feliz y con poquitas luces. Tal como clamaba mi abuela cada vez que su nieto tenía líos con el régimen de don Francisco, yo no era malo sino todo lo contrario: “un ángel”. Sospecho que esta catalogación de ser angelical era la fórmula sutilísima que utilizaba aquella buena mujer para definirme como tonto de remate.

Yo no me daba cuenta, claro. Porque tontos de remate éramos muchos, cientos, a veces miles de estudiantes dispuestos a invadir la calle, correr delante de la policía, gritar las consignas que hubiese que gritar y lanzar alguna que otra pedrada. No volcábamos contenedores de basura porque en esos tiempos no se estilaba el reciclaje y, la verdad, teníamos un mobiliario urbano muy reducido. Éramos palestinos en precario, sin contenedores para montar barricadas ni cajeros que incendiar. Una vez, entre siete u ocho manifestantes, expropiamos un enorme tablón de una obra y nos dirigimos hacia el núcleo de la contienda. Cuando nos vimos ante los antidisturbios, sujetando aquel maderamen que pesaba como el ataúd de un jugador de la NBA, no supimos qué hacer. El instinto dictó lo más razonable: soltar el peso muerto y salir por piernas. Como habría dicho don Álvaro Cunqueiro, en su relato de las aventuras de Agustín de Rivadavia: “Salvéime de miragre”.



Pero bueno, ya estoy con las batallitas y me había propuesto hablarles de un truco más antiguo que los Juegos Reunidos Geyper. En aquellos tiempos, igual que en estos, operaba de la siguiente manera: mientras un montón de cándidos contestatarios (la mayoría adolescentes embriagados de bondad y devastados por el laberinto teórico del materialismo histórico), irrumpíamos en la calle, insultábamos a la policía y nos exponíamos a que nos partiesen la crisma o algo bastante peor, ellos, los apalancados en la poltrona académica, enquistados en su plaza funcionarial, en los despachos profesionales, claustros universitarios y aulas de los institutos, ellos mismos, nuestros máximos dirigentes, quienes no podían correr ni delante ni detrás de la policía porque les pesaba la barriga, hacían planes sobre el futuro. No un futuro a largo plazo, claro está, sino sobre el futuro inmediato. Mientras la carne de cañón se la jugaba en la calle, ellos pensaban y echaban cuentas: un acta de diputado por aquí, una alcaldía por allá, una presidencia de diputación por acullá... y, evidentemente, negocietes y canonjías por doquier. Infinitas sinecuras aguardaban a quienes habían sabido esperarlas en la tranquilidad y seguridad de sus cobijos. Total, faltaban cuatro días para que el dictador expirase, un par de años como mucho para que la situación política en España estuviese normalizada (y tanto que la normalizaron), y era cuestión urgente para cualquier concienciado sin prejuicios izquierdistas (y a ser posible sin escrúpulos), ir tomando posiciones. Los imagino ahora, a ellos, los líderes en la clandestinidad, las mentes pensantes, los "intelectuales orgánicos"... Tantos años después pienso en ellos, intento repintarles la jeta, figurarme lo que sentían de verdad cuando nos oían hablar en las reuniones y asambleas, escuchando a “las bases”, su carne de cañón, conjeturando y parloteando con toda naturalidad sobre la dictadura del proletariado, la democracia popular, el frente obrero, la alianza estratégica entre las fuerzas del trabajo y de la cultura... No sé cómo se aguantaban la risa. 



Ha pasado mucho tiempo, pero el truco sigue siendo efectivo (no sé si he dicho ya que es más antiguo que los Juegos Reunidos Geyper). Cada vez que los opulentos de la izquierda tienen problemas en las urnas, recurren a lo práctico y sencillo: lanzar a la juventud contra la policía. Es vistoso, espectacular, y la causa que se defiende en tumulto siempre concita la general simpatía. Los jóvenes son generosos y audaces en el esfuerzo, dan bien en pantalla y gozan de la encantadora presunción de valentía y desinterés. La policía, por el contrario, parece un objeto de reproche moralmente autorizado, personas a las que se puede insultar de mil maneras, llamarles “fascistas”, “terroristas”, “hijos de puta”, sin que nadie sienta el mínimo recato, sin perder un segundo en reflexiones sobre la inconveniencia de llamar “fascistas” a quienes tienen por obligación ineludible defender nuestro estado de derecho, tarea en la que se aplican, comúnmente, con un esmero que ya desearíamos en los palestinos con mobiliario urbano del que echar mano en sus protestas; o el cruel disparate de llamar “terroristas” a quienes, precisamente, han sufrido en propias carnes la herida real, la sangre real y la muerte real causadas durante vergonzosas décadas por el terrorismo de verdad. Esos policías calificados de “fascistas” y “terroristas” por un puñado de estudiantes en pleno delirio mimético de exóticas intifadas (versión sin riesgo), han sido compañeros, amigos, familiares de personas de carne y hueso literalmente destrozadas, asesinadas por el peor terrorismo que hemos padecido en España durante la era democrática. Son gente que al salir a la calle cada mañana, antes de llevar a sus hijos a la escuela, miran debajo del coche por si hubiese algo pegado en forma de lapa. Son ciudadanos teóricamente iguales a cualquier otro en dignidad y derechos, aunque durante años y años han tenido que vigilar muy atentos cada vez que entraban o salían de casa, no fuera a ser que a algún valeroso luchador antifascista le hubiese entrado el capricho de incrustarle una bala en la cabeza. Iguales son ante la ley, como todos los españoles (lo dijo el rey, causa conclusa); pero se les puede insultar a demanda, llamarlos “cabrones”, “pistoleros”, “asesinos”, y no pasa nada. Creo que va en el sueldo. Y ahí están, aguantando con paciencia profesional y temple digno del mejor calificativo que se me ocurre, cívico, las injurias bisoñas de los bisoñísimos protestones; tragándose el “vosotros, fascistas, sois los terroristas” como quien traga arena en el desierto, pidiendo las cosas como hay que pedirlas, “por favor”. Y sí, también debe decirse: utilizando la fuerza como se les instruyó en la academia para estas ocasiones: con medios proporcionados al daño que se pretende evitar y la situación ilegal que se intenta remediar. Quien les colgó una porra de goma al cinto, no lo hizo para que adornase. Sé que esta última frase es de una impopularidad escalofriante, que me voy a ganar setenta u ochenta mil vituperios, entre los que “facha de mierda” va a ser el más suave. Me importa un celtas corto. Con demócratas como los que campan durante estos días en Valencia, ser facha es casi una liberación.



Contentos pueden estar, pues, los apoltronados, apalancados de nuestra sedicente izquierda. El histerismo y la demagogia, al fin, alcanzan los obligatorios niveles de vergüenza ajena que deseaban. Han conseguido tensar la convivencia, enrarecer el ambiente, violentar el latido cotidiano de una ciudad hasta llevarla a la situación perfecta para ellos: al niño de las rastas acaban de partirle la boca y su mamá llora en Tele5. La carne de cañón sigue estando dispuesta, en primera línea, impasible el ademán. Lástima que el mundo y la vida funcionen por impulsos generacionales y que la experiencia no pueda transmitirse de uno a otro reemplazo de manera automática. Si tal imposible fuese posible, muchos se lo habríamos advertido: “No te canses, muchacho; sé que tienes razón en tus justas reivindicaciones, pero entérate, no estás en la calle con un chichón en la cabeza por protestar contra los recortes en educación, ni por una enseñanza pública de calidad, ni contra la política económica de ningún gobierno. Estás en la calle, con un chichón en la cabeza, porque un espabilado que viste de traje, gasta la 54 de pantalón o la 55 de falda, conduce un BMW y viaja cuatro veces al año a Cuba por lo erótico, necesita seguir chupando del bote; y resulta que otros espabilados, seguramente más espabilados que él, le están cortando el grifo de sus chanchullos. Por eso estás en la calle, corajudo mozo (o moza), con un chichón en la cabeza y las manos desnudas. Por eso están también los policías, con un casco en la cabeza, una porra en las manos, una nómina de mil euros en el banco y un “hijo de puta” en tus labios. Porque entre chichones y porras, a escote, hay mucho Rolex de sindicalista que pagar y mucho Audi de concejal que mantener. Ya te digo: el negocio es más antiguo que los Juegos Reunidos Geyper”.

No te canses, joven airado y muy indignado. No te canses porque el juego es el de siempre.


(Vídeo: cómo empezó todo. La actuación de la policía fue calificada de "brutal" por distintos, que no diversos, medios).


domingo, 19 de febrero de 2012

19-F - Histórica jornada de lucha

La primera manifestación en la que participé fue en 1974. Protestábamos por la pena de muerte impuesta a Salvador Puig Antic. Aunque éramos cuatro gatos conseguimos cortar la calle Ganivet de Granada, tan céntrica, soportalada y señora. Dimos unos cuantos gritos y echamos a correr en cuanto apareció la policía. A los pocos días, el anarquista catalán fue ejecutado.


La manifestación más concurrida a la que he asistido ocurrió en noviembre de 1981. Cuatrocientas mil persona bien contadas, provinientes de toda España, se congregaron en Madrid, en el campus de la Complutense, para escuchar a Felipe González, quien arengaba en aquellos tiempos con el famoso asunto de “OTAN, de entrada NO”.

Ahí ya me fui dando cuenta de lo útiles que son las manifestaciones.

De su consecuencia, hoy, 19 de febrero, jornada histórica de impetuosa protesta contra la reforma laboral, mi perro y yo hemos decidido manifestarnos donde siempre; hecha la prevención al animalillo, por supuesto, de que sus deyecciones matinales iban dirigidas con todo rigor y desprecio, y también simbólicamente, contra la santa alianza de bandidos y gatopardos (o sea, políticos profesionales y banqueros vocacionales), que ha llevado a nuestra querida nación bajo el puente de Carpanta.

Ya mañana y más en serio, cuando los dirigentes sindicales regresen a sus despachos y vuelvan a colocarse el Rolex en la muñeca, mi perro y yo pensaremos en cómo salir de la crisis. Me refiero a nuestra crisis, claro está. Los agobios laborales de los compañeros y compañeras que aparcan el Volvo cuatro calles más abajo, se suben al escenario y lanzan su rapapolvo bianual, nos importan tanto como los nuestros (los de mi perro y los míos, quede claro), a ellos. Una misma mierda. Y conste que mi perro, de mierdas, entiende un montón.

viernes, 17 de febrero de 2012

En el país del arte

Blasco Ibáñez. Retrato de Alejandro Cabeza.
Salvo cataclismo, los lugares permanecen. Cambian, naturalmente, las gentes, las costumbres, las condiciones sociales y políticas y cuantos trazos conforman el paisaje humano que encuentra el viajero en todo destino. Sin embargo, pareciera que hay un sustrato también inalterable en ese gran mural donde lo perdurable y lo transitorio se conjugan para instituir la realidad manifestada de ciudades y naciones, una esencia o espíritu del lugar que es inmune al paso del tiempo y que actúa como testigo soberano del enclave, de su realidad primera y última (invisible, aunque perceptible a la sensibilidad del viajero inquieto), y, por supuesto, de su razón de ser en el mundo.

Esa es, desde mi punto de vista, la diferencia capital entre un turista y un viajero. Los turistas acuden para ver lugares, en tanto el viajero busca y se complace en la índole latiente, esencial, del territorio que visita. Decía Aristóteles, en una definición más que conocida, que el arte no consiste en representar las cosas sino la esencia de las cosas. Trasladando el aserto (tan evidente) al “arte de viajar”, podemos decir que el turista va a lugares para hacer muchas fotografías (la representación de “la cosa”), en tanto el viajero ventea ávido el alma intraducible y desde luego imposible de fotografiar de cada sitio, el cual recorre, por instinto, con la mirada del corazón bien atenta y muy despierta.

He largado este preámbulo (mis disculpas) porque la primera impresión que tuve mientras leía “En el país del arte” (Ed. Evohé, Madrid, 2011), fue que Vicente Blasco Ibáñez, en 1886, estuvo en el mismo país que hoy día puede recorrer cualquier otro viajero avisado. Su percepción de Italia, narrada a partir de la experiencia en sus principales ciudades, capta con extraordinaria precisión ese “espíritu” imborrable de aquel país.

Génova como ascensión y desmesura en los esplendores del mármol (magistrales las páginas que dedica al cementerio genovés); el aura gótica y boreal de Milán, como rotunda incursión del norte europeo en el delicado argumento mediterráneo de Italia; Nápoles, a la que define como “la ciudad cantante”; la Florencia de los Medici que apabulla al escritor con la demasía estética de los Uffici; Venecia, Pisa... y sobre todo Roma, se constituyen en escenario revisitado, casi siglo y medio después, por todo aquel que haya viajado a Italia con intenciones y anhelo de ver lo mismo que vio Blasco Ibáñez. Porque la mirada es la misma.

Balsco Ibáñez vivió aprisa, con intensidad y pasión. Este libro de viajes por Italia fue redactado cuando el autor contaba diecinueve años de edad. Parecen épocas muy prematuras de la vida para ofrecer a los lectores un compendio tan amplio de experiencia y reflexión, pero el caso de Blasco Ibáñez tiene, como toda su obra, algo de excepcional. Con tan sólo 16 años ya había fundado su primera revista (“El Miguelete”), de pensamiento y política, orientada en la que sería constante línea de republicanismo radical. Tres años más tarde, con motivo de ciertos desórdenes públicos producidos en Valencia tras un intento de manifestación antiamericana, en plena crisis previa a los desastres del 98, tiene el autor que salir huyendo para eludir el presidio. Tras una rocambolesca fuga y un corto viaje por mar, acaba en Génova, y desde esta ciudad se propone recorrer toda Italia, sustentándose con lo que algunos diarios españoles le pagaban por las crónicas de su viaje. Este es el origen de “En al país del Arte - Tres meses en Italia”, una aventura en unos tiempos en los que la aventura aún era posible.



No faltan en el libro profusas referencias a las convicciones republicanas, laicistas y vehementemente democráticas de Blasco Ibáñez, traídas siempre a colación como enseñanza o corolario de sus observaciones sobre el pasado en “el país del arte”. La voz del republicano ferviente, sin embargo, no ahoga a la del escritor fascinado por la potestad evocadora del pasado, también por las peculiaridades políticas y culturales de Italia, por más que éstas contradigan sus principios ideológicos. Así por ejemplo, no oculta Blasco Ibáñez su humana simpatía hacia los reyes de la casa de Saboya, sobrios en sus costumbres y “populares” en su forma de ser, saliendo con bien de la comparación que establece con las altivas monarquías del imperio austrohúngaro (por otra parte, enemigas históricas de la unificación italiana, gesta nacional que fascina a Blasco Ibáñez). Detesta el abuso y expolio que los papas de Roma cometieron contra el legado monumental de la Ciudad Eterna, pero al mismo tiempo reconoce la vigencia del legado de la cultura latina en el poder tanto terrenal como espiritual de la iglesia católica. Descalifica a los emperadores romanos, por soberbios, dispendiosos y crueles, mas le subyuga el vibrante esplendor de su dominio. Reniega de la superstición religiosa, pero exalta el sacrificio de los primeros cristianos, a los que califica de “revolucionarios”. En fin, todo un cúmulo de pequeñas contradicciones, en el buen sentido del término, que suponen la evidencia de dos hechos innegables: la realidad (y la historia forma parte de la realidad, lo queramos o no) siempre es ambigua; y, por otra parte: se nota que Blasco Ibáñez tenía 19 años cuando escribió este libro. Su pensamiento, a menudo, recorre con urgencia los extremos de estas contradicciones, de un lado a otro, y en ambos lugares parece encontrarse muy en acomodo. Para último ejemplo: la desautorización moral y política que mantiene contra las monarquías europeas no menoscaba la admiración que siente ante el gran Napoleón, emperador de los franceses.

No admite segundas lecturas en esta obra, por supuesto, la rendida estima y devoción hacia la figura de Garibaldi. No podía ser de otra manera. Siempre he pensado que en las biografías de Blasco Ibáñez y del unificador de Italia hubo algunas concomitancias, quizás buscadas por el primero al tener como héroe personal y ejemplo al que seguir, al segundo: las ideas republicanas, el sentido universal de la patria, la inclinación a la acción como elemento de superior naturaleza ética, la aventura, los viajes... incluso las estancias en América, durante las cuales intentó Blasco Ibáñez hacer realidad, sin conseguirlo, algunas de sus utopías.

En definitiva, nos encontramos con un apasionado libro de viajes, escrito en pleno arrebato intelectual y estético por un autor joven y lleno de talento, a través del cual disecciona la reciente historia italiana, expone sus ideales democráticos, pacifistas y republicanos, y cuenta, a menudo con encendida prosa, no lo que todo el mundo puede ver, sino lo que necesita ser explicado: sus emociones ante el pasado glorioso de la península itálica y el desafío histórico de su presente. No es este el Blasco Ibáñez maduro, experimentado y magistral de “Los cuatro jinetes del Apocalipsis”; es un Blasco Ibáñez joven, trotamundos y apasionado. Quizás, por eso mismo, y desde cierto punto de vista, mucho más interesante.

miércoles, 15 de febrero de 2012

Gao Singjan

A veces, en internet se encuentran cosas extraordinarias:


“Se está perdiendo el carácter misterioso de los seres humanos,
La ideología ha sido sustituida por el método;
el pensamiento por la información;
el concepto por el procedimiento;
la lengua por el cine y la televisión;
los escritores por los periodistas;
los poetas por las estrellas de la canción;
la literatura por los noticiarios;
la personalidad por el estatus;
el valor individual por la mercancía;
la sicología por la acción;
el sexo por el consumo ".


Gao Singjan.
Gazhou (China), 1940

jueves, 9 de febrero de 2012

En nombre del rey

Sólo son 68 páginas, un poco densas pero muy reveladoras sobre este asunto.
Es tema del día y lo seguirá siendo unos cuántos más, seguro (a menos que Belén Esteban se quede embarazada otra vez, de otro torero, un milagro improbable).
Anímense. Sepan de lo que hablan cuando hablan de lo que todo el mundo habla.
Algunos periódicos lo califican como "una vergüenza".
Aquí están los hechos probados, los fundamentos jurídicos y la parte dispositiva de esta vergüenzaY aquí también.

martes, 7 de febrero de 2012

Disculpas

A todos los que habéis enviado comentarios a este blog. Hasta hoy no he podido resolver los problemas técnicos que impedían su publicación. El principal de esos problemas era (y sigue siendo), mi torpeza para manejarme con aplicaciones un poco sofisticadas como esta. El segundo problema, mi empecinamiento en mantener este formato y diseño del blog, a pesar de los inconvenientes. Mea culpa.

Juro y prometo por las pezuñas de mi caballo que a partir de la fecha todos los comentarios serán publicados puntualmente, con inmenso cariño y la completa gratitud que merecen.

Saludos a todos y muchas gracias de nuevo.

domingo, 5 de febrero de 2012

Roma




Hay ciudades muy vivas que imponen al viajero la potestad soberana de su latir cotidiano, y hay ciudades que son como inmensos panteones, donde la piedra y la historia pesan más que el fulgor de los escaparates, el ruido del tráfico o la algazara infantil a la salida de los colegios. Son ciudades mausoleo, testigos sobrecogedores de épocas remotas y perdidas para siempre, un tiempo y un mundo que ya nunca volverán. Ese es su poderoso atractivo, una seducción algo nocturna que poco a poco va erigiéndose en el ánimo del visitante como un lamento antiguo, la canción bella y muy triste que permanece indeleble en el espíritu del lugar aunque la voz que llega a nuestro oído se haya disipado hace muchos siglos.

Hay ciudades para vivirlas con la vista en el reloj y el calendario, colmadas de emoción por el presente, y hay ciudades como sepulcros: las más bellas y colosales sepulturas del planeta.

Si, además, ha pasado por aquellos reinos el flautista de la leyenda, la evidencia arrasa al aturdido viajero: hay ciudades para vivirlas y otras que están sobre la tierra para celebración (sin misericordia) del triunfo de la muerte. Algo tan humano...


jueves, 2 de febrero de 2012

Las historias gallegas


Todos sabemos de lo que hablamos cuando hablamos de Cunqueiro, pero qué difícil es nombrar su literatura. Cabe una definición absoluta y excluyente que lo identifica ciertamente con lo magistral, pero ahí reside el problema: el adjetivo “magistral” resulta en exceso manido, y además entorna (aunque no cierra) las puertas a un comentario menos rotundo si bien igual de emocionado sobre su obra. En el breve y sobresaliente ensayo de Manuel Gregorio González que prologa esta edición de Las historias gallegas, el autor define la obra de Cunqueiro casi por lo que no es: no se trata de un autor retardario ni su prosa versa sobre la Galicia heráldica y pagana de Valle Inclán. Es un autor instalado en los soberanos ámbitos de la melancolía, pero tan lejos del desafuero romántico como de las truculencias góticas, o las fantasías ultracósmicas y terribles de Lovecraft. Leemos, pues, a Cunqueiro; sabemos que muy difícil, acaso imposible, será encontrar un autor en la literatura española que esgrima con tanta dulzura y eficacia el lenguaje narrativo (si acaso, su simétrico y diametralmente opuesto Pla), pero nos sigue quedando como una sensación desazonadora. No es un tardoromántico, ni un adelantado del realismo mágico, ni un escritor “fantástico”. Pero, ¿qué es? Puede que literatura en estado natural, emanada instintivamente a través de una voz que comparte su latido poético (en sentido amplio, por favor) con el entorno del cual fluyen cada imagen y cada sentimiento acogidos en la prosa con que dicha voz se expresa.



Es la única explicación, creo. Hay autores que necesitan “crear un ambiente” para hacer verosímil y sustentable el fondo de su discurso. De la forzada tenebrosidad romántica a la exuberancia selvática del realismo mágico, conocemos el esfuerzo de notables escritores por crear mundos evocadores, plenos de imaginación y fabulosas pasiones, todo lo cual les exige un esfuerzo estilístico notable, además de cierta argumentación (intratexto o a modo de coda) que “organice” ese gran concierto barroco ofrecido en cada uno de sus libros. Cunqueiro no necesita tanta ingeniería. En lo que a imaginación, fábula y mágica humanidad se refiere, Cunqueiro, “lo lleva puesto”. Por este motivo, se mezclan en la prosa de Cunqueiro, con toda llaneza y naturalidad, los ámbitos de ultramundo y sobremundo, los hechos cotidianos más triviales (cargados de sabor y gusto por lo pequeño), con fenómenos del más allá que transitan apaciblemente, sin estridencia ninguna, como “dados por hecho”; una parte más de la realidad que se muestra cuando es preciso y sin que nadie salga espantado, ni siquiera demasiado sorprendido. Los prodigios en la obra de Cunqueiro suceden casi siempre en casa, ante testigos que los contemplan con absoluta familiaridad, como hechos relevantes aunque no estrafalarios de lo cotidiano. Los vivos y los muertos de Cunqueiro conviven en el mismo mundo (curiosa la querencia de los muertos por los asuntos y afanes de este lado de la realidad); y como del mismo mundo son, se tratan cual vecinos bien llevados. No hay controversia, sólo literatura.

Sobre estas 67 historias gallegas, las cuales se emitieron a modo de semblanzas en distintas emisoras gallegas, entre 1981/82, al poco de la muerte de Cunqueiro (o mejor dicho, su mudanza y despertar de la vida en la aldea ultramundana que tocase, sin resaca ni remordimientos, con toda sencillez), lo más descriptivo que según mi entender puede decirse es que se trata de un compendio milagroso de prosas excepcionales: breves, deliciosas, mimadas, caprichosas, exquisitas... Cada una de estas historias ofrece una muestra valiosa por lo grande y preciosa por lo breve de la genialidad de Cunqueiro, desde el joven Agustín de Melon o de Quines (a lo mejor de Covela o de Rivadavia), que salvó del verdugo “de miragre”, al Tristán García que conoció a su Isolda en Venta de Baños, siendo la mujer anciana y churrera, y consumando aquel gran amor en acto sublime, por un regalo de churros. Contar más sería dislate, o pero aún: exceso. Hay que leer estas historias gallegas, oportunamente reeditadas por Paréntesis en una colección (Orfeo), que crece en contenidos y prestigio. Con autores así, y con editoriales dispuestos a rescatarlos, da gusto.

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PS./ Que es a modo de fe de erratas: en la pág.22, línea 13 (fatídico guarismo), falta una coma, después de “escaparate”; en la pág. 35, línea 10, donde dice “tomillo” debe decir “tornillo”. De nada.

lunes, 30 de enero de 2012

La creación de un mito

Hace unos treinta años, el Centro Universitario de Akron, Ohio, organizó un experimento. Habilitaron una jaula de dimensiones considerables, adaptada para que en su interior pudiesen convivir doce chimpancés, machos y hembras. Los cuidadores, durante las primeras semanas, los atendían con todo esmero, alimentándolos, observando su estado de ánimo y salud pero sin mostrarles signos de afecto para que los primates no se encariñasen demasiado con ellos. Cuando los chimpancés estabilizaron su convivencia, pusieron en medio de la jaula una escalera bastante alta, de tijera y anclada al suelo con sujeciones metálicas, a fin de que se mantuviera firme y sujeta, tan erguida e imponente como un ónfalos, o sea, ombligo y centro del mundo para los chimpancés en aquella jaula que, en realidad, se había convertido en su único mundo. Dejaron la escalera allí un par de días, mientras que los simpáticos monos iban familiarizándose con el artilugio.


Al tercer día, un cuidador entró en la jaula, subió a lo alto de la escalera y dejó en la tarima superior un enorme, sabroso e irresistible racimo de plátanos. En cuanto el tipo salió de la jaula, los chimpancés corrieron escaleras arriba para hacerse con los plátanos. Uno de ellos, triunfante, lo tomó para sí y mostró sus dientes a los demás. Era su presa y por tanto su posesión. En ese mismo instante, los cuidadores pusieron a funcionar cuatro mangueras de agua a toda presión, empapando a los chimpancés excepto al que había conseguido el racimo de plátanos. A los chimpancés les fastidia mucho mojarse, el largo pelo tarda mucho en secar, pasan frío y se encuentran incómodos, tan incómodos como querían los investigadores que se sintieran.

Al día siguiente se repitió la operación, y al otro, y así durante una semana. Al octavo día, cuando el cuidador dejó el racimo en lo alto de la escalera, algunos chimpancés se abalanzaron contra quienes pretendían trepar y hacerse con la fruta. Chillaban, gruñían, golpeaban e incluso llegaron a morder a alguno de los más obstinados en repetir la ceremonia de uno-come-los-demás-se-joden. A los pocos días de observado el nuevo comportamiento, todos los chimpancés vigilaban celosos, iracundos, para que ninguno de ellos subiera a la escalera en busca del racimo de plátanos. Ninguno de los chimpancés admitía que otro del grupo subiese en busca de los plátanos. No hacía falta cambiarlos hasta que estuviesen demasiado maduros, y en ese lapso de tiempo a ninguno de los monitos se le ocurrió romper la norma, aprovechar cuando los otros dormían o algo semejante, entre otros motivos, me figuro, porque los tenían bien alimentados.

http://felizmente.es
La segunda parte del experimento consistió en reemplazar a un chimpancés. Sacaron de la jaula a un veterano e introdujeron un nuevo inquilino, el cual, lo primero que hizo, fue ventear los plátanos y subir por la escalera. Los demás se echaron sobre él y le dieron una tremenda paliza. Así dejaron pasar otros dos días. Al tercero, se repitió el cambio de chimpancé. El nuevo divisó el tesoro frutal, fue hacia la escalera y los demás le dieron el correspondiente correctivo, incluido el primer chimpancé de recambio, que nada sabía de los manguerazos de agua con que se castigaba a los perdedores en el juego de trepar la escalera y comer plátanos. Con sucesivos cambios, durante un mes, se llegó a la siguiente situación: todos los chimpancés de la jaula eran nuevos, ninguno había sufrido los baños a presión, ninguno había comido ni la cáscara de un plátano y todos apalizaban a quien osara acercarse a la escalera maldita. Fin del experimento. La escalera y los plátanos son un tabú sagrado, y violarlo se castiga con implacable violencia.

Ha nacido un mito.

Y ahora, la verdad verdadera:

jueves, 19 de enero de 2012

Libros gratis... ¡Y a qué precio!


En su columna semanal de El Cultural, JuanPalomo señala el drama con toda precisión:

"El año acaba con la industria editorial bajo mínimos, con caídas de hasta el 40 %... Según la consultora GK, en 2011 los españoles compraron 280.000 aparatos pero sólo 180.000 ebooks. Y es que se va extendiendo una idea mortal, denunciada por José Luis Amores en un texto que ha cruzado como un rayo la Red: “Me compro esto y lo amortizo con todos los libros en papel que voy a dejar de pagar porque son ¡gratis!”"".


Bueno, es lo que hay. Las grandes editoriales llevan lustros y décadas fomentando una industria basada en el consumo inmediato de títulos ligeros, compitiendo en primera línea (con las mismas oportunidades que un SEAT Panda contra un Ferrari), en el negocio del entertainment. Han convertido la literatura en ocio finisemanal, la novela en materia prima para el cine de masas, la poesía en sustancia viscosilla para letras de cantautores divinos... Todo lo cual, como es de lógica, ha fomentado la irrupción de un público lector feble, zascandil, ligeramente mitómano, obsesionado con las listas de “más vendidos”, los grandes premios comerciales, deslumbrado por el glamour de autores mediáticos que no saben escribir dos frases sin meter un gerundiazo y no conocen la “o” por lo redondo. Ese público (de masas), puerilizado, mimado en su capricho, halagado y abaratado, va a lo suyo. A ese público que no ama la literatura sino el pasatiempo, le importan un comino el esfuerzo del editor, el trabajo del autor, la profesionalidad del librero, los desvelos de todo un gremio (venerable, por cierto). Pudiendo conseguir de gratis el último best seller, por ellos pueden pudrirse en la humedad de las librerías abandonadas todos los títulos que no les interesan (que son casi todos).

Como dicen en Surinam: "El que siembra, recoge".

Al final, va a resultar que el gorigori de la industrial editorial no llega imparable en oleadas de frivolidad lectora, sino por culpa de una maquinita (también lectora), que va a resultar más lista que todos los editores del mundo.

Con esos lectores y esos éxitos en papel que llevan toda la vida fomentando, ¿qué esperaban en el imperio e-book? Todo gratis y echa el cierre, que hasta aquí hemos llegado.

A modo de ejemplo, y antes de que me cierren el blog por el efecto Sinde:

http://www.lecturalia.com/blog/2011/12/04/las-descargas-de-el-prisionero-del-cielo/

jueves, 12 de enero de 2012

Espantosa Buenos Aires

Desde hace tres días, Sonia y yo no hablamos por skype de otra cosa: los niños abandonados, sin techo, sin sustento, que recorren las zonas turísticas de Buenos Aires (Corrientes, 9 de Julio, plaza de la República...). Entran en los supermercados y preguntan, con mucha educación, si les pueden comprar “un chocolate”; eufemismo infantil que significa: algo para comer. Tanto los niños como las niñas suelen pedir a las mujeres. Además de educados, son cautos y se protegen lo mejor que pueden del precio que algún turista puede cobrarles por el chocolate.

Los empleados de las tiendas relatan que esto ocurre desde que, durante la crisis de 2002, miles de niños fueron abandonados, puestos en la calle y ahí te pudras. La policía explica que esa es la situación, que no hay un organismo estatal o municipal que se encargue de esos niños. Sólo algunas entidades privadas, con escasísimos medios, intentan ayudarles. También cuentan los policías que las personas mayores sin hogar (también a miles), se desenvuelven mejor: revuelven en las basuras y lo aprovechan todo. Debe de ser por eso que las aceras de Buenos Aires están llenas de bolsas de basura despanzurradas.

Se acabó para siempre el atractivo de la ciudad más europea y cosmopolita de América (eso decían), la magia del tango, el encanto de las viejas librerías, los cafés, los teatros, Piazzola y la Bombonera. Buenos Aires es un inmenso misery town donde, lo urgente, es dar de comer a ancianos desvalidos y niños sin padres ni autoridades que se preocupen de ellos. Es el Buenos Aires real que no han visto (¿no lo han querido ver?), los alegres viajeros al Buenos Aires del glamour cultural; una ciudad que no existe desde hace mucho tiempo. Los peronistas, los borgianos, los cortazarianos, los futboleros, los descamisados, los potreros, los tanguistas, las minas, los grasitas, las mamás de mayo, los bacanes, los jueces, los pizzeros, los gordos, los radicales, los flacos, los negros, los cholos, los maradonas, los publicistas, los menotistas, los otarios, los alterios y darines, qué carajo... ¿van a hacer algo, alguna vez, para remediar esta ignominia?

martes, 10 de enero de 2012

Sin noticias de los vendimiadores


Se veía venir. Como “la derecha” ha ganado las elecciones generales, los demás ya tienen tiempo para dedicarse a lo suyo, que son uvas. Santa inopia, la modorra de maitines que es privilegio de los apartados del poder.

En el PSOE están reflexionando (a buenas horas). Andan de primarias. Chacón y Rubalcaba debatirán en un congreso... La emoción me impide continuar.

En Andalucía seguro que lo llevan más entretenido. Tienen elecciones autonómicas dentro de dos meses. Pero no crean, no les veo pulso de campaña. Bueno, están con lo de los EREs falsos, los millones que soltó Ruiz Mateos por aquí y por allá, abracadabra, los negocios de Iván Chaves, las aceitunas de Zarrías y cosas por el estilo... en fin: lo de cada día.

En IU deben de estar inmersos plenamente en secundarias, porque no hay muchas noticias. La línea antifranquista continúa obsesionada con los huesos y los monumentos; y la fracción indignada sigue haciendo frases sobre la banca pública. Todo en orden. Nada nuevo.

Los nacionalistas al pesebre, como siempre: o España les cede la administración de los impuestos que rapiñen en su cortijo (y en casa ajena, faltaría más), o convocan un referéndum independentista. No es que haya que hacerles mucho caso, ya se sabe que esta gente no es feliz si no amagan pedroylobo dos o tres veces al mes. Pero ya cansan. Qué aburrición.

El PP, con sus juicios en Valencia y Mallorca va servido. Está como la casa real: un tío simpaticote al frente y cantidad de undargarines jodiendo el invento.

El gobierno de España, con perdón, dice que la situación económica es malísima, que entramos en recesión (otra vez), y que la perspectiva es desesperada pero no preocupante. Remedio: subir los impuestos y recortar un poco de aquí y otro poco de allá. La demencial bancarrota del Estado Autonómico, esa segunda edición del Imperio ajustada a demanda de los caciques territoriales... Esa brecha imparable en la línea de flotación del Estado, el monumental despilfarro, el sepukku histórico a la española... Ni tocarlo. Se mantendrá el gasto público a costa del dinero de todos. O sea, como hasta hoy y que Dios nos pille confesados. ¿Quién dijo que Keynes estaba periclitado?

En la calle, también como siempre, muchas gracias. Cada día más desempleados, menos dinero, menos crédito, más empresas al cierre, condiciones laborales más precarias (quien las tenga). En cuanto se acaben los saldos de las tarjetas de crédito, Mercadona corte el grifo del pago aplazado y suba un poco más la gasolina, empezaremos a ver de verdad la cara a la crisis. Su verdadero rostro y su mijita de hambre. Lenin acuñó un término encantador: “Pudrición social”. Rosa Luxemburgo, menos rigurosa pero mucho más poética, lo expresó con el título de un soneto (merecería serlo): “Socialismo o barbarie”.

En ello estamos. Ya hemos tenido socialismo y vamos por la barbarie viento en popa.

Nuestra casta política también está por enterarse, aunque no lo parezca. Sólo hay que darles un poco de tiempo. En cuanto acaben la vendimia, tendremos más noticias de ellos.

viernes, 6 de enero de 2012

La derecha acomplejada y la izquierda en su ámbito natural


Ayer 5 de enero, en rueda de prensa tras el consejo de ministros, la portavoz del gobierno, Soraya Saez de Santamaría, se explayó detallando las medidas fiscales aprobadas por el ejecutivo con carácter de urgencia y, según nos aseguran, transitoriamente. Ante los medios, la portavoz del gobierno de Mariano Rajoy se refirió siete u ocho veces a España, llamándola “estepaís” esas mismas siete u ocho veces. Parece que a Soraya, como a mucha gente de estepaís, le cuesta trabajo pronunciar la palabra España. Lo cual no tendría mayor importancia, porque cada cual nombra al mundo y cuantas cosas hay en el mundo (España y estepaís incluidos), como le da gana; no la tendría, digo y no lo digo por decir, si no fuese porque el síndrome de estepaís evidencia el acomplejamiento y labilidad sistémica de una derecha que en realidad nunca ha tenido un proyecto global de sociedad, ni siquiera de estado, y siempre se ha encontrado (como al día de hoy), desarmada ideológicamente ante la izquierda. El discurso teórico de la derecha española, desde hace cuarenta años, siempre ha sido el mismo: concordia civil y no herir susceptibilidades. El fenómeno merece la pena ser comentado, y a ello me pongo en cuanto acabe de poner este punto y aparte.

No herir susceptibilidades, sensibilidades y epidermis delicadas está bien. Otra cosa es andar de puntillas, midiendo las palabras, retorciendo el lenguaje y agachando la mirada para no molestar a los sectarios que trazan los límites de su tolerancia según sus propios instrumentos de medición, conforme a lo que puede asumir su pertinaz intolerancia. Es el discurso victimista (calado ya hasta la caña de los huesos en nuestra panda sociedad), de los fanáticos, intransigentes y caraduras (que de todo hay en esa viña). “Como yo aborrezco el nombre de España, usted tiene obligación de decir estepaís porque en caso contrario me ofende”. De tal forma, los métodos estructurales de la convivencia democrática se establecen no en base a un razonable ordenamiento jurídico, como sería de desear, sino al albur caprichoso de “sensibilidades” cada vez más exigentes. La puerilidad se instala en el discurso oficial, como respuesta a la no menos pueril rabieta permanente de quienes conocen el truco: cuanto más se quejen y más amenacen con disturbar, más beneficio obtendrán. No vivimos exactamente en un estado de derecho sino de hecho; y los hechos... jodidos andan. Desde que José María Aznar se cubriera de gloria cambiando los nombres oficiales de Lérida, Gerona, La Coruña y algún otro enclave de estepais, la derecha no ha dejado de confirmar la evidencia: no tienen ideología.

Entendámonos. Hay personas (físicas y jurídicas, individuales o colectivas), que se manejan en la vida con una determinada filosofía. A otras les basta con conceptos claros. Y otras necesitan un manual de instrucciones. Esa es la ideología de la derecha política española: un prontuario de recetas para remediar los males que, históricamente y según su santo criterio, han causado tremendos problemas a España. (Escribo “España” porque me sale de donde yo te diga y porque, de momento, es la nación donde vivimos todos). Era el mismo discurso del general Franco: “No se metan ustedes en política”. ¿Ideología? Teniendo de su parte a la iglesia católica, incansable suministradora de contenidos éticos, animosa generadora de la weltanschauung hispana, para qué van a ponerse a pensar en asuntos vagarosos, ajenos a la prima de riesgo, el Ibex 35 y los porcentajes del euríbor?
Ya tenemos, en consecuencia, trazado el mapa idóneo: la derecha en el poder, acomplejada, sin cuerpo teórico que la sustente y ocupándose de la economía, que es lo suyo; y la izquierda en la oposición, armada hasta los dientes con filosofías y conceptos que tarde o temprano incendiarán el bosque seco.


Cuando hay anorexia económica, tal cual en estos tiempos, esa es la situación más ventajosa para la propia izquierda, por mucho que ahora lamenten haber perdido importantísimas parcelas de poder tras las dos últimas convocatorias electorales. Tiempo tendrán de alegrarse y comprender que en política hay tiempo de siembra y tiempo de cosecha. Ahora, les toca echar simiente, protestar de vez en cuando y cuidar que la lumbre no se apague. Estoy convencido de que esa misma izquierda (al menos sus cabezas más lúcidas), sabe perfectamente que esta monumental crisis económica, sólo comparable a la que se resolvió en el siglo pasado por medio de dos guerras mundiales, no puede ser gestionada, desde el poder, por unos partidos e ideologías que están genéticamente incapacitados para ello, históricamente desautorizados y, por vía de la experiencia (en España bien reciente), olímpicamente desbordados por la crudelísima realidad. La izquierda, una vez confirmada su renuncia a cambiar el mundo (doy por sentado que cambiar el mundo significa sustituir el modo de producción capitalista por otro alternativo y radicalmente distinto), sólo tiene una opción real de poder: aguardar tiempos de bonanza y postularse como gobernantes con mayor criterio y solidez de principios en cuanto concierne a repartir la riqueza. Pero si no hay riqueza que compartir... mal lo llevan. Aunque llegarán sus nuevos buenos tiempos, seguro. Mientras el tinglado funcione tal como está organizado, llegarán.

Por otra parte, quien piense que el triunfo del Partido Popular en las pasadas elecciones de noviembre fue un éxito doctrinal, como que los españoles hubiesen comprendido al fin las excelencias programáticas de la derecha liberal, así como la nulidad teórica de la izquierda, se equivoca tres rotondas. A pesar del jesuítico y muy sabio consejo de “en tiempos de crisis no hacer mudanza”, el electorado a hecho un viaje natural: cada uno a su redil y pocos votos prestados. El PP, que obtuvo unos resultados muy similares a los de 2008, es curiosamente, y muy probablemente, quien más votos prestados tiene. Seamos objetivos: para votar al PSOE había que estar muy convencidos o tener mucho temor a perder demasiado. Para votar al PP, bastaba un razonamiento: “Peor no lo pueden hacer; a ver si al menos salen más formales”.


Los demás votos, que son muchos, en su casa; desde los vergonzantes, más bien ilegales diputados de esa coalición amiga de ETA, a IU y los nacionalistas catalanes. Hubo incluso dos millones de electores que se quedaron en casa a conciencia, votando desde el sofá y con toda su intención al único partido en el que confían: el de Rita la cantaora. Lo insólito de aquellos resultados electorales fue que el partido que más aumentó en votantes, UPyD, saliese implacablemente dañado por una ley electoral injusta, con tintes caciquiles tirando a feudales. En su tiempo se pactó dicha ley con los nacionalistas, o sea que tampoco hablamos de ninguna anormalidad en esta democracia de territorios y no de ciudadanos.

Mientras todo esto sucede, la derecha de estepaís, fiel a su exclusivo papel histórico como remediadora de desaguisados, continuará instalada en la burbuja sin mácula donde habita, incontaminada por ninguna ideología porque de eso no tienen, obsesionada con no herir susceptibilidades y ser, dentro de un orden, más progre que los progres. Tan tolerante con los intolerantes como aquel concejal de Bailén (Jaén), que estaba dispuesto a cambiar el nombre de un instituto, el “19 de julio”, aniversario de la famosa batalla, porque era fecha demasiado próxima al 18 del mismo mes. Y eso, claro, podía herir algunas sensibilidades... Sobre todo si se pertenece al gremio de los imbéciles.

Pues ahí están y así van a seguir un tiempo, bajo el aguacero y aplicando a estepaís su gran cuerpo teórico: el manual de instrucciones. Puede que, con suerte, consigan medio sacarnos de la crisis. Por lo demás, claro lo llevan.

jueves, 5 de enero de 2012

Enganchado al móvil


La otra noche soñé que había perdido el celular. Lo dejé en una tienda de cerámicas, figuritas, recipientes fastuosos de mucho colorín y cachivaches de esos. Sabía que lo había extraviado en ese lugar. Como me encontraba a unas calles de distancia, pensé que no iba a resultarme difícil volver sobre mis pasos y recuperar el móvil. Comencé a caminar.

Sólo comencé a caminar. En cuanto di dos pasos, me encontraba perdido, sin norte, devastado por una abrumadora confusión. Me sentía inválido, cristalizado y más bien estuporoso en las dos únicas dimensiones donde todo mortal debería saber desenvolverse: el tiempo y el espacio. Antes de que el sueño se convirtiera en pesadilla, decidí despertar. “Estoy enganchado al móvil”, pensé. Me levanté, fui a echar una meada, volví al catre y tuve otros sueños de los que no me acuerdo ni me falta que hace.

Acabo de recibir “un WhastApp” desde Manaos. Sonia está por esos mundos desde hace diez días, y la mensajería instantánea se ha convertido en una herramienta imprescindible para ponernos en contacto. La diferencia horaria nos condena a encender el Skype a horas desabridas para mí, o para ella. Un lío. Pero estamos siempre en contacto, gracias al móvil. Y acabo de darme cuenta del verdadero significado del sueño.

O sea, guapa, que ya lo sabes: no estoy enganchado al Galaxy, sino a ti. Sin ti, estoy más perdido que un indio (de los del Amazonas) en una película de romanos. No soy persona.

Ahora publico esto en el blog, y mañana, día de reyes en España (a saber  que fiestas celebrarán en la Amazonía), lo lees y te sonrojas un poco. Pero luego sé que vas a meditarlo. Lo sabes: sin ti no soy nada.

lunes, 2 de enero de 2012

Deja al gurú y vente conmigo


Sólo quienes teníamos (y supongo que seguimos teniendo), un organismo y una psique intolerantes al haschis, sabemos el suplicio que suponía hacer vida social en aquellos años y en determinados ambientes. Tarde o temprano aparecía el coñazo de turno con su china (o con aceite afgano, o goma doble cero, muchísimos peores), y todo el mundo estaba poco menos que obligado a fumar en corro. A los que el haschis nos daba mal rollo, paranoia, ansiedad e incluso agitación, se nos miraba como a bichos raros, sospechosos de reaccionarismo y en cualquier caso convictos de una espantosa conducta: cortar el rollo a los demás. Eran tiempos de ideologías fuertes, mas la experiencia cotidiana y doméstica de aquellas ideologías totalizadoras nos devuelve un recuerdo instalado en la sorna, la misericordia y la sonrojante sensación de haber estado haciendo el ganso durante unos cuantos años. No demasiados, por fortuna.

Toda novela tiene un núcleo primigenio, de índole vital; el aliento decisivo que la ha inspirado y que no pertenece necesariamente al meollo del argumento, la intención, alcance, significado o indagación sobre lo real que pretende el texto. Más bien responde a una necesidad de reconciliación con aquellos imponderables que turban o han turbado la existencia del novelista y que no siempre son de origen racional. El inconsciente, muy a menudo, pide responsabilidad en la tarea de la novela, como avasallante susurro que la sugiere y casi la ha impuesto. En el caso de Sin noticias de Acuario, hay una incertidumbre, cierto desasosiego que recorre toda la narración y que no se ajusta de manera automática al retrato que Reyes García desarrolla sobre los últimos tiempos del franquismo. Al margen de la inquietud intelectual y espiritual de casi todos los personajes de la novela, y de la zozobra colectiva que se vivía en aquellos años (1974/75), empapa esta novela un atisbo de malestar, de desacomodo con la vida y todas sus facetas, el cual, tan inmisericorde como invisible, acompaña a Isabel, la protagonista, en una trayectoria marcada siempre por la indecisión, quizás la inseguridad sobre todo lo que hace o deja de hacer, lo que piensa y en lo que cree, o aquello en lo que debería creer. Desde este punto de vista, Sin noticias de Acuariome parece más una novela existencial, de introspección sobre el sentido de una juventud entregada a una causa,  que generacional. La descripción del cataclismo familiar que supuso el fin del franquismo, observada con indudable lucidez y expresada con soltura y amenidad por Reyes García, se antoja entonces “fondo de decorado”, perspectiva general donde se enmarca la búsqueda y la paciente indagación de la protagonista sobre esa verdad que debería otorgar una razón decisiva a su existir.

Porque eran tiempos en los que necesitábamos, ante todo, certidumbre. El viejo mundo se venía abajo, ante nuestra mirada, y el empecinamiento del Régimen en ser fiel a sí mismo hasta el final, descolocaba del mapa a todos cuantos sabíamos que una nueva sociedad estaba naciendo, así como nuevos valores, ideas, convicciones y motivos para creer que comprometieran nuestra actividad diaria. Pero, ¿dónde encontrar puntos de referencia sólidos cuando todo lo que no fuese oficial, y en consecuencia llamado a extinguirse, estaba prohibido? Ni en el seno de la familia, ni en el instituto, ni en las aulas universitarias (con alguna que otra excepción), se encontraba aquella respuesta. Los amigos eran el primer asidero. Casi el único. Y sucedía entonces que el ambiente de las amistades determinaba en grado casi exclusivo las opciones que cada cual, según su criterio y entender, tomaba en esos momentos. Cuántos militantes de izquierdas, adeptos a filosofías integralesy otras opciones interpretativas del mundo tomaron su vía por la influencia de la amistad, es algo sobre lo que habría merecido la pena reflexionar en esos tiempos. Pero, claro, estábamos tan ocupados en buscar la certeza que no teníamos tiempo de interrogarnos sobre las causas de dicha búsqueda. Ah, la juventud siempre se muestra intelectualmente inquieta, pero también impresionable, lábil y, permítanme la expresión, demasiado generosa en sus entregas.

Isabel, personaje de Sin noticias de Acuario en torno a cuyas vicisitudes se articula el argumento, recorre tanto y siente tan profundo su propia experiencia y las de sus amigos que esa entrega, señalada por la urgencia y la clandestinidad, la convierte en algo sin sentido: un ser fuerte que camina decidido sobre terreno que sabe engañoso. Le prometen la felicidad en este mundo, traída de la mano de la paz universal gracias al mensaje irrefutable del Maestro Perfecto. Ella, si no escéptica, siempre se muestra razonablemente en alerta hacia estos axiomas descabellados. Y lo mismo ocurre cuando se relaciona con aquellos que tomaron la opción de la lucha política. Impagable la reunión “de reclutamiento” de la Joven Guardia Roja. Desde luego, en los macroencuentros de adoración al gurú Mahara Ji se predicarían muchas insensateces, pero en un sola reunión de las juventudes del PTE (en mis tiempos PCE[i], soy un año mayor que la autora y lo he notado leyendo la novela), se proponen tal cantidad de disparates y burradas que la reacción de Isabel, poco menos que salir corriendo, parece no sólo la más acertada sino también saludable en consideración al equilibrio mental. Como un servidor, entre otros pintorescos partidos, perteneció a la inefable LCR, sabe bien de lo que habla y la mezcla de espanto y vergüenza ajena que tuvo que sentir Isabel en aquel carbonario encuentro.
Al final, después de tanta búsqueda, sinsabores, aventuras, decepciones y acopio de conocimiento (in)útil, el mejor consejo, quizás enseñanza que recibe Isabel, proviene de un enamorado que ha tomado dos copichuelas de más: “Deja al gurú y vente conmigo”.

Cierto, hubo que aprender que no estábamos obligados inexorablemente a cambiar el mundo, que el franquismo podía morir sólo y sin nuestro aporte a la causa, que la democracia y la nueva sociedad podían nacer a pesar de no haberse implantado la dictadura del proletariado, ni la Luz Divina y la Paz Universal; nuestros padres no irían a un campo de trabajo y reeducación y nuestros hijos no se educarían en colegios donde el canto de la Internacional fuese obligatorio antes de entrar al aula, presidida por las fotografías de Marx, Engels, Lenin y... Pero había que aprender a vivir porque, hasta ese momento, sólo habíamos recibido abundante instrucción en cuanto a soñar. Y buenos alumnos salían de aquellas academias de la utopía.

Tampoco era tanto el drama. Pero a algunos les costó una tragedia darse cuenta y asumir las consecuencias de todo aquel embrollo. Y no hablo ahora de la autora de Sin noticias de Acuario.

Bueno, resumiendo, que esto se alarga casi tanto como las agonías del Caudillo. Si usted tiene más de cincuenta años y no se identifica con alguno de los personajes de esta novela, y no le conmueven, y conforme avanza la lectura no le aflora una sonrisa de piadosa complicidad... entonces usted no ha sido nunca joven. O no vivió en España, en aquellas épocas.

El asunto del haschis y los malos rollos lo dejo para otro día, porque tiene mucha miga y da para siete artículos como este. Como tantas cosas en la vida, el chocolate puede esperar.

sábado, 31 de diciembre de 2011

Nocheras nocheviejas


La de 1975. Agarré una cogorza impresionante en casa de un compañero de facultad, quien organizaba la fiesta por todo lo alto. Con la euforia del cava y las copichuelas, me dio por invitar a todo el mundo, al día siguiente, Año Nuevo, a presenciar el “tradicional” concurso de saltos de trampolín sobre nieve; en la TV de mis padres... ¡Y en color! Apenas dormí dos horas. Sobre las diez de la mañana, la modorra pastosa y asesina de resaca fue zarandeada por mi madre: “Hay unos sujetos con mala pinta que apestan a vino y preguntan por ti”. Diez o doce melenudos que habían seguido la fiesta, acababan de presentarse en casa. A la mitad de aquella tropa no la conocía de nada. Mi padre, en batín de franela y zapatillas de paño, los atendió muy cortés. Mientras los esquiadores saltaban en Austria y nosotros los veíamos desde Granada (y en color), papá y mamá me miraban con cara de “Ya hablaremos”.

 La de 1979. Sobrio del todo, viajé a Madrid el día anterior, con la RENFE. En la capital del reloj que da los cuartos antes de las doce campanadas, me encontré con unos amigos a los que tenía urgente necesidad de visitar. Bueno, sí: la juventud suele ser tonta y la mía de remate. Eran las 23’15 del 31 de diciembre cuando tomé el tren de vuelta a Granada. Me despidieron con entusiásticas felicitaciones por el nuevo año. Durante el viaje, los pasajeros sacaban una botellita de sidra El Gaitero, otra de coñac Soberano... Brindaban y repetían: “Feliz año nuevo”. En cuanto llegué a Granada, después de dos noches de tren (aquellos trenes), me dirigí medio zombi al Gobierno Militar, donde estaba citado a las 09’30. Había unos doscientos jóvenes en mi misma situación, la mayoría con resaca. De la resaca me había librado; pero de ir a la mili, no. Unos soldados nos entregaron los petates y un capitán con bigote nos leyó el reglamento. A paso ligero, volvimos a la estación de ferrocarril. Al tren. A Madrid otra vez. Casi todos los mozos iban adormilados. De vez en cuando despabilaba alguno y repetía con voz de aguardiente: “Feliz año nuevo”. No recuerdo el trayecto entre Atocha y Alcalá de Henares, esa parte del insomnio se ha perdido en el océano de los absurdos. En el campamento, un tal sargento Padilla nos recibió encantado, muy jovial y dicharachero. Cuando la compañía sin uniformar y con demasiada pelambre se encontraba más o menos formada, se dirigió a nosotros con una gran sonrisa. “Vamos, chavales, más energía, que en el ejército no nos comemos a nadie. Ah... y que no se me olvide: “Feliz año nuevo a todos”. Yo creo que lo decía con recochineo. Luego ya no pude hacer la mili del todo, pero esa historia es otra, para otro día.

La de 1987. Barrio de San Matías, casa de tócameroque. Sobre las 22’00, unos gamberros tiraban petardos en la calle. Un vecino salió al balcón para increparles y afear su conducta. Los gamberros demostraron ser muy gamberros: respondieron a pedradas. También demostraron tener mala puntería, pues el único cristal que rompieron fue el de mi habitación. Daños imprevistos de una guerra en la que yo, por principio, era neutral. Me empeñé en denunciar los hechos en la comisaría de la plaza de los Campos. Mis compañeros de piso me previnieron: “Mira que en nochevieja...”. Yo, erre que erre. Un cristal nuevo, en aquellos tiempos, costaba 3000 pesetas. Y su valor a 31 de diciembre, con los fríos que caen en Granada, era prácticamente incalculable. Llegué a comisaría sobre las 23’30. Salí a las 08’00 del uno de enero. Pasé la noche entre carteristas, heridos en riña, accidentados y dos prostitutas de la calle Jazmín que se habían enzarzado con un cliente beodo y remiso a pagar sus servicios. Finalmente, conseguí poner la denuncia (hasta hoy, por cierto). El policía de la puerta, cuando me marchaba agotado por aquella noche a lo Valle Inclán, me consoló con un muy verídico aserto: “Ánimo, hombre, que mañana es festivo en Graná y tiempo tiene usted para recuperarse de esta juerga”. Desde entonces, le tengo cariño a la fiesta de la Toma de Granada, por más que digan los del Colectivo 2 de enero.



La de 2011. Carmona, depresión del Guadalquivir. (Lo de “depresión” va sin segundas). Dentro de un ratito me conecto al Skype para charlar con la mujer que comparte mi vida pero no estas fechas. Por Buenos Aires anda. Allí no será año nuevo hasta dentro de muchas horas. Vale la copla: Tengo dos vasos vacíos y una botella de vino. Dime, noche: ¿a quién invito?

lunes, 26 de diciembre de 2011

¿A casa por navidad? Te vas tú a enterá...


Lo dijo Su Majestad el Rey, en el discurso de navidad leído ante las cámaras de TV el pasado 24 de diciembre: “Todos los españoles son iguales ante la ley”.

Por ese motivo, y no por otro, Miguel Francisco Montes Neiro, el preso más antiguo de España, indultado por el consejo de ministros el 16 de diciembre, ha celebrado estas fiestas entre rejas.

Esbozar cualquier argumentación sobre agravios comparativos, la pretendida igualdad de los españoles ante los tribunales de justicia y los jueces encargados de administrarla (y ante los gobiernos que otorgan los indultos, para qué nos vamos a engañar), sería a estas alturas un empeño ocioso. Inútil por demás. Quien no sepa del caso es porque no le interesa, y nunca se va a enterar. No merece la pena explicarlo más veces.

Lo último sin embargo: el juzgado de guardia de Granada desestimó el mismo sábado 24 una petición de habeas corpus, presentada por la familia de Neiro, en la que se solicitaba la comparecencia del cautivo y su puesta en libertad. (Lo de “cautivo” va escrito a propósito). Todo ha sido una cuestión “de papeles”, parece ser. Burocracia. O sea: ganas de enmendar (en lo posible) una injusticia o perpetuarla un poco más. Voluntad de llevar sosiego a una familia o amargarles la vida. Total, pudiendo hacer las cosas con inquina, los dientes apretados y la ceja levantada, con bilis en las entrañas... ¿para qué hacerlas de buena intención? Lo de paz y amor para los hippies, que son unos vagos. La navidad es una época del año tan apropiada como otra cualquiera para hacer sufrir al prójimo.

Joder, una de las primeras cosas que me llamó la atención cuando dejé de vivir en Granada, hace ya seis años, es lo poco que se habla de mi ciudad en los medios de comunicación; y lo poquísimo que importan a lo largo y ancho del mundo los “asuntos granadinos”. Como si no existieran. De Granada, la Alhambra, la sierra en temporada y pare usted de contar.
Aunque, eso sí: cada vez que Granada aparece en los periódicos, la televisión, las alertas de Google... es por una mierda de estas. Cabal sucede y tal cual lo digo.

Miguel Francisco Montes Neiro, al final de su dilatada existencia como recluso, ha ido a dar con esa maldición. Era el último castigo que le quedaba por soportar: el padecimiento en propias carnes de la genuina mala leche granadina.

miércoles, 21 de diciembre de 2011

Fría navidad


Ya está aquí, y todo el mundo se entera de un modo u otro; y la vive (con satisfacción o a su pesar), porque las fechas son literalmente insoslayables. Si alguien decidiera pasar unas navidades completamente al margen del escenario, sin contaminación ambiental, tendría que esconderse en casa, no ver TV ni poner la radio ni conectarse a internet, no responder al teléfono y no abrir la puerta. La navidad es lo que tiene, esa virtud líquida de penetrar por todos los resquicios de lo cotidiano hasta que nos agota, igual que un niño se harta de polvorones o los mayores de sidra El Gaitero y anís Del Mono. Nos atiborra pero nos gusta hasta el empacho.

A mí, de la navidad, lo que más me llama la atención es el frío que hace. Muchísimo. Hemos pasado unos días en Valencia y hacía un frío de congelarse el Pardalot del mercado. De regreso, en Sevilla cae una pelona de las de llevar gorro de la lana en casa. Leen bien, en Sevilla. En el milenario pueblo donde habito, con sus casitas de ladrillo y muros de papel, orientadas radicalmente al norte o al sur para que no dé el sol ni media hora al año, cuando llegan estas fechas un servidor tirita abrumado por la convicción de que el frío se irá cuando quiera, pero no hay más remedio que aventurarse pasillo adelante, hasta el helor sin misericordia de la toilette, cada vez que la naturaleza se imponga; y entre una meada y otra no cabe un invierno.

Hay gente que se pone melancólica, otros se pimplan unas cuantas veces, otros dan la tabarra con el carrusel de felicitaciones (el móvil y los sms, perverso invento para estos días), y otros directamente se deprimen, que es lo suyo. La felicidad y fraternidad a fecha fija no concuerdan del todo con el anhelo siempre legítimo, casi nunca razonable, de ser felices de verdad. Y si el gozo navideño como quintaesencia de la alegría de vivir adquiere su altura sublime en la fachada embombillada del Carrefour, ya me dirán ustedes...

Otra cosa, la última que no entiendo de la navidad, es por qué nos dividen en tres grupos básicos de consumidores: niños para los juguetes, ilusionados padres de familia para compras de perecederos en grandes superficies, y jovenzuelos estilizados y un poco salidos para los anuncios de perfumes; y encima hablando en francés, un idioma muy respetable pero poco navideño. Y las cosas que se dicen susurrando orgásmicos: “Tresor”, “Egoïste”, “Obsesión”. Por Dios, no sabe uno a qué carta quedarse: si vestirse de Papá Noel y entretener a los sobrinos con un concierto de eructos o emplear dos tardes en ponerse al día, urgentemente, en la escena de la cocina de El cartero siempre llama dos veces (versión 1981, please).

Total, que todo esto me parece muy lioso, qué quieren que les diga. Y además, con el frío que hace no están las neuronas para mucha divagación. De tal modo, a quienes les guste recibir felicitaciones navideñas, por la presente quedo cumplido. A los que no, dejen sin efecto estas líneas. Y todos tan contentos. Y con tanto frío.

viernes, 16 de diciembre de 2011

Luis Magrinyà gana el premio Otras Voces por 'Habitación doble'

José Vicente Pascual González - Blogs

EL PAÍS - 16/1272011
DANIEL VERDÚ

Habitación doble, la "instalación narrativa" -como él la define- del escritor mallorquín Luis Magrinyà (Palma de Mallorca, 1960) ha ganado la tercera edición del Premio Otras Voces, Otros Ámbitos, convocado por Ámbito Cultural y Hotel Kafka, y que se concede a la mejor novela publicada durante 2010, en castellano y en España, cuyas ventas hayan sido durante este tiempo inferiores a 3.000 ejemplares. Pese a que Magrinyà no considera que se trate de una novela, el jurado la ha convertido en la ganadora del año. "No me preocupa para nada el tema de los géneros, creo que son discusiones que tendrían que estar ya superadas. Los fundamentalistas del cuento son los peores...", señala riendo por teléfono y muy feliz por el galardón.

La obra, que aborda desde distintas perspectivas las relaciones entre padres e hijos, ha sido seleccionada por diferentes representantes del sector editorial . La filosofía del premio, en cierto modo, consiste en recuperar una obra que no ha terminado de tener el impacto que debería por su calidad y volverla a colocar en el circuito comercial.Habitación doble, publicada por Anagrama, tendrá una campaña de redistribución a través de las 85 librerías de El Corte Inglés y de todas las que quieran apoyar la propuesta y sumarse a la tarea de darle visibilidad a la obra. El autor recibirá también una escultura en bronce de Jaime Martínez conmemorativa del Premio.

"Este es un premio que me hizo mucha gracia, porque me identifico con sus características. Es muy extraoficial y es un galardón fuera de mercado. El mercado no es algo tan natural, no existe el gen capitalista... En fin, pero el premio me hizo mucha ilusión. Se trata de un jurado compuesto por 100 personas, al menos me han tenido que votar 51", celebra el autor. "Empecé este libro con la idea de escribir una serie de historias para luego juntarlas y ver qué pasaba. Tuve en cuenta el concepto de unidad, eso sí que tendría que ver con una novela, pero no quería forzar el sentido, y... bueno, eso fue lo que salió. Hay un tema recurrente y muy obvio en el que no caí hasta que me lo dijeron que son las relaciones entre padres e hijos. Debo tener esa obsesión", confiesa.

Esta es la quinta novela (libro de relatos o instalación) de Magrinyà. Pero la separación temporal entre la publicación de cada una, asegura, le otorga un estado de euforia total cada vez que lanza una nueva. Con Habitación doble llegó a hacer una fiesta y a lanzar un video. Sus amigos, cuenta, estaban alucinados de verle en ese estado de felicidad más propio de un autor nobel. "Soy un escritor muy lento y muy pesado, en fin, muy poco escritor. Ahora, por ejemplo, estoy en algo que no sé muy bien lo que va a ser. A mi ritmo, en algunos años tendremos algo nuevo. Quizá porque publico tan poco me hace mucha ilusión cada vez que lo hago".

La primera edición del Premio de Novela Otras Voces Otros Ámbitos concedió su galardón a Trabajos del reino, del mexicano Yuri Herrera, editada por Periférica en 2008; y la segunda fue para Las primas, de la argentina Aurora Venturini, editada por Caballo de Troya en 2009. En ambos casos, el premio cumplió su función y devolvió los libros a los conductos comerciales.